Corría el año de 1609 y en un palacio de la India nació una hermosa niña. Su padre era un príncipe de Delhi y su madre la más amada de sus esposas. Le pusieron el nombre de Mirrha y desde su más tierna edad reveló que estaba dotada de un bondadoso corazón y un carácter reflexivo y sereno. Adolescente, la princesita pasaba largas horas paseando en los jardines del palacio de sus padres, en diálogo silencioso con la naturaleza y muy a menudo se la veía mover los labios como si conversara con unos seres visibles solo para ella.
Cierto día, llegó una noticia que rompió la calma del reino. Los turcos habían invadido la capital y no había tiempo que perder. El padre de Mirrha trasladó a su familia a una ciudad en la costa y desde ahí recibían las noticias de la invasión, que cada vez era más preocupante. Sin embargo, Mirrha continuaba con su tranquila existencia, paseando a la orilla del mar y percibiendo la belleza del océano con su exquisita sensibilidad.
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Unos piratas chinos, al descubrirla paseando sola, la arrastraron hasta el barco que tenían escondido en un reducto de la playa. Pensaban cobrar por ella un elevado precio en el mercado de esclavos de la Cochinchina, a donde llegaron después de muchos días de navegación, durante los cuales la princesa estuvo confinada en la sentina de la nave, atormentada por las duras condiciones en que se acostumbraba entonces transportar a los esclavos.
Volvió Mirrha a ver la luz del día en ese puerto en que se infamaba a la humanidad convirtiéndola en mercancía. Los misioneros jesuitas ejercían su oficio de piedad y consolaban a los esclavos, al tiempo que los bautizaban para según su fe, salvar sus almas y mitigar su pena con la esperanza del paraíso.
Con las manos atadas, Mirrha recibió las aguas del bautismo cristiano y un nuevo nombre. El padre jesuita que la bautizó la llamó Catarina de San Juan. La joven guardó ese nombre en su memoria, al igual que las imágenes que le había mostrado el sacerdote, la de una señora muy dulce con un niño en brazos y la de un hombre clavado en una cruz, para salvar al mundo y redimir los pecados de la humanidad.
De nuevo abordó la joven una nave, pues unos traficantes portugueses la habían adquirido en el mercado de Cochinchina. Volvió a sufrir las penalidades de la travesía y por fin llegó, con el resto de sus compañeros de esclavitud a las islas Filipinas.
En Manila, el barco era aguardado ya para atender una petición del Virrey de la Nueva España, Don Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, marqués de Gelves, deseaba comprar esclavas de buena presencia y dotadas de gracia para el servicio de su palacio en la Ciudad de México.
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Así, Mirrha, ya convertida en Catarina de San Juan abordó la famosa Nao de China, el barco que transportaba las más exquisitas mercaderías de las Islas Filipinas a la Nueva España. Su destino era el puerto de Acapulco, donde habría de recogerla el capitán Miguel Sosa, amigo del Virrey y residente en la ciudad de Puebla.
Llegó la paciente y atribulada Catarina de San Juan al puerto mexicano donde estaba listo para recogerla el capitán. Sin embargo, no pudo cumplir el cometido de llevar a la doncella oriental a la ciudad de México pues el virrey recibió orden de la Corona española de dejar el cargo y presentarse en Madrid a rendir cuentas.
Don Miguel Sosa era un caballero de buen corazón y nobles sentimientos. No dudó en llevar a su casa en Puebla a la joven esclava y la puso al cuidado y dirección de su esposa, doña Margarita de Chávez. Por fin pudo respirar tranquila Catarina de San Juan en la morada de sus protectores recibió la instrucción religiosa a la que la empujaba su carácter contemplativo. Aprendió rápidamente a hablar el español y ayudaba solícita en todas las labores de la casa.
Cuando terminaba sus quehaceres, un sentimiento que era la nostalgia por su tierra y por su origen se apoderaba de ella. Pronto descubrió el modo de conservar el amor por su patria y no morir de tristeza por no volver a ella: realizaba sobre tela bordados y labores con hilos y lentejuelas al estilo de su país. Así elaboraba sus propias prendas de vestir e involucraba en sus diseños el sentimiento que su nueva tierra le inspiraba.
La gente comenzó a llamar a la antigua princesa de la India, la China Poblana, por haber llegado en la Nao famosa y por su delicada belleza oriental, envuelta en las telas bordadas que salían de sus manos y que al brillo del sol emitían reflejos llenos de encanto.
Sin embargo, Catarina de San Juan no deseaba brillar en este mundo, sino en el cielo que le había prometido su fe cristiana. Se dedicaba a socorrer a los necesitados y a ayudar en las obras de caridad que dirigían las monjas carmelitas. Prometió a la Virgen María que nunca se casaría, pero no pudo cumplir su promesa pues, cuando sus protectores murieron, el presbítero Pedro Suárez, un amigo de la familia, la convenció de que, para no quedarse desprotegida, debía casarse con su esclavo de origen chino, Domingo Suárez. Catarina aceptó pero con la condición de que fuera respetado el voto de castidad que había hecho.
Así fue y los esposos vivieron como hermanos. Murió Domingo Suárez y Catarina dedicó el resto de su vida a la vida espiritual que tanto apetecía. Se hizo famosa en Puebla por sus buenas obras y cuando murió, la víspera de los Santos Reyes de 1688, ante sus restos desfiló la ciudad entera. Fue enterrada en la Iglesia del Espíritu Santo y su nombre quedó envuelto en un halo de santidad.
Las damas de Puebla durante muchos años, habían imitado los bordados que habían salido de las manos y de la nostalgia de Catarina de San Juan y así se fue diseñando de manera colectiva el hermoso vestido de la China Poblana, que con sus adornos de lentejuelas recuerda siempre a la princesa de la India que llegara para quedarse en la Puebla de los Ángeles.