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«La política está en mis huesos»

Falleció la escritora sudafricana Nadine Gordimer, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1991.

15 de julio de 2014 - 12:53 a. m.
La escritora y activista política falleció el domingo por la noche, a los 90 años, en su casa de Johannesburgo. / EFE
Foto: EFE - ALEJANDRO ERNESTO
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A sus quince años un periódico sudafricano publicó por primera vez uno de sus cuentos. Tiempo después, en 1953, se publicó su primera novela, The Lying Days, que se desarrolla en Springs, una pequeña ciudad cercana a Johannesburgo donde Nadine Gordimer pasó su infancia. The Lying Days es, de hecho, una novela semiautobiográfica sobre el despertar de la conciencia política de Helen, una joven blanca de clase media cuya vida transcurre en un lugar que soporta cotidianamente la problemática sudafricana de la división racial. “El hombre es el único animal con capacidad de observarse a sí mismo, y ha sido dotado con la dolorosa capacidad de haber querido siempre saber por qué”, dijo al recibir el Nobel de Literatura en 1991.

Tras The Lying Days, Gordimer publicó una docena de relatos cortos y más de quince novelas: La huella del viernes (1960), La hija de Burger (1979), Something Out There (1984), Un capricho de la naturaleza (1987), La historia de mi hijo (1990), Nadie que me acompañe (1994) y The Pickup (2001), entre otras.

Gordimer nació en 1923, en la localidad minera donde se desarrolla su primera novela, y fue la hija menor de una inglesa y un joyero judío lituano. Tanto Sudáfrica como América, a finales del siglo XIX y principios del XX, eran tierras de oportunidades para los europeos. Su familia no fue la excepción e hizo parte del fenómeno de expansión colonial. A causa del pogrom judío de ese entonces, su padre, que no había salido de Lituania ni hablaba una pizca de inglés, terminó viviendo en Sudáfrica arreglando relojes, como muchos judíos pobres que intentaban escapar de la violencia. Toda la historia es la del colonialismo, la persecución, la dominación. Y en el medio surgen personajes como Gordimer, que intentan luchar contra ella, desviar su curso.

La pequeña Nadine quería ser bailarina, pero tuvo que dejar la danza por una enfermedad cardíaca. Tras recurrentes e inexplicables desmayos, su madre la llevó al doctor y, al enterarse del mal que padecía su hija —un mal menor, en realidad—, fue al convento donde estudiaba y les dijo a las monjas que Nadine no podía hacer ningún tipo de actividad física. “Allí empezó la tragedia”, dijo en una entrevista para The Paris Review, pues tuvo que renunciar a una de sus grandes pasiones sólo porque su corazón latía más rápido que el de los demás.

Sudáfrica siempre fue su único y verdadero hogar. Allí se convirtió en una firme defensora de la abolición del apartheid y fue miembro del Congreso Nacional Africano (ANC) cuando la organización aún era ilegal. Como figura pública, y como sudafricana de raza blanca, sintió siempre la obligación de comprometerse absolutamente con la problemática social y política de su país. Por ello su literatura siempre habló de política —“la política está en mis huesos, mi sangre, mi cuerpo”, le dijo a El País de España—, habló de la opresión, la violencia, la discriminación y las consecuencias del apartheid en Sudáfrica, sin dejar de ser literatura. “Algunas personas dicen que me dieron el premio no por lo que he escrito, sino por mi política. Pero yo soy una escritora. Esa es mi razón para seguir con vida”, dijo al recibir el Nobel. Con él se convirtió, tras la alemana Nelly Sachs, en la primera mujer que lo recibía desde 1966.

Otra de sus luchas, otro de sus llamados ante el mundo, giraba en torno a la necesidad de combatir la pobreza a escala internacional, especialmente tras su nombramiento como embajadora de buena voluntad del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 1998. Pero antes de que la comunidad internacional la reconociera por su activismo, Gordimer se formó en letras en la Universidad Witwatersrand de Johannesburgo y recorrió África, Europa y Estados Unidos. En las universidades de Harvard y Princeton trabajó como profesora.

Un Premio Nobel de Literatura, más de cuatro premios literarios, 12 doctorados honoris causa de universidades como Yale, Harvard, Cambridge, Leuven y la de Ciudad del Cabo, miembro honorario de la Academia Americana de las Artes en 1978, embajadora de buena voluntad… No es que los premios y las distinciones digan cuánto vale quien los recibe o cuánto vale su obra. No se trata de sumar, de acumular. Eso no garantiza el éxito, ni la excelencia. Aun así, ser galardonado tantas veces no es gratuito. Una cosa no garantiza lo otro, pero eso primero no es mera casualidad.

Murió el domingo por la noche, junto a sus dos hijos, mientras dormía.

 

saramalagonllano@gmail.com

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