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La «moralidad retorcida» de Colombia

En su temporada internacional de 2011, el Royal Court Theatre de Londres incluyó, por primera vez en sus 55 años de existencia, la obra de un colombiano: ‘Our private life’, de Pedro Miguel Rozo.

17 de marzo de 2011 - 05:00 p. m.
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Cuando el Royal Court Theatre anunció entre sus presentaciones la obra Our private life (Nuestras vidas privadas), pocos espectadores sabían que, con este trabajo, el dramaturgo Pedro Miguel Rozo estaba escribiendo un pedacito en la historia del teatro: del ramillete de obras que se han erigido sobre las tablas de este legendario lugar, ésta ha sido hasta ahora la única escrita por un colombiano. La primera función fue el viernes 11 de febrero a las 8 de la noche. Una semana más tarde, la recepcionista del teatro repetía una y otra vez a quienes llegaban a preguntar que ya no había tiquetes de entrada.

“Las boletas se agotaron porque Colin Morgan publicó en Twitter y Facebook sobre la obra y dijo que él iba a estar en ella”, manifiestan casi al tiempo Pedro Rozo y Simon Scardifield, el inglés que tradujo los textos de Rozo. Morgan es conocido en el Reino Unido por su papel del mago Merlín en un programa de la BBC; la puesta en escena de Our private life, sin embargo, mostró con creces que los méritos no eran solamente de la publicidad generada por el actor de un show infantil. Como decía el crítico teatral de The Guardian, Michael Billington, una de las virtudes del Royal Court Theatre es que con su temporada de dramaturgos internacionales trae de paso noticias de afuera.

Usando el lenguaje de las tablas, Rozo trajo noticias de un país del que muchos ingleses no saben más que el nombre.

Al abrirse el telón, era imposible no sentirse observando una casa de un pueblo, tal como dice la obra. De vez en cuando se oían en el aire palabras como “sancocho” o “mondongo”, a las cuales Scardifield no les encontró traducción. Asimismo, la utilería fue minuciosamente escogida para impregnar con credibilidad la puesta en escena: se veía en el mantel plástico de flores, en los baldosines amarillos de la cocina, en los pocillos colgando en la pared. Los actores, de igual forma, eran colombianos por su aspecto y por sus ropas, hasta que abrían la boca, pronunciaban cualquier palabra y de nuevo se hacía evidente que todo estaba ocurriendo en Inglaterra y no en Colombia.

De todos esos detalles se encargó Lindsey Turner, la directora, quien viajó a Bogotá y el Eje Cafetero. Su propósito era entender la cultura sobre la cual Pedro Rozo estaba escribiendo. “Quería ser testigo de primera mano de las diferencias en etiqueta, relaciones familiares, jerarquías sociales y actitudes frente al dinero, el éxito y las mujeres”, le explicó a este diario. Y agregó: “Me encantó Colombia, su gente, su hospitalidad, su ambiente. Me golpeó ese choque entre la nostalgia del pasado y la pavorosa americanización, no esperaba ver figuras de hombres de nieve en Navidad en un país donde no nieva. De eso, básicamente, se trata la obra de Pedro: del balance entre el deseo de regresar al campo y la necesidad de sentir el progreso y el cambio”.

El trabajo de Rozo no llegó a un teatro cualquiera. En la trayectoria del Royal Court Theatre se encierra una fracción del espíritu de Londres. Desde sus inicios en los años 50 esta casa ha perseguido a nuevos escritores de Inglaterra y del extranjero, escritores desafiantes de un país que en ese entonces alababa el pudor y el costumbrismo en exceso, o de un mundo enfrascado en tantas otras nimiedades. En los 60, el Royal  Court Theatre peleó durante casi una década con la oficina de Lord Chamberlain, entidad del gobierno que censuró varias de sus producciones, hasta que ésta fue abolida en 1968. John Osborne y Caryl Churchill se hicieron leyendas en estos escenarios.

El New York Times lo llamó el teatro más importante de Europa y todos sus directores artísticos, con la delicadeza de un sastre, han escogido siempre escritores que representen el alma del teatro: contundencia y cero compromisos.

Our private life nació en 2004, cuando el Royal Court Theatre realizó un taller con escritores latinoamericanos en Bogotá. Empezó como una idea que desarrolló Rozo en español y que Simon Scardifield iba traduciendo con paciencia. Lindsey Turney hacía las veces de tutora. Un campesino, su esposa con ganas de dejar el campo atrás, su hijo mayor, administrador del nuevo centro comercial del pueblo, su hijo menor, homosexual y bipoloar, y un psiquiatra con ganas de cambiar su camioneta; esos fueron los personajes que Rozo creó para transmitir una realidad colombiana que él percibe como constante: “Con nuestra homofobia supuestamente superada y nuestros nuevos centros comerciales, la gente cree que llegó el progreso, pero es un progreso de mentiras. Cambiamos el vestido, pero la piel sigue siendo vieja. Esta obra es una crítica a cómo la corrupción y la impunidad se volvieron nuestro sistema social”.

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Como “una nueva comedia negra sobre la moralidad retorcida establecida en la Colombia actual” fue anunciada la obra de Rozo al público londinense. El valor de este montaje, sin embargo, radica en que habla un idioma universal. “Esas personas de clase media colombiana hubieran podido ser perfectamente personas de la clase media inglesa”, expresó un espectador al terminar de ver la obra.  “Uno de los aspectos más intrigantes de Our private life es cómo se ve tan extrañamente reconocible”, anotó el crítico del diario The Telegraph Dominic Cavendish. Dicho de ese modo, parecería que para los ingleses nada es más distante que los colombianos. Dicho de otro modo, Pedro Rozo quiso mostrarles lo contrario.

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