Entre otras leyendas que rodean el Festival vallenato está la de Francisco El Hombre. Leyenda que, en esencia, resalta el triunfo del bien sobre el mal. Un campesino que andaba en burro y portando un acordeón, seguramente desgastado, se enfrenta en una lucha con, nada menos, el diablo. Y lo vence, con poco y mucho a la vez. Es una historia mítica, tan fantástica como sencilla: se trata de la eterna lucha entre la bondad y la maldad. Unas notas bien interpretadas (recitando el Credo al revés) y un alma dispuesta a no dejarse doblegar, fueron suficientes para que naciera la leyenda. Convirtiéndose desde esos tiempos insospechados en el símbolo de juglares que, acordeón en pecho, han ido tejiendo una tradición oral y construyendo una memoria histórica de esta parte del mundo.
Esta edición del Festival de la Leyenda Vallenata que culminó en la madrugada del martes, en la ciudad de Valledupar, volvió a confirmar que ese fortín cultural sigue firme y en marcha. Son cuatro generaciones que año tras año se convierten en representantes de ese mundo legendario y que por medio de puyas, merengues, sones y paseos, siguen enriqueciendo este folclor.
Preparación y talento no pueden faltar a la hora de asumir el reto de ser rey vallenato. Es un concurso cuyo margen de error es casi mínimo, y el nivel de concentración y la pericia a la hora de tocar, no sólo el acordeón sino la caja y la guacharaca, son claves para alcanzar la victoria.
Ya en tarima, los acordeoneros se ensimisman de un modo enigmático que sugiere otra dimensión emocional. Hay unos que parecieran hallar el control en cuanto más aprietan sus ojos cerrados; algunos basan su aliento en un leve cabeceo de negación; y muchos otros en el asentimiento intenso, donde se apoyan para no perder la cadencia justa que requiere la canción de turno. ¿Que sentirán? ¿Un fuego en el corazón, como reza la respuesta fácil de muchos? La respuesta metafórica es tan mencionada por los artistas que hay que comenzar a creer que algo tiene de cierta. Aun más: que es literal. Algo allí dentro debe arder para que se produzcan semejantes gestos de dolor y placer juntos. Ser músico-acordeonero, como todo trabajo artístico, es un esfuerzo que se goza. El acordeonero que se corona rey es un músico serio, entregado a una pasión.
Pero hay otro acordeonero (paradójicamente puede ser el mismo que suda en la tarima para ganarse la corona): un músico que asume un rol ajeno a tocar pitos y bajos. El que promociona su nuevo trabajo discográfico en los medios. Por eso mismo, porque está vendiendo, hay una postura que la mayoría no saben simular como natural, y con una sonrisa perenne y una disposición sobreactuada para tocar cuando el presentador (a) del caso se lo pida, desvirtúan y minimizan el sentido y el valor cultural que, sin decir una palabra ni mostrar un diente, ya tienen consigo.
Esa actitud contrasta con la seriedad con la que la mayoría asume su labor durante el Festival. El que toca el acordeón en días de Festival no está vendiendo nada. Está mostrando que es capaz de ser rey sin mayor ayuda que su capacidad ejecutoria de un instrumento complejo. Es un reto propio que impulsa, en muchos casos, a perseverar años hasta conseguir la anhelada corona. En la ilusión auténtica de los participantes están la materia prima y el encanto de la justa folclórica. Adultos, adolescentes y niños que aspiran al reinado vallenato revelan en sus rostros un orgullo de sí mismos, una especie de sana altanería por creerse los mejores, y sobre todo un manejo instrumental que hacen de verlos y oírlos tocar una experiencia admirable y conmovedora.
Muchos de ellos, desde temprano, van delineando lo que podría convertirse en un oficio y una pasión para toda la vida. Las posibilidades de aprender a tocar un instrumento se han ampliado, pues las escuelas de música vallenata ya son una realidad; espacios donde se puede comenzar a aprender desde muy pequeños. Es un juego que a muchos les sale en serio: anteriores participantes infantiles y juveniles hoy son profesionales de la música y han podido convertir ese proyecto en una realidad de vida.
Así, son varias las repercusiones positivas que el Festival ha generado. Gente —periodistas incluidos— de varios países del mundo (Venezuela, España, Inglaterra, Costa Rica, México, entre otros) han puesto sus ojos curiosos en estos seres musicales que despiertan asombro y reconocimiento con su manera de contar la vida y su cultura.
El Festival de la Leyenda Vallenata sin duda ha crecido. Desde que en 1968 sonaron los primeros acordeones y las primeras cajas y guacharacas, muchas historias se han ido contando. Francisco El Hombre y su legado de valentía seguirán existiendo en el alma de todos los que se monten un acordeón al pecho y acepten pelear por una corona musical. Mantener este espacio, donde los juglares son los protagonistas, garantizará el resguardo de esta tradición.