Recuerdo aún que la respiración se aceleraba y que yo, de repente y sin control alguno, empezaba a soplar con fuerza. Parece que tanta música espontánea compartida me superaba y, mientras tocaba frenéticamente redobles y frases, la energía me superaba y tenía que expulsarla además de en música, en forma de aire.
Puede leer: Hablemos de improvisación: Pisando el aire
Cada cita con mi espacio en solitario fue una historia nueva y diferente, una historia sobre mí de la que yo mismo me sorprendía. Más que querer contarle algo a quien lo presenciara, era una cita sorpresiva a la que yo, al igual que los oyentes, asistía con la expectativa infinita de saber que había para contar.
Una tercera parte de la historia era mía, la otra la componían los dos o tres músicos maravillosos con los que tocaba, y la última la componían el público y el espacio donde estábamos. Entre todos hicimos tantísimos universos de los que yo sólo fui el ruidoso vehículo de comunicación.
¡Como extraño esos buenos tiempos!