Dos sensaciones opuestas se experimentan cuando un visitante llega a la exposición del antioqueño Germán Arrubla, en Bogotá. Ilusión porque las fotografías de casas abandonadas por la violencia han sido intervenidas para crear una sensación de tercera dimensión, así que el espectador puede sentir que está en el interior de estas construcciones. Sin embargo, minutos después el sentimiento cambia a una especie de desilusión porque, como el mismo autor de la obra lo afirma, “todo forma parte de una época muy violenta de nuestro país que no podemos olvidar”.
Desilusiones es el nombre de esta obra que recoge fotografías y esculturas de territorios abandonados, pero no olvidados, del departamento de Antioquia. Durante dos años Arrubla se dio a la tarea de identificar y visitar casas que habían sido abandonadas por sus propietarios (la mayoría campesinos) para descubrir el estado en el que se encontraban y lo que había sucedido con ellas.
“Lo primero que hacía al llegar a estos lugares era pedir una especie de pésame. Se siente mucho dolor cuando uno entra a estas edificaciones de las sólo quedan ruinas”. Después fotografiaba las construcciones. Pero no quería quedarse únicamente con el registro, fue entonces cuando decidió intervenir las fotografías con distintas técnicas y dar a conocer varios objetos que habían dejado sus antiguos pobladores y que él había conservado como si fueran propios.
En su mayoría los artículos eran de carácter religioso. Crucifijos, rosarios y figuritas de pesebres, donde no faltaba el caballito azul y la oveja verde fosforescente, el Niño Dios más grande que la Virgen María y el buey más pequeño que la misma Virgen. Rastros de historias, de cotidianidades y, sobre todo, de personas que un día simplemente dejaron de habitar el sitio que era suyo, y olvidaron recoger algunas de sus cosas que hoy un extraño quiere visibilizar.
Estos lugares, una vez abandonados, se volvieron trincheras y resguardos de los grupos armados. Y así como sus antiguos pobladores dejaron rastros, éstos nuevos inquilinos también lo hicieron. Las paredes de estas casas dan cuenta de los pensamientos más comunes de jovencitos que se acomodaban en estas ruinas a ver pasar su vida. Y cómo transcurrían sus días lo registraban en las paredes. Dibujos alusivos a sus deseos sexuales, a sus sueños y a sus oscuras realidades quedaron plasmados por siempre en estos muros.
Para Arrubla su obra tiene una misión muy específica: “Reflexionar sobre lo efímero que somos y, especialmente, hacer ver que si no perdonamos toda la sangre que se ha derramado en este país, nunca vamos a tener paz”.