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La peste de los buitres

Jacobo Montes se baña y se viste muy temprano –entre las seis y siete de la mañana- a la vez que oye en la radio de pilas noticias en las que el mundo, en medio de las buenas cosas, parece, todos los días, pender de un hilo.

08 de julio de 2017 - 06:00 p. m.
«Es un hombre joven, casi desnudo –sólo le cubre sus partes pudendas un roto calzoncillo- que está tirado a la bartola en el borde y a lo largo de la puerta. Y ahora…, murmura Jacobo.» / Archivo particular
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Ya estoy viejo, murmura, frente al espejo pequeño que está situado junto al baño, a la altura de su cara y sostenido por un clavo contra la pared, mientras se peina el abundante cabello aún negro, el bigote y la barba. “Como pasa el tiempo, caramba”, se dice, dándose palmaditas con ambas manos en su cara de piel ya sin lustre y de ojos aguados. Luego camina hacia su mesita escritorio a coger su maletín de cuero negro desgastado en los que siempre lleva sus libros, libretas, papeles y lapiceros de todos los colores. Jacobo apaga la radio en el momento en el que un político esquizofrénico que fue presidente, habla por enésima vez,  de cómo acabar con una guerra que no reconoce de ya más de 50 años en Colombia. “Se trata del exterminio de la guerrilla a plomo”, se dice Jacobo con la frente arrugada, la boca empuñada, negando con la cabeza  y sale de su amplio cuarto de la  añosa casa de paredes de madera y techo de zinc que heredó de sus padres; una casa  que comparte con cinco hermanos más con los que poco habla. Presuroso mete la llave en la ranura y abre la amplia puerta  y…

-¡Mierda! –dice-, un indigente.

Es un  hombre joven, casi desnudo –sólo le cubre sus partes pudendas un roto calzoncillo-  que está tirado a la bartola en el borde y a lo largo de la puerta. Y ahora…, murmura Jacobo. Duda si dar un saltito de perro viejo –Jacobo ya va para los 70 años- sin que toque   al indigente que debe medir 1 metro noventa o despertar ese armadijo  para que se pare y se vaya de la puerta de su casa. Jacobo piensa la decisión breves segundos y, sin estar seguro de que sea la mejor opción, se decide a dar el saltito de perro viejo. Retrocede tres, cuatro pasos y aspira aire y se lanza en una corta carrera y da el saltito y,  vemos que el zapato izquierdo da en el costillar pelado del  pordiosero que, como un resorte, se levanta con un afilado cuchillo en su mano derecha que tenía oculto en la espalda y mira con ojos turbios, confundido, dispuesto al combate,  al hombre que lo ha pisado.

-Respete mi cama y mi sueño, señor –dice.

Jacobo quiere enfrentar al hombre, pero sopesa su estatura, el cuchillo en la mano, su condición de indigente y, sin  ninguna duda, de drogadicto. Era mejor irse por las buenas: explica nervioso que tenía que salir de su casa y Tú estabas ahí atravesado y yo intenté saltar, pero no pude evitar tocarte.  El indigente entiende, afirma con la cabeza y baja el arma y mira ahora a Jacobo como un estorbo más de los que a diario tiene vivir en un mundo en donde él apesta y repugna.

-Déjeme cerrar la puerta –dice Jacobo, y  le extiende  varias monedas de doscientos pesos al indigente, que las acoge con una leve sonrisa que se parece a un gruñido. El hombre apestoso se aparta y Jacobo cierra la puerta con suavidad. Se da cuenta de que sus hermanos no han visto ni oído nada. “Siga durmiendo, señor”, se despide Jacobo, y ve que el hombre apestoso se inclina asintiendo. Lástima, porque se ve que es un hombre de buena catadura, piensa Jacobo y dobla la esquina próxima, con el alma de nuevo  en el cuerpo, pero tropieza con algo y se ve en segundos rodando a lo largo del corredor  de cemento. Desde el piso ve con rabia el obstáculo que lo ha hecho caer.

-Otro pordiosero, carajo –dice.

