El enfrentamiento entre Amazon y la editorial Hachette —a la que se han unido escritores de diversas editoriales y nacionalidades—, que comenzó a principios de este año, tiene un tono cada vez más dividido. Se han formado, de repente, dos ejércitos editoriales que pretenden, cada quien a su modo, convocar a un público preciso para sus intereses. En medio están los lectores en plataformas digitales que buscan precios cada vez más bajos en los libros. ¿De qué trata esta lucha y qué intereses existen en ella?
La relación de los hechos es esta: Hachette señaló a Amazon —dueña de la franquicia de Kindle, uno de los lectores digitales con más éxito en ventas— de eludir la distribución de sus libros a través de sus plataformas y de ajustar los precios a su conveniencia sin llegar a un acuerdo con la editorial. De este modo, señala Hachette, Amazon pretendería multiplicar sus ganancias en detrimento de la salud económica de los autores. A esta protesta se fueron sumando, poco a poco, cientos de autores de esa y otras editoriales que ahora piden al Departamento de Justicia de Estados Unidos que revise una posible violación de las leyes antimonopolio por parte de Amazon, dirigida por Jeff Bezos.
En concreto, Hachette acusa a Amazon de prohibirle la promoción de sus libros de un modo adecuado. Una serie de actos de presunta negligencia —quitar el descuento a algunos libros, sacar a otros del stock, demorar los procesos de envío— hicieron que las directivas de Hachette se abalanzaran en protesta contra la empresa de Bezos. Amazon, en una misiva, dijo que deseaba regular los precios de los libros y —de acuerdo con una nota del diario The Guardian— argumentó que sus prácticas de mercado defendían los libros más baratos porque las editoriales ahorran en costos de producción y eso debe verse reflejado en el precio ofrecido a los lectores. En esa carta, Amazon también aseguró que Hachette no se “adaptado” al mercado libresco de este siglo.
Sin embargo, a pesar de los dos ejércitos que se han conformado de lado y lado, la lucha tiene más zonas grises que claras. Si bien muchos autores de renombre —entre ellos Philip Roth, Milan Kundera, Salman Rushdie, V.S. Naipaul, Orhan Pamuk y los herederos de la obra de Allen Ginsberg, William Burroughs y Arthur Miller— han apoyado a través de sus editoriales y agencias literarias, pues son los principales afectados por las ganancias de sus libros, también existen autores independientes que piden que Hachette llegue a un acuerdo equilibrado con Amazon. Es decir, que la pelea no redunde en la pérdida de una oferta real para los lectores y, al mismo tiempo, en una disminución de las ventas para los autores.
A pesar de estas peticiones, Hachette ha dicho que no se pueden vender todos los libros al mismo precio —y que existen mercados y lectores para distintos tipos de libros— y también que las editoriales más grandes —Hachette es una de las cinco editoriales más grandes del mundo, con ingresos de $14.000 millones al año— deben tener un trato distinto en la oferta literaria. A Amazon esa idea no le suena: recordando su misión de igualdad en la red —algo que, por cierto, sigue siendo todavía una utopía—, sus directivas piden que las ganancias para cada autor sean del 35% —normalmente, en el negocio de los libros físicos, la editorial se lleva el 70% de la venta y de allí reparte a sus autores— y que los precios de los libros se regulen todos a US$9,99.
La Comisión Europea, que también revista los términos de las prácticas antimonopolio, se ha pronunciado de manera algo pueril: dice que está “tratando de entender” lo que sucede. Algunos meses atrás, Apple fue demandada por el gobierno estadounidense luego de que se comprobara que se había unido con grandes editoriales para aumentar y manipular los precios de los libros electrónicos. Hachette estaba en esa lucha y se retiró, sin aceptar cargos y acordando una conciliación monetaria con el Estado. Esa lucha, quizá, ha sentado un precedente en el mundo de los libros electrónicos y defina en parte este nuevo enfrentamiento. Amazon parece, sin embargo, no moverse de su sitio: aunque las ventas de libros significan menos del 10% de sus activos, la empresa ha asegurado que ese es uno de sus bienes más preciados. Hachette dice que los libros, como pretende Amazon, no deben ser tratados como “las películas o los juegos de video”. A finales de esta semana, de acuerdo con el diario New York Times, los autores enviarán una nueva solicitud, basada en estudios de expertos en la ley antimonopolio, para entablar una discusión ante el Departamento de Justicia. La gran cuestión parece muy simple: ni el derecho, ni el mercado, ni las editoriales, ni los distribuidores conocen todavía los términos en que esta pelea debe ser fallada.