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Incitación a Elías Mejía

Elías Mejía devela la otra cara del amor, o la única, la del abandono, que se esconde desde el primer encuentro.

14 de agosto de 2021 - 10:10 a. m.
Elías Mejía, Calrcá 1951. Integrante del Taller Literario del Quindío en 1980, y de la Asociación Artistas a la Calle en 1984. Participante por el Quindío, en 1982, en el programa Un País que Sueña, patrocinado por el Banco de la República e invitado en varias ocasiones a leer su obra en la Feria Internacional del Libro y la Cámara de Comercio de Bogotá.
Foto: Cortesía
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Alguien dijo que para no morir debemos buscar vestigios de vida bajo las ruinas de los actos cotidianos. Encontrar la forma de transgredir calendarios y obligaciones. ¿Qué puede justificar nuestra llegada al torrente de la vida y, aún más, la decisión de quedarnos? Es una cuestión íntima y de solución irrepetible, es decir, no es permitido imitar la de otros. Mucho menos transigir. Almafuerte escribió que la felicidad humana no ha entrado en los designios de Dios. Existir, entonces, supone soledad y desarraigo. Por suerte, para soportar la náusea nos fue dado el arte; por suerte, hay un mago que nos salva y nos cura: el poeta.

Pero las palabras del poeta no siempre acarician. El poema es almíbar y veneno, pájaro y jaula, infierno y redención. El poema sirve, pues, como punto de reflexión para descifrar el mundo y conjurar la incertidumbre del devenir. El poema es un bosque de símbolos que nos afirma. Ahora, no todo poema contagia, y no todo poeta nos hace pensar que ha plagiado nuestras emociones. Hay poetas que se dispersan en sensiblerías con una ternura de veterinario. En la otra costa están los poetas que saben comunicar la gracia única de su experiencia. Elías Mejía es de los segundos.

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Juega billar y cultiva la tierra. O es un cafetero y jugador de billar que en sus tiempos libres escribe poesía. O labra la tierra y calcula las tres bandas para incitar la confesión de sus versos. No es un académico. Sin pregrado cursó una maestría en literatura hispanoamericana en la Universidad Paul Valéry, en Francia. Indulgencia de profesores generosos. No tiene afán de presumir ni desvirtúa el arte de la creación con recetas literarias. Es un navegante — ¿sin estrella?— que ha sorteado las oscuras y bravías aguas del abismo interior, y con la sangre del corazón ha precisado el bosquejo de amores y desventuras. Tal vez sea mejor no separar el amor de la desventura. El amor es desventura. Y decir amor desventurado o desventura del amor sería un pleonasmo ordinario.

Sus versos alumbran el encanto que hay en las cosas quietas, en la rutina de los hábitos. No teme visitar los recodos oscuros de la poesía. Evita los patetismos del idilio y la muerte heroica, o de las auroras y los atardeceres color tigre. Advierte que, cuanto más cerca la belleza, más cerca la desdicha; cuanto más cerca el amor, más cerca la despedida. El adiós anida siempre en el calor de un abrazo: “Primero, la mirada. / Después, la risa. / Luego la saliva y los besos, / Mis manos apretando su espalda. / Al poco tiempo, la vida: / De nuevo el llanto y la sombra”.

Elías Mejía devela la otra cara del amor, o la única, la del abandono, que se esconde desde el primer encuentro. Aprendemos, así, que el amor es una criatura bifronte y la pareja un monstruo de dos cabezas, como la llamó Shakespeare. Lo aprendemos o lo sufrimos. O solo sufrimos. Y complacidos vamos al abismo, aun sabiendo que lo único seguro en el amor es la ceniza: “Es la hora blanca del beso que se aleja / entre la multitud de compromisos / y de cosas. / Son las despedidas y la muerte acechando / tras haber conocido el amor. / Es la razón que salta y trepida / con la fugacidad a rastras”.

Y en la cadencia de esos besos se engendra, como un gusano, la irremediable separación. Besos lacerantes como lanzas o púas de animales. Después vienen los recuerdos a secar la boca, después viene el fantasma a instalarse en la memoria. Y vamos de nuevo a reventar los labios contra otras bocas.

