“Mi papá murió a los 75 años y entonces digo: ‘Ya viví lo que usted vivió’. Y lo que vivo es tiempo extra. Pero mi mamá murió de 106, creo que me toca más”, le dijo hace algo más de un año Hernán Díaz, uno de los fotógrafos colombianos más importantes del siglo XX, al periodista Guido Hoyos en una entrevista y, como vaticinando algo que quizá presentía, aseveró que no quería escribir memorias porque eran de mal agüero, “atraían la muerte”. El lunes, cuando la tarde se apagaba, se cerraba también para siempre su espléndido lente, su manera de ver el mundo, esa forma extraordinaria, casi incomprendida, de mirar los rostros de la gente.
“Él estaba mal, ya no era la calidad de vida que se merecía. Había trabajado toda la vida con buen gusto y con un gran sentido del humor, con unos intereses intelectuales por el cine, la música, los libros inagotables, pero su enfisema ya no le daba tregua”, cuenta Graciela Espeche de Pombo, una de sus más entrañables amigas y quien fue magistralmente retratada en una foto en blanco y negro que le tomó en 1960.
Hernán Díaz (1931) fue corresponsal de la revista Life, les tomó fotos a políticos, pintores —fue uno de los primeros que retrató a Fernando Botero, anticipándose a su éxito— y su lente pasó tiempo con escritores como Álvaro Mutis y Jaime Sanín Echeverry.
Martha Traba se quejó siempre de que su arte al principio no fuera suficientemente valorado. Eran tiempos en los que la fotografía para muy pocos tenía el carácter de arte. “Lo que vivía la fotografía en el siglo pasado, después de la mitad del siglo, era un énfasis en la reportería, en el periodismo social y él lo que hizo fue rescatar el retrato y llevarlo a una instancia distinta. Él fue un gran director de personajes de la vida pública y en ese sentido fue quien inauguró el retrato moderno en Colombia”, asegura el fotógrafo Carlos Duque, quien confiesa que lo que más lo influenció de Díaz en su estilo no fueron sus libros sobre Cartagena y San Andrés, sino “esa capacidad suya de pasar tiempo con un gran personaje y llenar su retrato de sexappeal y glamour”.
Para Hernán Díaz la fotografía era un proceso que nacía en la conciencia y que luego existía en el papel. Su lengua era aún más polémica que sus retratos y odiaba que la gente le hiciera sentir que lo conocía. “Pero a pesar de todo su aparente cinismo, Hernán era un romántico”, confiesa Graciela Espeche de Pombo, mientras mira la última tarjeta de Navidad que le mandó su amigo y en la que le consignó un amoroso poema.
Este fotógrafo, uno de los primeros en estudiar su oficio, formó parte de lo que a finales de los años 60 era conocido como ‘la colina de la deshonra’, una calle de La Macarena en donde él, su compañero Rafael Moure, Martha Traba y Enrique Grau celebraban unos verdaderos bacanales. Esa era precisamente una de sus grandes tristezas, que la mayoría de sus amigos habían muerto ya y que se habían ido incluso hasta sus perros.
Su cámara Cannon digital tomó fotos hasta el final. Fue en sus retratos, detrás de su lente, como Hernán Díaz escribió su historia.