Lo atacaron con palos y piedras, derrumbaron la estatua con su rostro que la municipalidad erigió en el parque central, lo golpearon e insultaron, pero más que los golpes y las heridas y la sangre, lo que le dolió fue que le hubieran lanzado a la cara el libro en el que ellos aparecían, el libro de sus vidas, que era su libro también. Creyeron que así borrarían sus pasados, sus negros, mentirosos y tristes pasados. Sus sombras y aquellas conversaciones que pretendieron ocultar durante décadas. Sus infidelidades, sus trampas, alguno que otro crimen, alguno que otro hijo no reconocido. Pecados, misterios, secretos, perversiones. En últimas, el lado oculto de la condición humana. (Lea también: El misterioso Apichatpong)
Fue por ahí por donde comenzó la tragedia, por el lado oculto de sus vidas. Y fue con ellos y por ellos, no por él, un simple escritor y nada más que un escritor que recordó, recolectó y plasmó aquello que durante más de 20 años ellos hicieron y dijeron. Su novia de adolescencia, Irene, quien jamás lo pudo olvidar y para tratar de hacerlo se casó con su amigo, y su amigo de infancia, que nunca pudo superar el amor de ella y se consumió en los celos, en veintitantos años de celos, y jugó a ser su amigo cuando lo vio de nuevo en el pueblo, y lo invitó a su casa, y compartió whiskys con él y al final acabó disparándole en una absurda cacería de chanchitos.
La hija de ellos dos, que desesperada por salir de aquel pueblo se le metió al cuarto del hotel y lo desnudó y lo besó sin decirle quién era, para luego contarles a sus papás que él, su amigo, Daniel Montavani, la había seducido y otras cosas. El señor Florencio Romero, presidente de una asociación de artistas que él mismo se inventó para promoverse a sí mismo y ganar los premios que él organizaba, y quien podrido de la envidia se dedicó a perseguirlo. El hablador, que quiso creer que estaba en sus libros y lo invitó a cenar una y cien veces. El alcalde, que lo llevó y lo usó para ganar votos, pues al fin y al cabo Montavani era y sería el único premio nobel de aquel pueblo.
Y el pueblo, Salas, refundido al sur, muy al sur de la Argentina. Olvidado por los demás y olvidado por sus mismos ciudadanos, que nacían y morían allí viviendo o muriendo del hastío, del repetirse, del no ser capaces de largarse y aventurar, un pueblo que, como cantaba Serrat, “bajo un cielo que a fuerza de no ver nunca el mar se olvidó de llorar”. El pueblo del que él se fue apenas cumplidos los veinte años porque allí no tenía con quién hablar ni a quién mirar y al que no regresó en casi cuarenta años más. Cuando lo hizo, ya había ganado el premio Nobel, y lo hizo para recordar a sus padres muertos, para encontrar sus orígenes, por curiosidad, y para volver canceló decenas de citas y de entrevistas, la agenda de un nobel.
En Salas lo nombraron ciudadano ilustre. El ciudadano ilustre. Él sonrió, y lo que debió haber sido homenaje y fiesta fue drama y caos, porque los personajes de sus libros, seres de carne y hueso, prefirieron la violencia a la crítica. No les importó actuar como actuaron, sino que alguien, él, los describiera y escribiera. No estuvieron a la altura que les ofreció al volverlos personajes de un libro y, por lo tanto, inmortales. Eligieron quedarse en el egoísmo de sus conveniencias, que era borrar y olvidar, y pasaron por alto la literatura, que era, es, lo verdaderamente importante del asunto. Ignoraron que, como había dicho Montavani en su discurso como nuevo premio nobel, el escritor debe sacudir.
Omitieron el detalle de que llegaría el día en el que Irene, por ejemplo, dejaría de ser Irene, una simple mujer de tono medio, para convertirse en un personaje eterno, una Madame Bovary, por decir algo. Sería más la mujer de los cómplices silencios amedrentada por el poder de un hombre, por los miles de años de sometimiento, como surgía en las novelas, que la energúmena vanidosa que le tiró la puerta en la cara luego de varios años de mutuos olvidos. Ella no comprendió la altura en la que la puso Montavani, el pedestal que le construyó. Luego permitió que su marido se llevara su amor a aquella cacería, y no previó que aquella cacería se transformara en un atentado por la espalda.