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Juan Antonio Masoliver y la inocencia lesionada

Luego de doce años de trabajo en una historia de pederastia, el escritor Juan Antonio Masoliver presentó en Barcelona su más reciente libro.

05 de mayo de 2016 - 11:21 p. m.
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En Barcelona, que es aún más pequeña que Bucaramanga, la sensación de distancia se transforma. El Masnou es un pueblo frente al mar, a veinticinco minutos en tren desde el centro de la ciudad, tiempo en el que uno siente que deja todo muy atrás, que se va casi de viaje al cruzar el río Besós y las tres torres de Sant Adrià, una central térmica que casi nunca aparece en el skyline turístico de las cajas de chocolate. Allí, a El Masnou, regresó Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939) después de vivir cuarenta años en Londres. Ahora él es un personaje histórico, tanto por su trayectoria como por la publicación de su reciente libro.

Poeta, escritor y crítico literario del suplemento cultural de La Vanguardia de Barcelona, es un gran conversador con el que el tiempo no existe y el humor es la clave. Creció en el pueblo en donde se desarrolla La inocencia lesionada (Acantilado, 2016). Allí, en El Masnou, “un niño parece ignorar las lesiones que han marcado, como una maldición, toda su escritura, que es como decir toda su vida”. Masoliver esperó muchos años para contar esta historia, que es la suya, la de su pueblo, que está tocada de ficción para hacerla más real. Le tomó doce años terminarla. Hablamos de pederastia, un tema que no necesita ubicación geográfica ni nombres concretos para ser universal.

“Cuando uno quiere a alguien lo quiere también con el cuerpo”, le dice el profesor a Óscar Oria. El niño, con ocho años, intuye que hay algo extraño, pero no entiende, no alcanza a distinguir entre lo que está bien o no. Es un niño. Además, se lo dice el profesor, a quien admira, el que le enseña cómo es el mundo y además lo apoya en el sueño de escribir su primer libro, llamado Historia de los Oria. “Yo no soy un Spotlight —se refiere a la película ganadora del Premio Óscar 2015—. Además, eso me pasó en un colegio laico. No vengo con el tópico, aunque cierto, de que sólo pasa en colegios de curas”, dice Masoliver. Todo sucedió en los años cuarenta y cincuenta, cuando la inocencia era más real, más secreta. La gente no decía nada porque no sabía ni qué decir, no había permiso, no había medios.

Hoy sí existen. En #MiPrimerAcoso un taxista quería preguntarme una dirección, al acercarme vi que estaba con los pantalones abajo, se estaba tocando justo en frente de mi colegio, de su carro se acababan de bajar tres estudiantes. Hace unos días Catalina Ruiz-Navarro les dio el empujón a las mujeres con su hashtag en Twitter usado casi 100.000 veces. Hoy sí se puede denunciar y, lo más importante, existen las personas que trabajan para que nada de esto siga ocurriendo, ya sean niñas, niños o adultos. Por eso causa náuseas pensar en que Luis Alfredo Garavito, quien aceptó haber violado y asesinado a más de 200 niños, pueda llegar a salir de la cárcel, según un artículo publicado en este periódico el pasado 21 de abril.

La vida de la familia Oria en El Masnou cuenta parte de la historia del mundo como pasa en los grandes libros. “Está narrado desde la pureza”, escribe Masoliver en el prólogo. También desde la ternura, el humor y la sexualidad de una sociedad reprimida, en donde los falangistas se pasean por el pueblo, en una España que recién comienza los años del franquismo. “Un ambiente hipócrita en donde todos rompen el sexto mandamiento”. Hay dos personajes que podrían verse como el reflejo de la actitud de ese tiempo frente a los abusos: Timoteo es ciego y Tecla es sordomuda, una pareja de la que nadie sabe si son hermanos, marido y mujer o los fantasmas del pueblo. La gente los mira caminar como si marcaran el tiempo. Pero ellos no intervienen, no reaccionan ante nada y nadie ante ellos, como si no existieran.

Han pasado casi setenta años desde que en la calle Fontanills, número 25 de El Masnou, comenzó la historia real que se convertiría en literatura en La inocencia lesionada, “un título lleno de maldición y bendición al mismo tiempo”. Esa distancia, en años, que Masoliver necesitó para escribir es la que muchos apenas comienzan sin siquiera darse cuenta. Porque, aunque pueden intuir que hay algo extraño, no entienden, no alcanzan a distinguir entre lo que está bien o no. Son niños.

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