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La corte libertina

Apartes de las notas al programa que se entrega en las salas de Cine Colombia.

17 de octubre de 2014 - 11:00 p. m.
Esta adaptación de la obra sucede en España, en los años 30. / Cortesía: Cine Colombia
Foto: Ken Howard
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Mozart compuso Las bodas de Fígaro en 1785, mientras disfrutaba en Viena de su época de mayor bienestar y reconocimiento, que, sin embargo, pronto empezaría a desvanecerse. El músico llevaba varios meses buscando un tema estimulante para componer una ópera cómica, y luego de descartar varias opciones dio con la obra de Beaumarchais, que había sido estrenada en París en 1784, en medio del éxito y el escándalo. Como la pieza teatral, en tiempos de absolutismos monárquicos, osaba mostrar en escena la disputa entre un noble y un criado, y era este último el que resultaba vencedor, su representación fue prohibida en Viena por el emperador José II. No obstante, se permitió la circulación del libro traducido al alemán, que muy rápido llegó a manos del compositor. Las bodas de Fígaro fue la primera ópera que resultó de la feliz colaboración de Mozart con el poeta y libretista italiano Lorenzo da Ponte, relación que luego daría otros dos frutos deliciosos: Don Giovanni y Così fan tutte.

Una vez concluida la partitura, Da Ponte abordó al emperador, le ofreció la ópera y, para tranquilizarlo, le dijo que había “… suprimido y aligerado aquellas (escenas) que podían herir la delicadeza y la decencia de un espectáculo que protege vuestra majestad”. Después de demoras ocasionadas por supuestas maniobras de saboteo de Salieri, que no han sido demostradas, la ópera se estrenó en el Teatro de la Corte el 1º de mayo de 1786. La acogida fue entusiasta, pero no fue un suceso rotundo porque la pieza duró poco tiempo en cartelera.

La ópera transcurre originalmente en cercanías de Sevilla, a mediados del siglo XVIII, pero esta producción del Met traslada la acción a la España de los años 1930. Las bodas de Fígaro de Mozart y Da Ponte ya no es la comedia con fuertes implicaciones sociales y políticas que ideó Beaumarchais, que se anticipaba a las transformaciones que llegarían con la Revolución francesa, sino que se ha convertido en un drama humano, de personajes bien caracterizados y con claras motivaciones. Sin embargo, han quedado en el libreto algunos elementos de la lucha social, como el que se trasluce en el aria del acto I Se voul ballare (Si quiere bailar), en la que Fígaro, el sirviente, expresa su intención de obstaculizar los propósitos libertinos de su amo, el conde de Almaviva, que pretende revivir en secreto el derecho de pernada al que ha renunciado públicamente.

Mozart dotó la obra de una orquestación rica y protagónica, y tenemos una muestra de ello en su famosa obertura, nerviosa y chispeante. En Las bodas de Fígaro conviven el encanto melódico y las tensiones armónicas que se mueven a la medida de la acción. Uno de sus elementos destacados es que las escenas de conjunto tienen gran importancia dramática, y un ejemplo culminante lo encontramos en el extraordinario y divertido final del acto II, con cerca de mil compases de extensión y algo más de veinte minutos de acción sin interrupciones. En este y en otros casos, Mozart es capaz de acoplar con maestría en un mismo momento a personajes que expresan sentimientos diferentes o actúan por motivaciones encontradas. La importancia de los conjuntos no quiere decir que los números solistas sean insignificantes. La ópera tiene arias memorables en todos los actos y requiere de un elenco de cantantes de primera línea.

Cuando Susana entona en el acto IV el pasaje Deh, vieni, non tardar (Ah, ven, no tardes) se evoca una historia secreta. Como la inglesa Nancy Storace encarnó ese personaje en el estreno, y se murmuraba sobre un romance entre la soprano y el compositor, algunos estaban convencidos de que al llegar ese momento ella siempre le dedicaba su canto de amor al pequeño Mozart.

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