Venías a las frías brumas,
a los verdes prados de kikuyo
y altos eucaliptos,
desde soles contundentes
y lánguidas palmeras
con olor a mango y mar.
Estabas allí cuando nuestros ojos
se abrieron a la luz de las cosas;
estabas allí en la primera mañana
en que relincharon los caballos
y las hormigas
transportaron sus tesoros,
allí estabas cuando las lágrimas,
cuando las fiebres,
las madrugadas y los dolores,
cuando las risas estallaban
sobre la odiada sopa humeante,
cuando soñábamos
con héroes de celuloide,
relucientes pistolas
y caballos blancos como la leche;
también, también estabas
cuando robamos el primer beso
y descubrimos
el secreto.
La suavidad y el calor de tus manos,
color de nube atardecida,
preservaban el retorno
a paraísos perdidos,
a infancias de goce e inocencia.
Tus ojos, oscuros y elocuentes,
eran la reprobación o el estímulo.
Tu sonrisa, un blanco rayo
de inteligencia y malicia.
No es un conflicto de verbos,
un eras en vez de un eres,
eras lo que yo quiero decir,
eres lo que no puedo decir,
serás lo que todavía no sé decir.
Eras la presencia
eres la ausencia,
estabas y ya no estás.
¿Dónde te has escondido?
¿Por qué senderos ignotos
desconciertas tus pasos
y nuestros pensamientos?
¿Dónde, dónde estás?
¿Solamente entre la tierra
donde tus cenizas se incorporan
a la materia de los cedros?
Sólo sé que estabas y ya no.
Sólo sé que tu presencia es ahora
aire,
aroma,
memoria,
ausencia.