Luego de emocionarse con El hombre clave, subrayándolo al destacar remembranzas de niñez y juventud del autor en determinadas comarcas; cautivado por su prosa enérgica, coloquial e intimista, Euclides Jaramillo Arango habría catalogado las históricas confidencias de Henry Acosta Patiño, como nuevo tipo de costumbrismo: el político-documental. Primer atributo, entre otros que despuntan desde su capítulo inicial, donde Acosta evoca aquella fonda paisa donde nació, ubicada entre Génova y Roncesvalles, “que era amplia y permitía que entraran los caballos y las mulas”. Me parece escuchar a Euclides, exhortando al discreto facilitador: “Mi dilecto Henry, ¡se me pone a escribir otros libros con sus memorias. Quindío y Colombia las necesitan!”. Acosta afirma: “Seguramente será parte de una nueva publicación, una ampliación de esta edición”. Henry fue bachiller del colegio Robledo, en Calarcá.
Evidencias como las de dicha obra, donde el quindiano luego de varios lustros de absoluta mesura e infatigable trajín físico e intelectual, acompañado en sus agrestes incursiones por su esposa y consultora, Julieta López Valencia, comparte significativos documentos cruzados con personajes tanto de la guerrilla como de gobiernos a los cuales favoreció con sus servicios de facilitador, son imprescindibles para atar cabos entre tantos hilos sueltos del proceso de paz en Colombia. Inculcan esperanzas a quebrantados corazones colombianos, induciéndonos a contribuir, donde nos situemos políticamente, en la consolidación de esta paz que Henry ayudó a fortalecer con sus misiones de facilitador entre la Presidencia de la República y las FARC-EP. No fue simple transmisor de cartas presidenciales a la guerrilla. Ni de informes de esta, a los presidentes que confiaron en él. En tan perentorio momento de nuestra historia, no se pueden adoptar actitudes carentes de estudio, como si no hubiese textos para cotejar los acontecimientos. Conclusiones y enfoques políticos, no se adquieren con la frívola lectura o audición de noticias, sino mediante el análisis comparativo de informes, de libros que radiografían la dialéctica social desde contrapuestos ángulos de la realidad. “Las FARC no buscan tomarse el poder”, le mandaron a decir a un Uribe lleno de vacilaciones e incesantes contradicciones públicas y privadas sobre los diálogos, “sino establecer una economía de bienestar, semejante a la economía capitalista de los países escandinavos”.
El hombre clave, refuerza la imagen humanista, democrática y conciliadora de las FARC-EP, desvirtuadas por antagonistas desconocedores de sus legítimos ideales. Basta con leer Memorando para un intercambio sobre el conflicto colombiano, escrito por Alfonso Cano en febrero de 2010, otro revelador documento anejo, junto con numerosas cartas cruzadas entre protagonistas de los prediálogos, para desarticular moldes propagandísticos de desprestigio contra dicho grupo. Previniéndose contra facciones de poder que intenten circunscribirlo en determinado campo, Henry declara: “Este es el itinerario en relatos de lo que ha sido la búsqueda de los diálogos de la paz en este país, y ahí termino, porque la etapa de los diálogos, que acaba de concluir, no es parte de este libro”. Por sus páginas desfilan poblaciones relegadas, desatendidas veredas, ríos y cañones como el de Anamichú, hondonadas, carreteras y trochas, montañas y gente, mucha gente humilde y magnánima exponiendo desde su orfandad y miseria una Colombia aislada de las capitales, ajenas a sus dramas económicos. En el emocional tono expositivo del libro, gravita el femenino acento de Julieta López Valencia, esposa de Henry, compañera de atajos y utopías de Acosta Patiño, cuya mirada cuidadosa y personales vivencias fueron brújula y archivo para el cronista mientras escribía estas páginas de esperanza, capaces de modificar los agarrotados conceptos de cuantos encasillan a las FARC-EP como terroristas. Tales testimonios dilucidan cuanto otros escritores y periodistas, desconocedores de dicho nivel de los diálogos, exponen en sus libros. Por ejemplo, el reciente de Marisol Gómez: La historia secreta del proceso de paz. Los contrastes radican en que el memorioso genovés fue protagonista presencial de aquella historia secreta. La transmite con detalles apoyados en verídicos documentos. Daniel Coronell, acaba de citar cartas aquí adjuntas para demostrar al senador Uribe varias de sus mentiras. Surgen otros espacios. Nuevas perspectivas para la economía, la política y la convivencia. En ningún ciclo de las múltiples violencias colombianas, ha concurrido como en la actualidad, tanta información, documentos públicos, testimonios y análisis, justo para erradicar determinismos políticos que nada aportan a las soluciones y proyectos de paz, al camino del postconflicto.
El hombre clave, del genovés Henry Acosta Patiño, es un conmovedor manual de fe en el hombre. “Con el presidente Uribe Vélez varias veces creímos que habíamos llegado al diálogo, pero él siempre encontraba una razón para no dar el paso definitivo”, recuerda Henry. Desde las ecuánimes palabras de Acosta; sus diálogos, anécdotas y experiencias que con efusiva prosa nos llevan a viajar por Colombia, personas como Alfonso Cano, Pablo Catatumbo y Timoleón Jiménez, se observan bajo perspectivas más humanas, deslindadas de tramposas imágenes mediáticas que contra las FARC-EP han permeado no solo al hombre común, sino a individuos con indiscutible ilustración política e intelectual. Si detrás del proceso de paz estuvo Henry, junto con este quindiano siempre ha perseverado su esposa Julieta, quien representa el sentimiento de millones de mujeres colombianas ignoradas, luchando de tantos modos para arribar al período que celebra nuestra nación. No lo dudo. En momentos de incertidumbre que haya tenido Henry, las convicciones de Julieta, su familiaridad con algunos de los protagonistas, inspiraron al cronista a recobrar su ánimo para seguir adelante como facilitador. Los quindianos que lean este libro reconocerán las dimensiones humanísticas, patrióticas, morales y políticas de uno de sus personajes más notables.