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J.G Vásquez: “La literatura cuenta el lado invisible de los hechos visibles”

El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez es uno de los invitados especiales a la sexta versión de la Feria del libro del Eje Cafetero “Paisaje, Café y Libro”, que se celebrará de manera virtual desde el 28 de septiembre hasta el 4 de octubre.

27 de septiembre de 2020 - 08:04 p. m.
La obra de Juan Gabriel Vásquez se ha traducido a más de diez idiomas.
Foto: EFE
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Leer la obra literaria de este escritor es leer la historia secreta de un país. Los distintos géneros narrativos en los que ha incursionado, sin imposturas, hablan con amplitud sobre nuestras heridas y sobre cómo sobrevivimos al horror diario que encontramos en la esquina, en las portadas de los diarios o en los discutibles noticieros de televisión. Su obra, en pocas palabras, mira a su alrededor con una cámara que enfoca tanto los planos generales como los mínimos detalles. Juan Gabriel Vásquez es un testigo que recurre a la ficción para nombrar aquello que sólo se puede decir a través de la literatura. Por ello, creo, los vacíos de la historia oficial logran seducir su imaginación hasta llevarlo a escribir otras historias: más ricas, más profundas, más humanas. En esta última mención reside la génesis de sus creaciones.

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Entre sus novelas se destacan: Los informantes (2004), Historia secreta de Costaguana (2007), El ruido de las cosas al caer (2011), La forma de las ruinas (2015), entre otras. En cuento: Los amantes de Todos los Santos (2001) y Canciones para el incendio (2018). Y en ensayo: El arte de la distorsión (2009) y Viajes con un mapa en blanco (2017). También, por ejemplo, es preciso resaltar que ha sido merecedor de grandes reconocimientos como el Premio Alfaguara de Novela, Premio Roger Caillois, Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar y el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y es considerado por la crítica como uno de los escritores más importantes de la actualidad.

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¿Cómo concibe ahora el oficio de escribir? ¿Es algo que ha cambiado de acuerdo con su experiencia?

Hay algo que no ha cambiado, y es la idea de la escritura como investigación. Escribir es tratar el mundo como un misterio, y la ficción es una manera irremplazable de investigar ese misterio. En otras palabras, de iluminar esos lugares oscuros de la naturaleza humana a los cuales no podemos llegar de otra manera: con la historiografía, por ejemplo, o con el periodismo. Otras cosas sí han cambiado mucho con los años. Mis primeros libros son muy intimistas, y con el tiempo esas investigaciones de las que hablaba antes se han obsesionado con la manera en que la historia y la política entran en nuestras vidas privadas.

Usted ha escrito, además de varias novelas, otros géneros literarios como el cuento y el ensayo. ¿Qué impulso creativo encuentra en estos géneros?

Bueno, yo creo que cada género permite descubrimientos que le son propios, ¿verdad? No se usan para lo mismo: parece evidente, pero hay que ver cuánta gente cree todavía que leer un ensayo de Borges es lo mismo que leer “Pierre Ménard, autor del Quijote”, un cuento que tiene forma de ensayo pero que hace las cosas que hace un cuento. Ésa es la maravilla de los géneros: cada uno es capaz de hacer algo que los demás no pueden hacer. Me han dicho mucho que mi cuento “Canciones para el incendio” podría haber sido una novela, y es posible. Pero entonces no habría descubierto las cosas que descubre, sino otras.

A propósito del ensayo, tanto en su libro El arte de la distorsión como en Viajes con un mapa en blanco, hay una constante preocupación por tratar de entender lo que nos dicen secretamente las novelas y cuál es su papel en la sociedad. ¿Cómo surgió esa necesidad de pensar el material en el que trabaja?

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Si uno cree que el ser humano es un animal que cuenta historias, y que la actividad de contar historias tiene más impacto en nuestra vida diaria que ninguna otra, en algún momento tiene que preguntarse por la manera más sofisticada que hemos inventado para contar historias. Y eso es la novela. Es la forma literaria que más ha transformado las sociedades. Yo creo por ejemplo que hay una relación entre el nacimiento de la novela, pongamos Don Quijote, y las democracias modernas. Creo que el surgimiento de esta manera tan rara de vivir otras vidas nos enseñó hace muchos siglos a ser más tolerantes, más democráticos, de lo que éramos. ¿A quién no le va a interesar entender cómo funciona eso? Respuesta: a mucha gente no le interesa. Pero ellos se lo pierden.

Hay otra constante que los lectores encontramos en sus libros: la relación entre historia y literatura. ¿Qué nos dice la literatura que no puede decirnos la historia?

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Muchas cosas. Lo que dice Cien años de soledad sobre la masacre de las bananeras no se encuentra en ningún libro de historia. La literatura cuenta el lado invisible de los hechos visibles. La literatura cuenta lo que la historia no puede contar porque no está en ningún documento. ¿Y qué es eso? Pues todo lo que ocurre en el lugar de las emociones, las pasiones humanas, los demonios que todos tenemos. Uno lee libros de historia para saber qué pasó. Uno lee literatura para saber cómo lo vivieron los seres humanos. Eso es invaluable.

La violencia, en sus novelas y en sus cuentos, es algo que se mira con una perspectiva amplificada. Desde su postura como escritor que ha narrado algunos de los sucesos más traumáticos de nuestra historia, ¿cómo la violencia en la ficción cuestiona las sombras que oculta nuestra sociedad?

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Las novelas tratan de traer a la superficie los mecanismos de la violencia que no se pueden ver de otra forma. Es lo que he tratado de hacer en La forma de las ruinas y en Canciones para el incendio. Vivimos en una sociedad extraordinariamente violenta, y yo creo que los métodos de análisis de esa violencia fracasan si no pasan por la literatura. ¿Queremos saber de dónde sale nuestra violencia? La respuesta pasa también por la literatura.

En relación con lo anterior, ¿cree que aún es temprano para pensar en una literatura donde los tópicos narrativos giren a otras realidades? ¿Los escritores deben tener un compromiso con la memoria secreta del país que narran en sus historias?

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Yo creo que los escritores no tienen deberes ni obligaciones más allá de tratar de escribir el mejor libro posible. Ahora bien: yo, personalmente (y subrayo esta palabra), siento un compromiso con el pasado colombiano, o más bien me siento comprometido con el uso de la ficción para decir todo lo que no pueda decirse de otra manera. Por ejemplo, para decir lo que la Historia oficial no suele o no puede decir. Al contrario que muchos colegas, yo creo que la ficción sirve para algo, que tiene un uso. En otras palabras: sí, la literatura es arte, y sí, la literatura es entretenimiento. Pero también es conocimiento. Lo que pasa es que es un conocimiento ambiguo, irónico, que no es científico ni exacto. Pero sin él no podríamos vivir.

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