Fue un período de la historia en el que la inteligencia, la industriosidad y un inusitado crecimiento fabril coincidían con un espíritu de época que enaltecía la vocación creativa y celebraba el arte como estandarte esencial del ciclo civilizatorio. En las postrimerías del siglo XIX y los albores del XX, Europa armonizaba el ocio con la prosperidad, el solaz con el ingenio, el trabajo con el divertimento y la plenitud estética con la reciedumbre económica. La fe ciega en el progreso humano se acompañaba de confianza en el avance inexorable del tren de la historia hacia el pretendido paraíso terrenal que los utopistas del Renacimiento habían propugnado.
Conocida como la Belle Époque, la franja de tiempo comprendida entre los años 1871 y 1914 representa para la historia del arte el punto cimero en el fervor por el bienestar, el humanismo y las capacidades creativas. Sin sospechar la proximidad de la Primera Guerra Mundial, el hombre europeo creyó que los ideales forjados en siglos de lucha alcanzaban su concreción. La proliferación de cafés parisinos en Montmartre, en los que platicaban artistas como Félicien Rops y Erik Satie, Claude Debussy y Marcel Proust, les aseguraban a los cultores un sitial que superaba lo ornamental con una estancia protegida por un aura de vitalidad y trascendencia. Lo dionisiaco y lo apolíneo se conjugaban en dosis exactas para que la vida abrevara en el aljibe del fulgor existencial.
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La llamada economía naranja que se empeña en promover el gobierno de Iván Duque pretende, con no poca ligereza, supeditar la creación artística al modelo rentístico financiero que la tecnocracia criolla pregona como fórmula triunfal. Amparados en cifras que arroja la economía mundial y que presentan como irrefutables respaldos numéricos de sus espejismos, los 29,5 millones de empleos en el mundo y los US$2,25 billones en ingresos que atribuyen a las demandas crecientes del sector, confinan la creatividad a labores asociadas a la industria del entretenimiento. Al controlar de forma hegemónica las actividades emparentadas en dicha categoría difusa, desde criterios econométricos desdeñan un entramado cultural y un eslabonamiento de oficios y tareas simbólicas que no se incluyen en el 6, 1 % de las creaciones intelectuales que mide la economía mundial en sus reportes anuales.
Las actividades de la ciencia y el intelecto, de la inteligencia y la creación, nunca serán explicables y medibles desde las lógicas y los mecanismos de la economía. Entronizar la medición algorítmica para comprender los procesos de invención y presionar rendimientos para simular estados de fertilidad en el talento nacional resulta tan insólito como explicar la intensidad lumínica de la Luna en razón a la cantidad de sonetos que los poetas le compongan en un período exacto de tiempo e inspiración. La métrica y la tasa representativa del mercado se repelen en las diapositivas de la frivolidad burocrática.
La autonomía del arte, la inviolabilidad del tiempo de la génesis de toda obra de creación y el carácter singular de las disciplinas artísticas, todas ellas con modus operandi propios e intransferibles, configuran un mandato supremo para el cultor que se sobrepone a las proyecciones infundadas que desde un escritorio el poder concibe. Las coincidencias históricas entre profusión y circulación del objeto artístico deben ser estudiadas desde las particularidades de los protagonistas y las circunstancias sociales generadoras de ellas. El boom literario que experimentó la literatura latinoamericana en la segunda mitad del siglo XX fue fruto del proceso cultural que reivindicó como emblema a una región del mundo rotulada por los clichés del exotismo. La mayoría de edad de nuestra literatura le advirtió a Europa de una eclosión que evidenciaba un código creativo propio para descifrar la realidad sin acudir a las ópticas decimonónicas de los eurocéntricos.
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No deja de ser pintoresco, pero no por ello menos censurable, observar a funcionarios advenedizos en entidades públicas, a las que llegan ignorando su misión y teleología. Enceguecidos, insisten en convertir en derrotero para sus gestiones las rutilancias de discursos vacíos. Prueba de ello es la irreflexión con que el Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena), una entidad concebida para la formación de los trabajadores colombianos, se ha contagiado de la languidez retórica de la economía naranja con una desfachatez que amenaza con desnaturalizar la función primordial que la ha orientado durante seis décadas. Los labriegos y los artesanos, los obreros y los aprendices, antes que sofisticaciones conceptuales, demandan lecciones certeras de tecnificación y aprecio por sus labores. Escuchar el desconcierto con el que bautizan a la industria creativa como economía naranja es presenciar un penoso soliloquio de bufones extraviados de escenario.
El cine y la pintura, la literatura y la música, en sus experimentaciones estéticas y búsquedas renovadoras, se apropian de la marginalidad para confrontar las tradiciones y rehacer los cánones imperantes. Lo sórdido y lo sublime, lo mercantil y lo parasitario, lo palaciego y lo rebelde, liberan sus fuerzas antagónicas en una permanente tensión que escapa a la voracidad del comercio para concebir inéditas fórmulas que irrumpen en la sociedad como símbolos indómitos al poder. El arte resiste y la economía exprime.