A falta del discurso en el podio de ganadores, porque el premio se lo llevó un libro mexicano, el instante en que la primera arepa de huevo sale de la paila de Ana Tulia Gómez funciona como momento cumbre. Junto a ella, y también vestida con traje típicamente costeño, está Bleys Rosso Castillo. El escenario es una cocina como de programa de televisión, con termómetros y balanzas digitales y espejos en el techo para mostrar la cocción de los alimentos. Junto a las dos colombianas están los estudiantes del Cordon Bleu, que les sirven de asistentes en su demostración de cocina frente un panel multiracial y multicultural de expertos que esperan degustar los productos que Ana Tulia preparó durante años en la Calle Real de Cartagena. Son los asistentes al Gourmand International Cookbook Awards, el evento anual en el que Edouard Cointreau, el gran gurú de los libros gastronómicos, reúne a la élite de autores, chefs y fotógrafos de un negocio que sólo en Estados Unidos mueve alrededor de US$1.000 millones anuales. “La agricultura del maíz se inventó para cosas como ésta. El principio es el mismo que el del bisi que nosotros preparamos, pero nunca le ponemos un huevo adentro”, dice Sahrap Soysal, autora turca y vedette de la culinaria en su país cuando prueba las arepas recién salidas. “La gente tiene una idea de la cocina turca o mexicana, que se han vuelto populares por todo el mundo. De la cocina colombiana no sabemos nada. Por eso la presencia de estas dos señoras es uno de los temas de los que más se habla en está edición del Cookbook Awards”. Mientras Ana Tulia cocina, el traductor al inglés hace lo que puede frente a expresiones como “carimañola” “escurrir en el colador” o “chuzar la arepa para ver si está blandita”. A la pregunta de un español sobre el secreto, ella va a contestar lo predecible: “El secreto es ponerle amor”. Eso en cuanto a los detalles espirituales. Los detalles prácticos de la preparación de la arepa de huevo de Ana Tulia, los de la sopa del “machucho” y los de otros 60 platos preparados por los habitantes de los barrios populares de Cartagena están contenidos en un libro de recetas escritas por ellos mismos, quienes hace unos meses no sabían ni siquiera escribir. Esa es la razón por la que Cointreau decidió invitarlas a su feria de París y gracias a la cual los bibliófilos gastronómicos franceses pudieron probar la arepa de huevo, que en el libro aparece como arepa con huevo y que un chef local define torpemente como “délicieuse galette aux œufs”. Bleys aprendió algunas frases para defenderse en el terreno de sus anfitriones. Ana Tulia lleva consigo una libreta en la que ha escrito algunas expresiones que, dice, debería haber aprendido de memoria. “Yo me llamo Ana Tulia. Me dicen Anatú. Nací en San Antonio, Sucre”. Allí también están los nombres y profesiones de sus tres hijos. Todos graduados de la universidad y todos, ella insiste, educados gracias a los fritos que vendía primero en la calle y luego en el primer piso de su casa. Desde allí veía la gente que, fuera de los horarios habituales, entraba a la escuela de enfrente. Le tomó un tiempo decidirse a pasar la calle para asistir al programa de alfabetización que se desarrolla entre la Fundación Transformemos y la Alcaldía de Cartagena, que ha logrado hasta ahora graduar 25.000 adultos. “No habría habido libro sin Rodolfo Ardila y Judith Pinedo”, dice Ana Tulia, refiriéndose al director del proyecto y a la alcaldesa de la ciudad, quien luego de una serie de mandatarios marcados por la corrupción parece ponerse al día con la deuda social hacia “la otra Cartagena”. “Ella ha dicho que quiere que Cartagena sea la primera capital de Colombia declarada libre de analfabetismo. Yo lo que le puedo decir es que toda la gente que yo conozco y no sabe leer se ha metido al programa”, dice Bleys del Socorro Rosso. La compañera de viaje de Ana Tulia comenzó a ir a la escuela tras la insistencia de una de las hermanas de la iglesia a la que asiste. “Luego llevé a mi mamá. Ella no quiso contarle a mi papá para darle la sorpresa. ¿Se imagina cuando él se enteró que tanta salida y tanto misterio era para aprender a escribir?”. Una receta de la madre de Bleys también aparece en el libro. La convocatoria terminó por seleccionar 60 platos entre 570 propuestas. El chef Hernando Rojas Hermosilla sirvió de tutor a la hora de pulir las recetas para agregar mediciones en gramos y tiempos precisos de cocción. En el libro aparecen en la caligrafía original de los alumnos, acompañadas de fotografías de Denis Cavanzo Ulloa. “Yo había propuesto mi receta de arroz al cangrejo. Luego me dijeron que no saldría. Me decepcioné, claro que sí”, dice Ana Tulia. La decepción se le quitó cuando vio las seis páginas que le dedicaron como la reina de los fritos, la campeona de la especialidad. “Durante las fiestas de Nuestra Señora de La Candelaria, en el Pie de la Popa. Allí organizan el Festival del Frito y yo me lo he ganado 29 veces”, dice Ana Tulia durante su presentación, mientras las cámaras la siguen, y para cocinar y contar la historia se ha puesto uno de esos micrófonos amarrados a la cabeza que Britney Spears o el difunto Michael Jackson usaba (él) y usa (ella) para poder cantar y bailar al mismo tiempo. “Tenía que decirlo. Fue gracias a los premios del festival del frito que pude pagar mi casa”, dirá después. “¿Y cuánto se podía ganar por ejemplo en un festival?” “A veces $300.000”. Las ventas de Cocina cartagenera de veddá veddá serán destinadas a la financiación de un restaurante escolar en Cartagena. Eso anuncia Ana Tulia frente al auditorio. Sin dejar de cocinar cuenta que una embajadora la llevó a Panamá para cocinar en la fiesta de la Independencia colombiana, que con frecuencia la llaman para banquetes en Medellín, que sus tres hijos son profesionales. Está en su agendita. El público le pide autógrafos. Luego sesión de fotos. Luego más autógrafos. Ana Tulia se levanta la falda para caminar y uno ve que se ha quitado los zapatos. “Es duro esto de la fama”, dice. Al día siguiente, cita en la Unesco. Una tarde para pasear por fin un poco. Ana Tulia y Bleys se irán diciendo que la gente en Francia es muy amable, sobre todo los taxistas. “¿Y de la cocina francesa que le gustó?” “Un plato que comimos el primer día. Era como un pan con trocitos de carne de cordero”, dice Ana Tulia “Un quebá se llama. Qué cosa tan rica”.