“Todo se ha acabado y nos estamos retirando / Nunca pensé que nos vencerían / Toda la sangre está en mis manos / Los miles de muertos gracias a mi plan / Soy responsable, es toda mi culpa / Pensé que éramos invencibles / Después de todo, ¿será esta la voluntad de Dios?”. General Edward Lee, jefe de los ejércitos confederados.
Buena parte de los personajes que pueblan los discos de Iced Earth suelen habitar un estado del alma en el que hay un debate constante entre la divinidad, la culpa y la duda. Criaturas que representan su papel en un juego que, aunque vital, parece resultarles ajeno, acaso lejano, como hormigas en un frasco. Y al frasco le está entrando agua.
Sin importar su dimensión histórica, si acaso fueron reales, o el alcance de sus poderes, la música de Iced Earth araña las paredes de un pozo hondo para entregar un panorama de la condición humana en el que la fuerza dominante es la violencia y el único resultado posible es la derrota.
En el agua del mismo frasco se ahogan Napoleón, el general Lee, el conde Vlad Tepes, el Fantasma de la Ópera o Spawn, personaje de cómic creado por Todd McFarlane y que dio pie a todo un álbum de la banda en el que un humano es convertido en un ser mitad vivo, mitad muerto y debe guiar las legiones del mal cuando asalten la Tierra. “Soy tu padre, destructor de la luz / He tomado tu alma y así te he dado vida / Maldito, condenado por mi mano / Mi hijo, criatura de la noche”. Spawn se niega a cumplir su misión y su condena es la eternidad. “Señor, elevo mis puños ante ti / ¿No me dejarás morir? / ¿No he sufrido lo suficiente? / Sin paz, sin vida en el más allá”.
Sin ser un culto, aunque sí con seguidores, la banda ha escrito algo así como su propia mitología, su versión de la vida, el universo y todo lo demás. La saga es contada a través de dos discos (Framing Armageddon, de 2007, y The Crucible of Man, 2008), aunque las líneas originales de esta historia se encuentran en tres canciones de Something Wicked this Way Comes (1998). “Yo caminaré por la Tierra un día más / El malévolo que viene por este camino / Salvador de los míos, demonio para otros / La humanidad cae, algo retorcido se aproxima”.
La criatura de la que habla el texto es Set Abominae, una especie de vengador de la humanidad: no para vengarla, sino para vengarse de ella. En esta historia no hay final feliz. El hombre es un animal condenado, un experimento fracasado, en palabras de alguien sabio. En esta versión del mundo, las religiones son distracciones creadas por la raza de Set Abominae, empeñada en exterminar a la especie, como quien arranca la maleza del jardín.
Lejos del satanismo, lejos de cualquier fanatismo, esta cosmogonía cantada a través del metal vuelve a lo mismo, perder y desaparecer; obsesiones vitales porque, en últimas, toda historia acaba con un adiós y un muerto.
El hombre debajo del andamiaje, quien tensa y guía las líneas de la nave, es John Schaffer, miembro fundador de la banda y único sobreviviente de la alineación original. Más que un esfuerzo colectivo, aunque también hay algo de esto, Iced Earth es una entidad imposible de disociar de Schaffer: guitarrista, vocalista ocasional, compositor, productor, creador de Set Abominae y libretista para las apariciones musicales del general Lee o Napoleón, quien cantó en Waterloo: “De todas las guerras que he luchado / Por la grandeza de mi nación / Seré recordado por esta / Desde ahora y hasta el final del tiempo / Si la victoria se arruina / He de morir en la pobreza / Al final la ironía / Ha jugado la mano más cruel”.
Con más de 15 miembros que han pasado por sus filas, Iced Earth es una banda con reservas suficientes como para nutrir una pequeña milicia.
Sería un ejército obsesionado con la historia tan sólo porque Schaffer está obsesionado con la historia. Durante algún tiempo fue dueño de una tienda de artículos históricos en Florida, Estados Unidos.
En varias entrevistas ha asegurado que la historia es quizá la materia más importante de toda la educación escolar y cita de tanto en tanto a Thomas Jefferson o a George Washington. Claro, es un apasionado de la historia estadounidense y por eso The Glorious Burden (álbum de 2004) se sumerge en buena parte en el fango y la sangre de la batalla de Gettysburg.
Un hombre político, la pasión de Schaffer era compartida en parte por Matthew Barlow, uno de los cantantes de la banda que más han permanecido y quien, sin duda, ha dejado la huella más grande. Su voz es el alma detrás de discos como Horror Show, Dark Saga y Something Wicked this Way Comes. Barlow ha cantando a Damián y Spawn y con un lamento crudo y pleno de dolor ha sido Drácula cuando dice: “Hay cosas mucho peores que la muerte reservadas para el hombre / Ven y prueba lo que he visto / Estoy esparciendo mi enfermedad / Me alimentaré de sus preciosos hijos / La raza humana sangrará y servirá a mis necesidades”.
Barlow abandonó el grupo entre 2003 y 2007 para convertirse en agente de Policía luego de los atentados del 9/11. Años después, con las mentiras de la administración Bush detrás, regresó para un disco más (The Crucible of Man) y partió de nuevo, al parecer para siempre.
Sin demeritar el nivel de álbumes como Dystopia (en el que se oye al cantante actual, Stu Block), la época más grande de Iced Earth llegó de la mano de la combinación Schaffer-Barlow, un tiempo en el que la banda se dio el lujo de explorar los alcances de la melodía y la construcción lírica sin necesidad de atarse a las fórmulas clásicas de algo que debe sonar a metal. Sin el oportunismo deliberado de los coros o los solos de guitarra, su música logró alcanzar profundidades suficientes para quemar en una hoguera a los ídolos y los líderes porque, como dice un postulado eterno, “hombre no es el ser que fortuitamente fracasa, que casualmente no logra; el hombre es el ser que no logra; ser hombre es no lograr”.