La Guerra de los Mil Días despidió al siglo XIX y saludó al XX en Colombia. El rumbo de la masacre decidió la vida y la muerte en la geografía del Sagrado Corazón de Jesús. Nuestro primer largometraje filmó en cámara ardiente a Rafael Uribe Uribe. Su magnicidio fue el tema narrado en El drama del 15 de octubre (Di Doménico, 1915). Recordaba cómo murió el general un año antes en la realidad y un año después en la recreación de los hechos.
El aroma de un aire fúnebre se empezaría a respirar en los teatros de cine. Compitiendo con las sabias virtudes de la terapia emocional que brindan los melodramas y con las adaptaciones de clásicos literarios a la pantalla, la violencia nos definió en la historia y la ficción.
El folclor, la picaresca, el humor se vieron ensombrecidos por el rigor de la muerte. Su amenaza era inquietante. Los realizadores insistieron en brindar argumentos que enfocaran a nuestros demonios.
“¡Mataron a Gaitán!”. El grito que se escuchó durante el 9 de abril de 1948 parecía infatigable. Se filtró entre las imágenes logradas con base en el fuego cruzado por bandos contrarios. Explicaba cómo y por qué el exterminio ha sido frecuente. Con personajes cambiantes pero un mismo resultado: el asesino como protagonista.
Ante la confusión, la explicación. De distintas maneras y en distintas épocas. Regresando con la cámara a los años 50; tratando de comprender los misterios de la mafia, de sus sicarios y del poder como sinónimo de corrupción; describiendo el estilo nacional para acabar con el prójimo; demostrando que hemos vivido en los términos que imponen dos géneros cinematográficos: el policíaco y el terror.
Los comentarios de espectadores cómodos o autocomplacientes asombran: “¿Para qué veo la película si tengo los noticieros?”; “No hay diferencia entre el cine colombiano y lo que sucede en las calles”; “¿Más cine que el de nuestra cotidianidad?”.
Tres opiniones distintas que empobrecen el juicio desde el prejuicio. Otros hacen la tarea: los críticos, el público que se interesa cada vez más, los directores que entienden de qué manera ver a los otros es como verse a uno mismo –y al contrario: entendiendo que no ver a los demás es igual a no verse a sí mismo.
Se trata simplemente de películas. Maduramos con ellas, aceptándolas o rechazándolas. Analizando los motivos de la mortandad en nuestras imágenes. Evitando la ingenuidad para comprender mejor el material del que está hecho un país que en su escudo simboliza la riqueza y la predestinación a la que nos sometió el cóndor, el buitre mayor que despliega sus alas, con su cabeza girando hacia la derecha, una corona de laurel en su pico y en sus garras un emblema dudoso según quién lo esgrima y en contra de quién: Libertad y Orden.
No es gratuito que se mate tanto en el cine nacional y que matar canse tanto. Colombia no es Disneylandia. La preocupación por la imagen al otro lado de la frontera quisiera enseñar una tarjeta postal. Antes que la vergüenza y sus complejos que agobian, hay que recurrir al ejercicio moral de la inteligencia. Nuestras películas nos descifran. Puede que no sean gratas o que impidan –afortunadamente– el olvido ante nuestras miserias. Somos personajes de distintos guiones filmados sobre el abismo. Donde nos equilibramos perdiendo nuestra inocencia –es decir, nuestra ignorancia–. Quizás algún día cambie el tono. ¿Otro espejismo semejante al cine? No es del todo imposible. Mientras tanto, la cámara ardiente continúa filmando.