Ahora es una mujer que está arropada hasta el cuello con una sucia manta durmiendo en toda la esquina. Jacobo se para enardecido. “Maldita sea”, dice, y, acucioso,  se examina la mano derecha que se ha  raspado y ve que se ha ensuciado de tierra el pantalón y la camisa. Por ambos hechos quiere patear a la mujer, pero mucho más porque debía devolverse a la casa para cambiarse de ropa –Jacobo es muy escrupuloso en el vestir. “Dame paciencia, Dios”, dice, y no hace ninguna de las dos cosas, pues no sabe con qué acto ilustre (Montes goza de ser un hombre irónico) le va a salir la pordiosera y volver a la casa era tener que discutir, pelear con los cinco conflictivos hermanos, en los que siempre estaba de por medio la plata para las comidas diarias o el pago de la luz, el agua, el gas, la internet… Todos los días hay que pagar alguna vaina, murmura molesto y, apretando los dientes, enrumba sus pasos hacia la calle veintisiete con segunda y… ¡Otro pordiosero! Éste está recostado a la pared de una casa de dos pisos,  ya despierto.  Desde la distancia, le extiende la mano derecha, pero Jacobo se aparta un poco, dice, “Ya regalé las monedas que tenía, camarada”, y aguanta el aire en los pulmones para no respirar la hediondez.

Preocupado por tantos  pordioseros habitando en la ciudad, llega al Parque de Bolívar en medio del tráfico de carros y motos que tanto contaminan el ambiente con un escozor que le taladra las entrañas, porque -recuerda- una de esas escorias había degollado al viejo y decrepito padre León con un pedazo de vidrio en la propia iglesia no hacía más de dos años. Una vez en el interior del parque, al caminar, se queda pasmado: el parque amplio, arborizado está atiborrado de locos e indigentes en los que ya algunos están andando y otros duermen aquí y allá. Jacobo, por un momento cree, que todo lo que está viendo no es más que una pesadilla, por eso se palpa los brazos, se pellizca y se da cuenta que es él de verdad y no un sueño-pesadilla.

Entonces se acuerda de la obra Edipo Rey de Sófocles y la peste que subyace en esa tragedia que asola a Tebas, porque Edipo había matado a su padre, Layo,  y se había casado con su madre, Yocasta, cumpliéndose así el destino que los dioses griegos les tenían asignados a los hombres. Desolado, Jacobo mira la iglesia catedral que tiene  al frente y ve que mucha de la culpa de  nuestra peste está dentro de esa iglesia que sigue pensando y actuando de manera feudal; y también en las diferentes capas sociales –viejos amos, siervos y esclavos-, que en vez de quererse, ayudarse y comprenderse se detestan y se odian de manera solapada, como si aún estuviera vivo el rencor del pasado. No hemos podido dar el salto dialéctico de Hegel, murmura. Agobiado sale del parque y se dirige a una cafetería que queda una cuadra más allá de uno de los lados del espaldar de la iglesia, al frente del palacio episcopal que está resguardado por rejas y en los que parece que no habitara nadie.

Sin aliento se sienta en el fondo de la cafetería y pide un café de leche y dos buñuelos. Antes de que le llegue el servicio, Jacobo saca una libreta y un lapicero de tinta roja de su maletín y anota: “Dentro de poco habrá más locos, drogadictos y pordioseros que gente cuerda y normal. Como sociedad somos un fracaso; ahora entiendo a Tebas y su peste, aunque Edipo merecía ser exculpado, porque mató a su padre en un cruce de caminos sin saber que lo era y se casó con su madre, ignorante que ella era su progenitora. Qué argumento tan ingenioso y sibilino de Sófocles, o mejor: de los dioses transmitido a través del oráculo”. Hecha la anotación, Jacobo guarda la libreta y el lapicero y espera,  mirando a uno u otro lado, alguien con quien conversar sobre los indigentes, los locos, la peste, de política, de corrupción y, sobre todo, de literatura y de cine, pues conversar es lo que más le gusta. Como el maestro Sócrates en sus diálogos de la Atenas del siglo IV  antes de Cristo. Y Sócrates, además, nos da la posibilidad de la cicuta, piensa Jacobo. “Hay cicuta”, dice, para que lo oiga la mujer que ya le trae el servicio. “Cicuta”, dice la mujer, “aquí no se vende de eso”. “Consigan esa bebida”, dice Jacobo, “que yo la necesito”. La mujer   –de ojos negros y boca ampulosa- afirma con la cabeza y se va con un cacareo de gallina en los labios como si pensara que ese cliente habitual de la cafetería está medio chiflado. Cicuta, murmura Jacobo, y sus ojos se le nublan y se  ve envuelto en una nube de polvo que está a punto de cortarle su respiración de asmático y ahogarlo. Jacobo respira profundo, una, dos, tres veces y se da cuenta que respira de verdad. Madre, piensa y se estremece, me estoy volviendo loco.

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