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La medicina de Wilder

El ejercicio de la medicina obliga al rigor y al método supuestamente: el juramento hipocrático define su ética para ciertos médicos según la cuenta bancaria.

15 de enero de 2009 - 06:00 p. m.
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En términos de cinefilia es útil para hacer del ojo un bisturí que sepa dónde cortar las imágenes de la pantalla y hacerles una cirugía precisa.

Microbiólogo, epidemiólogo y director científico de la Clínica Cardiovascular Santa María de Medellín, Juan Carlos González sucumbió, a principios de los años 90, al virus del cine. Desde entonces decidió alternar sus prácticas alopáticas con el tratamiento de una enfermedad crónica que sólo puede aliviar escribiendo sobre películas en trance crítico.

Publicó una biografía sobre François Truffaut y la Universidad de Antioquia, para prolongar su colección de literatura cinematográfica —en la que pueden leerse los tomos que recopilan las críticas de Luis Alberto Álvarez y Orlando Mora—, lanzó su segundo libro, Elogio de lo imperfecto. El cine de Billy Wilder (2008), un volumen con el aire del diario que lleva un espectador para registrar sus impresiones acerca de uno de los tantos maestros que legó Hollywood para el futuro.

Elogio de lo imperfecto es un título útil a la parodia, la evocación y el homenaje: parodia el Nadie es perfecto de Charlotte Chandler y el libro que tituló con la misma frase Hellmuth Karasek sobre la obra y la vida que hace parte de la obra de Wilder; evoca el parlamento final del filme donde el sexo es la estrella, Some like it hot (Wilder, 1959), cuando un Jack Lemmon travesti le confiesa que no puede tener hijos a su amante rijoso y bocón, Joe Brown, para que un Lemmon agridulce escuche su réplica terca: “Nadie es perfecto”; también es un homenaje al director que quiso ser escritor pero decidió filmar sus guiones ya que, como nadie es perfecto, es preferible asumir los errores personales para evitar los ajenos.

Antes de que González soñara con su homenaje, el libro ya estaba escrito. Por los biógrafos de Wilder; por otro artista de la cámara, Cameron Crowe, quien entrevistó a Wilder y registró sus encuentros en un libro tan entrañable como esencial Conversations with Wilder; en la multiplicación de los textos que giran alrededor del hijo talentoso de otro director, Ernst Lubitsch, colaborando en el tiempo para que sus testimonios nutrieran las notas de González, organizadas en un recorrido que empieza cuando Wilder nace en 1906; crece en Austria, Francia y Estados Unidos; se reproduce con sus películas realizadas durante una vida prodigiosa desde principios de los años 30 hasta principios de los 80, cuando llegó el final del cine para él, terminándose la historia con el telón de la muerte que cayó en la cifra capicúa del año 2002.

La suma de los artículos que componen el libro da como resultado un manual de exploración para recorrer el Mundo Wilder. Describe cada película, acompañada por su reseña y su ficha técnica. El crítico en acción inspirado por un director al que quiere celebrar y sobre el que lee y relee para ofrecerle al lector de su elogio el material ordenado de la bibliografía consultada; un fantasma que brilla en la oscuridad como la diva del cine mudo, Norma Desmond, defendiendo su vida ante el cine sonoro cuando dice en Sunset Boulevard (Wilder, 1950): “¡Soy grande! ¡Son las películas las que son pequeñas!”.

Una grandeza que honra al director elogiado y que Juan Carlos González podría recetar como un remedio efectivo para sus pacientes; para que puedan decir como el fantasma citado al final del libro: “Me gustaría morir a los 104 años, completamente sano, asesinado por un marido que me acabara de pillar, in fraganti, con su joven esposa”.

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