La suya es una poesía de sensaciones vitales, fluye inspirada desde la voz: lo que nos dice ya lo hemos vivido. Lenguaje suelto y desenfrenado que busca el encuentro íntimo con el alma del lector. El ropavejero de la cursilería aprueba las vivencias del poeta que presume el champán y el antifaz. Elías Mejía irrumpe. Universaliza condiciones amargas y alegres de la existencia: la soledad, el olvido, el desamor, la pena del amor mercenario, la juventud perdida y ya borrada, el cansancio de los años amontonados, el sabor y las formas del erotismo, la lujuria del sexo liberado y el vacío y el consuelo de vivir. Amasijo de imágenes y palabras de un discurso prosaico: “Hoy vino la fatiga / a ponerse en mis ojos / y una tiniebla nueva / me subyuga la mente. / Cansado de la brega, / que a diario nos impone / la existencia tremenda / de nuestros corazones, / percibo el deterioro / que a guisa de castigo / no buscado nos llega. / ¡Adiós las ilusiones!”.

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Y quizás debamos renunciar, a lo mejor la carencia de ilusiones es el camino a la felicidad. Aceptar la tragedia y la ventura, aceptar el destino: “Es triste mi destino, he comprendido: / así observa la puta el sentimiento”. En esa verdad no hay odio o diatriba, es la franqueza del material sinuoso del que estamos hechos. Renuncia, renuncia, le respondió un policía a Kafka cuando este, desorientado en la ciudad, le preguntó cuál era el camino.

Aunque amar ya es renunciar a sí mismo, amar es proyectar nuestro propio olvido porque desaparecemos en el otro: “Sé que vendrá, / y yo, / como una madeja de nervios acostumbrados, / caeré en ella diciendo amor… amor… amor…, / antes de morir, / subyugado por la misma fuerza, / el mismo dolor, / la misma necesidad; / traicionando mis renunciamientos / y mi propia libertad”.

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Elías Mejía nos recuerda que el destino de los amantes es devorarse, hacerse humo en la memoria, obstinarse en ser carroña del fracaso. ¿Por qué los amantes efímeros han osado creer en la eternidad de su amor? “Amor es el retraso milagroso de su término mismo”, dice un verso de Pedro Salinas. No hay paraíso que no tenga serpiente.

¿El poeta escribe para herirse en las costillas? Sí. También para gritar el dolor que le causa herirse. Herida y grito en el poema. Un loco del Sinú escribió que la poesía es la única compañera y sugirió acostumbrarse a sus cuchillos. Esa misma necesidad tenemos nosotros, los lectores: precisamos la poesía para vivir, tanto como el pan y los besos. Aunque nos arda en los ojos la nostalgia fugitiva de los versos.

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Elías Mejía habla de sus cosas y de su mundo, de experiencias secretas y deseos recónditos, de la oscuridad del día y del vacío de la noche. Y dice más: revela al hombre. Esa revelación es, finalmente, la intención última de todo poema. Es el espejo que nos delata: “Los años han pasado / en que con alegría / vi las constelaciones / en medio de la noche. / Pasaron los instantes de espíritu curioso; / despertar ya no vale / la pena de ser hombre. / Y aunque poco me agrada / cantar lamentaciones, / escribo estas palabras / de insípida tristeza / que me alivian el día / si describen la noche”.

“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”, aludió Whitman en un salmo. ¿No recoge Elías Mejía en este último poema citado el espanto que frunce la cara al sabernos viejos? ¿No vemos desde el fondo de ese espejo la figura frágil de quien vio pasar el tiempo como una estela? Aquí, el poeta se asoma al abismo, al suyo, a ese que Nietzsche advertía no asomarse demasiado. Se asoma y lamenta ya no ser él, sino otro. Sin embargo, lo consuela escribir, y ese arte lo justifica. Así, el poeta es objeto y sujeto de su creación.

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En la última página de Confesión de Navegante (1995), Elías Mejía describe la muerte de un hombre solitario, acaso la suya: “Alguien habló dormido. / Relataba una pesadilla. / Su voz era ronca, / los labios resecos. / Tras los párpados / se vio / cómo giraban / sus globos oculares / e iban de comisura a comisura / en lectura rápida. / De súbito, alzó los brazos. / Nadie supo arrojarle un salvavidas / y murió en el sueño”. ¿Y qué más puede hacer el poeta si no es cavar su tumba en el sueño?

Que otros poetas se jacten de llevar una corona de laurel, Elías Mejía seguirá soñando caminos con la espina en el corazón.

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