Desde la colina, contempla cómo en el muelle los pescadores amarran sus embarcaciones. Estuvo allí, varios siglos atrás, cuando lo único que había para comer eran peces que reptaban fuera del agua. Sin dejar de caminar, escucha el sonido de las olas y se agarra el estómago. Bastón en mano, se vuelve sombra y nos engulle. Al final, con una tormenta agotando el cielo, transmuta en un pez que se hunde, pedazo a pedazo, en las fauces de otro hombre hambriento.
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