El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La poeta que casi olvidamos

Homenaje a la poeta japonesa Kaneko Misuzu.

03 de noviembre de 2020 - 01:33 p. m.
Kaneko Misuzu nació en Senzaki-mura (Japón) en 1903. Vivió 27 años y escribió poesía en torno a su infancia.
Foto: Preservation Association of Misuzu Kaneko's Works.
PUBLICIDAD

La joven Teru sabía mirar el alma de las flores. Se sentaba frente a ellas, sin tocarlas, y buscaba los pequeños milagros que las habitaban: el rocío que son sus lágrimas, la abeja que es su diosa, el viento que se las lleva cuando ya están secas. Luego se convertía en la joven Misuzu y les escribía poemas en sus diarios de bolsillo: “incluso las cosas que no se ven, están ahí”. Kaneko Misuzu (Teru) había pasado su infancia en la librería de sus padres, leyendo especialmente a los autores que, se decía, eran para niños, tal vez porque en ellos encontraba la belleza de lo sencillo, la verdad de lo pequeño.

A los 20 años ya había escrito una extensa colección de poemas e incluso se los habían publicado en varias revistas. Sus editores y lectores la admiraban y decían que solo ella parecía ver descubrimientos en las pequeñas cosas: “El alma de las flores marchitas/ renace/ en el jardín de Buda”. Con sus palabras recordaba que todo tenía una vida y una personalidad bondadosa, con sus versos la poeta japonesa regresaba a su infancia: “Yo soy niña/ y soy pequeña/ pero mi corazón pequeño/ es grande. / Porque en él/ está mi madre, que es grande,/ y todavía caben otras cosas”.

Es posible leer los 512 poemas de Misuzu en «El alma de las flores», una edición con la traducción y selección de Yumi Hoshino y María José Ferrada.
Foto: Archivo Particular

Después llegó la tragedia. Fue casada con un hombre que no solo cerró la librería de su familia sino que le prohibió seguir escribiendo: “Qué larga/ puede ser una sombra”. Quizá lo hacía en silencio, pero desde entonces no volvió a publicar en vida. Tuvo una hija, a la que adoraba por encima de todo y a la que le preparaba bolitas de arroz, rellenas de pasta de frijol y envueltas en hojas de cerezo. Mientras tanto, el esposo de Misuzu visitaba prostíbulos y contrajo una enfermedad venérea que le contagió a la joven poeta. Ella no podía más. Pidió el divorcio y, como “castigo”, el hombre le quitó la custodia de su hija. No pudo más. Misuzu se suicidó antes de cumplir los 27 años y con ella parecían morir también sus poemas. Por fortuna su hermano los guardó y aunque no consiguió publicarlos por entonces, 1930, varias décadas después el poeta Setsuo Yazaki descubrió por azar los versos de Misuzu y buscó incansable el paradero de este hermano y de los 512 poemas que ella dejó escritos. En Colombia e Hispanoamérica es posible leerlos en El alma de las flores, una edición preciosa que hizo Satori con la traducción y selección de Yumi Hoshino y María José Ferrada.

Estoy segura de que cada vez que leamos uno de los versos de este libro estaremos llevándole el alma de una flor marchita a la memoria de Kaneko Misuzu para que su final no sea el triste final, sino esa sonrisa que dibuja con cada una de sus palabras: “Entonces, si sigo caminando/ me convertiré en una planta”.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias