Mientras el ganador festeja el perdedor piensa; razón suficiente para declarar, otra vez, más digna a la derrota.
Pero, entre nosotros, ¿quién juega para pensar?
Jorge Valdano
Con este epígrafe de Valdano quiero hacer algunas consideraciones sobre el juego como obra de arte y verbo, el más humano, el más revolucionario. En cada justa deportiva se asiste a una batalla, pero, por fuera de la cancha, hay tiempo para otra conversación y para otra cerveza. Allí se pone en el primer plano el interés colectivo. Después de la competencia llega la calma, la segunda parte, la de los recuerdos de jugadas, aciertos y errores. Después de la jornada deportiva llega el triunfo de la palabra. Y la palabra se hace arco, pelota y gol.
Ya lo hemos escrito varias veces, no sabemos cómo nos hicimos hinchas de un equipo porque todo nos viene impuesto: la religión. el peinado, la forma de vestir y otros detalles más, pero sí es claro que, como dice Eduardo Galeano, cambiamos de sexo, de novia o novio, de religión, de estado civil, de partido político, pero de equipo no. Heredamos, a través de la palabra, de abuelos, padres, hermanos mayores y amigos estas afiliaciones culturales y sociales que determinan nuestra manera de ser y de estar en el mundo. Anteriormente, éramos hinchas de un solo equipo, es decir, éramos monógamos. Hoy es fácil ser polígamos porque el mundo se acható y podemos ser hinchas de cuatro o cinco equipos de diferentes países.
Hacer deporte es recuperar la época de la fantasía y la ficción hasta cuando nos quitan la virginidad cuando nos confirman que el Niño Jesús son los padres. El deporte es una herencia tribal y una experiencia colectiva que transmite felicidad, como todos los deportes, porque es como estar en vacaciones. Por ello, cada que entramos a un templo deportivo se ingresa a un lugar sagrado y habitamos una especie de furor estético. Hacer deporte es un ejercicio terapéutico y está demostrado por la psicología y por la medicina clínica porque se han documentado ejemplos de seres humanos con capacidades diversas que encuentran en el deporte un oasis para sus dolencias y nos hemos encontrado con animales que son cómplices y hacen deporte con sus compañeros de viaje.
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El deporte eterniza nuestra dicha del juego por el juego. Es absurdo lo que logra el deporte con la humanidad porque nos hace recordar los miedos de la niñez e invade todos los rincones de la vida cotidiana con nombres distintos: unas veces ocio, otras veces pereza y, en otras oportunidades, le damos el nombre de entretenimiento, espectáculo, deporte, fiesta y recreo. Absurdo porque hemos presenciado las peleas entre dos amigos por una jugada mal pitada en un partido que están presentando en televisión o nos juramos odio eterno y en cinco minutos nos estamos abrazando para cantar juntos una victoria. Enseña más la derrota porque nos deja pensar. El triunfo obnubila.