Fue el abrazo del desgarro. Un abrazo que no tuvo palabras porque no las necesitaba, un abrazo de dos seres rotos. Tal vez Diego Maradona le deslizó un susurro a su hija Dalma, nada más que eso. Nada menos que eso. Tal vez le dijo “me quiero morir” y ella se atragantó de lágrimas. Ahí estaban los dos. Desolados, solos a pesar de los cientos de periodistas y directivos que pasaban a su lado por aquel pasillo; abandonados por la vida pese a que, entre tantos otros, Joachim Low (el técnico de Alemania) daba vueltas y vueltas a su alrededor aguardando a que se separaran para decirle a Maradona cualquier cosa que lo reanimara. Fueron cinco o 10 eternos minutos. Una vida.
En una mano Maradona llevaba y apretaba el rosario en el que había depositado sus ilusiones desde el primer día de la Copa del Mundo de Sudáfrica, dos años atrás. A su vestido, el traje gris que no mandó a lavar en un mes porque el jabón podía arruinar la buena fortuna, se le notaban algunas manchas y arrugas. Sus zapatos se veían opacos. Las cámaras grababan el abrazo. Acercaban y alejaban el rostro demacrado de aquel hombre que en ese instante sólo era eso, sólo fue eso, un hombre. Su barba, teñida de canas, prolija, con aires de Orson Welles, había sido por vez primera en su vida la barba de la buena suerte. Antes, muchos años atrás, sus peores días habían estado envueltos en otras barbas.
Se la dejó en la Copa del 82, cuando lo expulsaron en el último partido contra Brasil. Y las cámaras, siempre las cámaras, lo mostraron cabizbajo, humillado, perdido después de la derrota. Se la dejó 10 años más tarde, cuando la policía de Buenos Aires lo detuvo en un apartamento del barrio de Caballito, drogado, huidizo, la mirada transparente, los pasos débiles. Se la volvió a dejar en decenas de otras ocasiones, cuando la vida lo desbordaba y no le hallaba la vuelta. Y repitió antes de la Copa del 2010. Así, ganó en el debut ante Nigeria. Así, revirtió las antiguas críticas porque no sabía a qué jugaba ni cómo, y, de su mano, Argentina se transformó en “la mayor alegría del torneo”, como escribió un día The New York Times.
Dalma Nerea, su hija mayor, llevaba aún el gorro tejido con el que se había paseado por Sudáfrica desde el primer día, la misma blusa de los últimos partidos, los mismos zapatos, las gafas oscuras ahora colgadas del cuello, la mochila. Dos horas antes, se había apostado en la tribuna del Green Point de Ciudad del Cabo y repitió, sagrados, los ritos que a ella, a su padre y su hermana, Giannina, y a su país, los iban a llevar a la final del Mundial. Ropa, llamadas, palabras, bebidas, todo infinito, reiterado, santo y calcado. Cuando el 0-4 de los alemanes estaba consumado, bajó para consolar a Maradona. Sabía, más que nadie en el mundo, que aquel D10s inmortal estaba muriendo. Lo supo casi desde que era apenas una niña, porque si hubo alguien que murió y resucitó una y mil veces, ese fue su padre. En las canchas, en los juzgados, en la vida y en una clínica. Ella lo vivió y lo sufrió desde que nació, en 1987.
Una noche, tendría siete u ocho años, le preguntó después de ver sus goles ante Inglaterra en México-86: “Papá, ¿algún día vas a jugar como en los videos?”. Una tarde se metió con su hermana en una caja de regalo que Maradona recibió antes de un partido, en pleno estadio de Boca Juniors. Lloró. Lloraron los tres. Luego, muy luego, él les dijo que no había podido ni tocar la pelota en todo el juego. Un mediodía, el mediodía del sábado 10 de noviembre de 2001, Maradona tomó de la mano a su hija Dalma, se subió con ella en un tarima, de nuevo en la Bombonera, y anunció que se iba del fútbol. Que se había equivocado mil veces, que había fallado y lo había pagado, pero que la pelota no se manchaba.
Entre días, noches y mediodías, Maradona se drogó. Peleó. Viajó. Cayó. Se levantó. Se tatuó los nombres de sus hijas en los brazos y juró por ellas que saldría. Juró por la vida que no moriría más. Fue centro de polémicas, de homenajes, de críticas y aplausos, de odios y amores. Manu Chao le escribió una canción. Andrés Calamaro otra. Kusturica hizo un documental sobre su vida. Rubén Zorzoli escribió el libro La mano de Dios, y otros 20 periodistas publicaron otros tantos libros sobre él. Incluso él mismo escribió uno, Yo soy el Diego. Un anónimo desterrado se pintó con acuarelas el dorso y le pidió que lo tocara con su mano, con la mano de Dios. Luego se hizo un tatuaje. Otro anónimo fue padre de unas mellizas. Las bautizó Mara y Dona. Un grupo de fanáticos fundó una iglesia a su alrededor, la Iglesia maradoniana.
El mundo continuó su marcha. Con él, sus mitos y leyendas. Con sus hijas en el centro de la escena y con Dalma Maradona en un escenario actuando como La hija de Dios. “El título es una ironía. Yo nunca me creí que soy la hija de Dios, sino la hija de mi papá”, dijo antes de salir al teatro SHA de Buenos Aires por vez primera. Entonces comenzó con su monólogo, por momentos desfachatada, por momentos seria y profunda, por momentos triste. Y 25 años fueron 90 minutos.