Caen y vuelven a caer las bombas. Caen doscientas por día, desde el vientre mortífero de los aviones militares. Caen sobre los autos, las terrazas, los hospitales. Caen de día, de noche, sin siquiera distinguir sobre quiénes caen. Caen sobre una madre, sobre un hermano, sobre un recién nacido. Las noticias de ese país árabe se resumen casi a diario en el segmento internacional y a veces se viralizan en nuestros muros ególatras y por eso sabemos —o suponemos— que las horas en Siria, desde hace cinco años, transcurren con tal brutalidad. Aparte de eso no hemos desentrañado —ni hemos querido hacer— nada más al respecto. “Todos saben la verdad sobre Siria, pero nadie ha logrado detener la matanza ni la lucha ni el derramamiento de sangre ni las masacres que se cometen”.
Quien lo dice nació y creció allí hace no más de cuarenta años y se llama Abu Omar. Tiempo atrás, cuando la vida en Alepo, su ciudad natal, no era esta repetición infausta de explosiones, él trabajaba como herrero. Ahora, arropado por un ligero overol caqui y blindado por su sentido inclaudicable del deber, es un rescatista ejemplar de los Cascos Blancos. A diferencia de la vigorosa fuerza militar que son los Cascos Azules de la Organización de las Naciones Unidas, este es un grupo de contextura más bien modesta: fue creado en 2013 y está conformado por 2.900 civiles sirios. La cinta homónima del cineasta británico Orlando von Einsiedel, ganadora del Óscar 2017 como mejor corto documental, muestra cómo los Cascos Blancos, pese a sus limitaciones técnicas y de recursos, se han consolidado como un frente eficiente de ayuda humanitaria.
Desde que comenzaron sus actividades en las zonas no controladas por el régimen de Bashar al Asad, hasta ahora, estos hombres inexpertos han salvado 58.000 vidas.
Antes de padecer la guerra, muchos de ellos eran, al igual que Omar, obreros aptos para levantar edificios y no para rastrear señales de vida entre los escombros de lo que construyeron. Khalid Farah, por ejemplo, era albañil, pero tras recibir un entrenamiento rápido en operaciones de emergencia se volvió un voluntario comprometido. “Lo más difícil —dice mirando fijamente a la cámara en un plano medio interpelante— es ver cadáveres. Los veo y pienso en ellos como si fuesen miembros de mi familia”. Mientras él y sus compañeros viajan un mes —¡un mes!— al sur de Turquía para prepararse, su esposa y su hija Amal, de dos años, lo esperan en casa, allá donde los ataques se redoblan por aire y por tierra. ¿Cómo soportarán esas ausencias imprecisas? ¿Qué pensarán realmente ellas o los niños de la labor sacrificada de papá? La narración no incluye las voces que podrían dar esas respuestas, pero la fatal contradicción de la entrega, de todas formas, aparece: al tiempo que ellos concentran sus esfuerzos en servir a los otros, los suyos, de alguna forma, quedan desprotegidos.
“¿Ven esa sensación que se tiene cuando uno siembra una semilla y se convierte en un arbusto hermoso? Eso fue lo que sentimos al ver que sobrevivió”, cuenta Mohammed Farah, exmiembro de un grupo armado de oposición, en referencia a la historia de Mahmoud, el “bebé del milagro”. Mahmoud tenía un mes de nacido cuando fue desenterrado con vida de las ruinas de cemento del cuarto donde dormía. La secuencia claustrofóbica que rememora su rescate es, en efecto, uno de los picos emotivos del documental. Y aunque el enfoque reiterado del director en el desamparo de los niños parece haber sido pensado para estrujar conciencias, por momentos ese recurso resulta más bien forzado y efectista. Quizá en una película de 40 minutos (disponible en Netflix), a fin de cuentas, no se pueda llegar más que a esa emotividad instantánea y a una conclusión tan extrañamente cursi como irrefutablemente cierta: “Salvar una vida es salvar a toda la humanidad”.