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La noche asiática en el Festival de Artes Escénicas

El segundo día del festival estuvo adornado por la cultura de Oriente, teniendo dos escenarios principales donde se llevaron a cabo los contenidos del evento.

29 de marzo de 2014 - 10:41 a. m.
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El Baluarte de las Bóvedas, uno de los principales estandartes de la resistencia heroica de la capital de Bolívar en épocas de la colonia, fue el espacio donde un grupo de estudiantes cartageneros, provenientes de tres escuelas de danza afro contemporánea: ‘El colegio del cuerpo’, ‘Atabaques’ y ‘Permanencias’, mostraron el resultado de arduas jornadas de trabajo con el Maestro japonés Ko Murobushi.

Murobushi, quien confirmó a El Espectador que abandonará este arte que le ha permitido el reconocimiento internacional, comandó el colectivo de jóvenes quienes, en compañía de Arhiro Yamada, pupilo del Maestro, conmovieron al público que se asentaba sobre las murallas con la emotividad de la Danza Butoh, un arte poco habitual en el país.

La danza Butoh es uno de los elementos de quiebre fundamentales en una cultura japonesa reconocida por la conservación de sus milenarias tradiciones. El Butoh surgió en tierras niponas luego de la Segunda Guerra Mundial y los desoladores escenarios que dejaron las bombas en los territorios y cuerpos de Japón, en primera instancia desarrollada por Tatsumi Hijikata, controversial artista que se convertiría posteriormente en tutor y adiestrador de Ko Murobushi.

De vuelta en el baluarte Murobushi contempla el grupo que se contorsiona luchando, como describe Arhiro Yamada, contra la mente, los estereotipos, los deseos y contra toda convención social. El maestro grita en inglés para que sus estudiantes saluden, y estos responden inmediatamente con el movimiento de la mano derecha que sobresale del nudo de extremidades en el que se han convertido los danzantes.

Ko sonríe y pide más volumen para la música que acompaña a los bailarines, evoca sonidos de animales que, ipso facto, son replicados por sus alumnos, sonríe nuevamente y el sol comienza a perderse entre las aguas del Caribe y los cuerpos del Butoh que se debaten entre leves movimientos y la frenética actividad liberadora que los lleva una y otra vez al polvoriento suelo de la muralla.

Terminada la demostración, el primero en ovacionar a los intérpretes es precisamente su maestro, que grita y aplaude a medida que los turistas van uniéndose al palmoteo, los alumnos comparten entre risas y abrazos con el sensei, cuya actitud demuestra gran complacencia con el logro de los nuevos aprendices que han fusionado, cuando la noche comienza a tenderse encima de las palmeras dobladas por el viento, la cultura de la danza caribe contemporánea con su contraparte en la Isla de Oriente.

La demostración de Butoh en el Baluarte de las Bóvedas fue la antesala de una noche llena de Oriente y contemporaneidad. El siguiente escenario en el segundo día del festival fue el Teatro Adolfo Mejía, en pleno centro histórico. La encargada de abrir la velada en las tablas cartageneras fue la citarista china Zhang Di, experta en el Guzheng o cítara pulsada, un instrumento tradicional en la música del gigante asiático que, entre los arpegios y trinos creados por Zhang, permitió al público cartagenero saber a qué suena Asia.

El siguiente acto estuvo a cargo del mexicano Rafael Carlin y su compañía, presentando ‘Los que sueñan’, un espectáculo de múltiples momentos caracterizado por la habilidad de los ejecutantes en la danza contemporánea, la cual, mezclada con la escenografía y los apoyos audiovisuales se convirtió en una extensa presentación teatral sobre el sueño y sus múltiples parajes.

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El paisaje onírico continuó como parte fundamental del siguiente performance en el Teatro Adolfo Mejía, donde la colombiana Brenda Polo, en compañía de una compleja mezcla en vivo de música electrónica contemporánea, le enseñó a Cartagena el aprendizaje que le ha representado su trabajo junto al Maestro Ko y los 13 años de investigación, en los cuales se ha preguntado por el sueño lúcido y los paisajes «imaginados» que forman parte de la psiquis inconsciente de los seres humanos.

La clausura de la noche corrió por cuenta del mismo maestro alegre, disciplinado y emotivo que hacía unas horas contemplaba en las murallas el trabajo de sus estudiantes. El máximo cultor de la Danza Butoh en la actualidad, el mismo que contó que esta será una de sus últimas presentaciones, porque el mundo está poblado de japonismo, porque su labor está completa, porque siente que ya ha sido suficiente.

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Con un rostro completamente inexpresivo y la piel cubierta de pintura plateada, las tablas del Adolfo Mejía rozaron todas las extremidades de Muborushi, quien, entre gritos, clamaba por música y luchaba contra su mente y su cuerpo que poco a poco iba convirtiéndose en una efigie, una escultura humana llena de nostalgia. Ko golpeada el suelo con el vientre, con su espalda y sus piernas mientras en la oscuridad los espectadores permanecían atónitos ante el espectáculo de dolor y realidad que encontraban ante sí.

Al final el maestro saludó al público que lo ovacionaba de pie frente a sus asientos, y el mismo ramo de flores que fue parte de su performance momentos antes se convirtió en una muestra de la reciprocidad afectiva entre el artista y sus interlocutores conmovidos por la magia oscura y silenciosa que acababan de presenciar.

 

koastska@hotmail.com
@lacostamalvada

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