Una de las problemáticas de hablar de perdón en medio de la guerra es que justamente las heridas y los daños no han terminado, de manera que se hace mucho más difícil establecer escenarios de perdón y reconciliación mientras no se esclarezcan los hechos y los protagonistas de la historia. Ese es uno de los puntos que muchas personas se preguntaron luego de la firma de paz entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y la extinta guerrilla de las FARC.
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Dentro del marco del Paro Nacional han vuelto a florecer los odios y los rencores. No solo son las manifestaciones en contra del gobierno de turno, también resultaron siendo las víctimas de la violencia estatal las que provocaron un nuevo foco de rabia e indignación entre los ciudadanos.
El dolor y el odio son fáciles de reproducirse, pues ambos apelan a los lados más pasionales y humanos que tenemos. Intentar detenerlos no es tarea sencilla, pues detrás de ellos se esconde justamente un acto de perdón hacia los agresores u ofensores. Y es sobre ese gesto de perdonar que habría que volver a reflexionar para comprender qué hay detrás de él y qué podríamos necesitar para eludir las confrontaciones que por años han alimentado la polarización y han disminuido la capacidad de reconocernos en la diferencia.
Vládimir Jankélévitch, filósofo francés del siglo XX, dedicó buena parte de su obra a pensar en el perdón. Sus estudios podrían ser una guía para entender un concepto y un acto necesario para el país en medio de la crisis. Y para poder comprender el perdón, es importante pensar en otros conceptos o elementos derivados de ese gesto: el tiempo, el olvido, incluso las dos partes que hacen parte del acto de perdonar se deben tener en cuenta para entender lo que hay detrás.
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En El Perdón, Jankélévitch empieza reconociendo que: “No es difícil comprender por qué el deber de perdonar se ha convertido hoy en nuestro problema. El perdón que debemos conceder al ofensor y al perseguidor resulta, en efecto, excepcionalmente difícil para cierta categoría de humillados y de ofendidos: perdonar constituye un esfuerzo que siempre ha de volver a hacerse, y nadie se extrañará si decimos que la prueba llega en ciertos casos al límite de nuestras fuerzas. Pero es que el perdón, en sentido estricto, es efectivamente un caso límite, como pueden serlo el remordimiento, el sacrificio y el gesto de caridad. Puede que un perdón limpio de toda restricción mental no se haya concedido jamás en este mundo, que una dosis infinitesimal de rencor subsista de hecho en la remisión de toda ofensa. (…) El perdón es, desde este punto de vista, un acontecimiento que nunca ha advenido en la historia, un acto que no tiene lugar en ninguna parte del espacio, un movimiento del alma que no existe en la psicología corriente… No obstante, y aun cuando no fuera un dato de la experiencia psicológica, el gesto de perdonar sería un deber. Más aún, está en imperativo tan sólo porque justamente no está en indicativo”.
Desde el principio ya se plantea uno de los debates centrales del perdón: concebirlo como un deber. El francés expone a lo largo del libro varios elementos para fundamentar aquello, y uno de esos se refiere al tiempo. No es que la víctima o el agredido esté en la obligación de perdonar, pues de hecho, se piensa que perdonar es necesariamente olvidar, y es ahí donde la temporalidad entra a jugar en la comprensión del tiempo. Perdonar no implica ignorar el daño causado y olvidarlo, implica abandonar un pasado, pero tampoco para resignarse a lo irremediable, sino para hacer parte del devenir y de la construcción constante del futuro. Sobre esto, Jankélévitch se refiere al rencor y a una forma en la que se da la necesidad del perdón:
“Entre todas las formas de la falsa venida y del anacronismo, la retrogradación rencorosa, aun no siendo literalmente regresiva, es sin duda la más pasional: pues el rencor no es un recuerdo como los demás; el rencor no acepta evolucionar, a imagen del recuerdo; no se deja, como el recuerdo, colorear por la sucesión cronológica de los acontecimientos: semejante más bien al hombre de remordimiento, el hombre de resentimiento se engancha y se aferra al pretérito, se envara porfiadamente contra la futurición. El agresivo rencor resiste al devenir; mientras que el perdón lo favorece, al quitarle los impedimentos que lo entorpecen; nos cura de la hipertrofia rencorosa: la conciencia, una vez liquidados los viejos rencores, es semejante a un viajero sin equipaje; camina a paso ligero al encuentro de la vida; o si preferimos la dimensión vertical: la conciencia, aliviada del peso de los recuerdos y de los resentimientos, supera la pesantez como un aeronauta y se eleva de un salto hacia la altura después de haber soltado lastre. ¡Hagan sitio para las novedades! El perdón desanuda de este modo la última traba que nos amarraba al pasado, nos arrastraba hacia atrás, nos retenía abajo: dejando advenir al porvenir y acelerando así este advenimiento, el perdón confirma la dirección general y el sentido de un devenir que pone el acento tónico en su futuro. El perdón ayuda al devenir a devenir, pero el devenir ayuda al perdón a perdonar. Porque el anacronismo rencoroso, en general, no resiste mucho tiempo al irresistible arrastre de la futurición (…). Así, todo el mundo se halla en el sentido de la historia, incluidos quienes parecen remontar a contracorriente”.
El tiempo no habría que entenderlo como el paso natural de la evolución, pues el pensador francés afirma que esto nada tiene que ver con los procesos de perdón. El tiempo habría que entenderlo como el devenir histórico, como aquello en lo que transcurrió un pasado que es necesario volver a revisar, como un presente y su llamado a alivianar las cargas hacia el futuro. El acto de perdonar se da en un instante específico, pero este está compuesto por lo que Jankélévitch llama el devenir histórico.
“El verdadero perdón es un acontecimiento fechado que adviene en uno u otro instante del devenir histórico; el verdadero perdón al margen de toda legalidad es un don gracioso del ofendido al ofensor; el verdadero perdón es una relación personal con alguien”, dice Jankélévitch, reafirmando que perdonar tiene dos elementos esenciales: el don gracioso, es decir, el gesto de perdonar como un regalo al ofensor, como la posibilidad de liberar a ambos protagonistas de una culpa y un dolor. En ese medida entra el otro elemento fundamental: la relación personal que implica el perdón. Si el ofensor o victimario no se reconoce en su condición, o si el tiempo provoca el desgaste de la falta cometida, lo que derivaría en un posible olvido o no reconocimiento de la culpa, sería imposible que se dé el acto de perdonar en tanto que la víctima no tendría a quién otorgarle ese “don gracioso” y se perdería entonces el devenir y el sentido del perdón.
Es aquí donde empieza a configurarse la idea del perdón y el acto como una necesidad que aporta al devenir. Perdonar resignifica mi relación con el otro en tanto que se libran culpas y rencores que, como bien dice Jankélévitch, nos detienen en el devenir; perdonar no implica, contrario a lo que se puede pensar, olvidar el daño ni ignorar las consecuencias que tuvo en el pasado, perdonar implica justamente recordar, y se da la necesidad de hacerlo para que el perdón tenga sentido. Así, el perdón se convierte no solo en un elemento que atañe a lo ético y lo moral, sino que atraviesa también una temporalidad que acarrea consigo una mejor relación con el otro y una mejor relación con el devenir de la historia.