El viaje comienza bien temprano: cuatro y media, cinco de la mañana. Y menos mal que preparamos todo desde antes, porque lo único que tenemos pendiente es agarrar las llaves, prender el carro y salir. Eso sí, nada de mapas, ni “güeis”, ni nada. Solo el instinto de un buen explorador que sabe leer las señales de la carretera y entiende por dónde sale y por dónde se oculta el sol.
Porque de noche es más difícil, pero igual arrancamos porque lo que nos gusta es salir de la casa y pasar el tiempo dando una vuelta que seguramente nos devuelva a la casa, pero que definitivamente nos va a sacar más de una lágrima o de pronto una buena sonrisa.