Fue fuerte, sí, tanto que todo el cuerpo de Diana se echó de pa´atrás, perdió el equilibrio y fue a golpearse la cabeza con la esquina de la mesa que soporta con elegancia la foto de matrimonio, ambos bellos y de blanco, inocentes, aunque mentimos al decir bofetón, ya que fue un golpe con los nudillos, hacia adentro, logrando dejar un diente bailando. Le dolió la cabeza por el golpe con la mesa, más la boca, sentía el diente suspenderse, aunque lo peor fue la quijada, el epicentro de todo. Fernando en forma inmediata fue en su ayuda, a levantarla, socorrerla, que perdóname, amor, que tu sabes que me voy, que no controlo, y en efecto se había comenzado a ir cuando vio a Diana llegar de la calle, que la cogió a gritos, que pareces una puta, una puta, una fulana de la calle, a empujarla con vehemencia, a darle irónicos golpecitos con los dedos sobre sus cachetes, puta, que eres puta, que se te ven todas las tetas, que mira como sales a la calle, provocando, ¡pero qué dirá todo el mundo!, claro, que la hueva del tercero b tienes unos cachos que le llegan hasta el cielo, que se te ven las tetas, Diana, ¿o no te das cuenta?, y solo fue que Diana dijo que mira Fernando que no es para tanto, que tengo todo cerrado y solo se ve una esquinita del sostén, que no es nada, y ahí él comenzó a calentarse y se fue de más a más y acabó como se ha relatado. Ella salió de su casa, sin mirar, tomando el primer abrigo que sus manos tocaron, como cuando uno introduce una mano en la bolsa del mago para extraer quién sabe qué. La última vez había ido al parque de enfrente, a hablar con su conciencia y con dios. Ambos habían perdonado, la conciencia porque también el tiene su puntico de razón y dios con todo ese cuento de ofrecer la mejilla, o algo así. Ahora fue donde su madre a buscar mejor consuelo. Consuelo, su madre, la recibió con un cariño inimaginable, le colocó toallitas húmedas en la quijada, que dolía, en el chichón de la cabeza, el diente ya estaba casi caído y después de media hora de remilgos y carantoñas le aconsejó volver con su marido, ¿tú qué vas a hacer a estas alturas de la vida, cariño?, y que si lo miras bien él hace todo esto porque te quiere, que te ama, que quiere que seas suya, sólo suya, mi amor, no te quiere compartir, y no estás sola en esto, ¿sabes? O, ¿tú no crees que tu padre también tuvo sus momentos?, que no todos los hombres son ángeles de dios, créeme. Diana volvió a su casa a eso de las nueve de la noche, sin un diente, y dijo decidida sin saber si la oían: Fer, tenemos que hablar.