El mago Roberto Barona llegó tarde al partido y forzó un cambio empezando el juego. La primera etapa cerró con cómoda victoria parcial dos a cero porque el rival era modesto y el paso a la final era de trámite. El título quedaba por cuenta de los titulares del plantel acostumbrado a ser el campeón de la empresa.
Todo iba bien hasta que Jacinto Ordóñez se hizo echar por un manotazo infantil a un contrario. La de siempre del taciturno operador que controlaba los circuitos del equipo, repartía talento, pero desactivaba la máquina cuando se transformaba en matón. El memorioso Euclides Bernal que oficiaba como director técnico con tanto aplomo como ingeniero, ordenó el segundo cambio para cerrar el juego y mandó a la cancha al voluntarioso Miguel . La modificación fue por Quique, “el trovador”, el genio de la burla.
Y así comenzó a dejar el campo de juego. El árbitro lo apuró, aunque ya se agotaba el tiempo, y Quique lo desafió bajándose las medias a un metro de la raya. El juez le sacó tarjeta amarilla y, sin consumarse el cambio, Miguel se afanó y entró a la cancha. El vestido de negro lo pintó también de amarillo y Miguel se puso a alegar, otros se metieron al baile, y en el entrecruce de palabras, el árbitro sacó la roja y devolvió al banco al recién ingresado Miguel que no llegó a tocar la bola.
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En dos minutos, en la cuenta regresiva de un partido resuelto, el equipo se quedó con nueve jugadores. Tras el revuelo de las expulsiones, cuando se reanudó el compromiso, en el cobro de la falta que había encendido la mecha con la trastada de Jacinto, la pelota quedó rebotando en el área y un panzón le metió un riflazo que liquidó al buen meta Ovidio, que después del juego nos repartía a todos en su camioneta verde. El juego se puso dos a uno y el memorioso Euclides no se volvió a sentar.
Ese gol animó al rival vertido de azul y rojo, y su técnico, un bigotón chaparro enfundado en una chaqueta impermeable, se paró en la raya a gritar que quedaba tiempo. Entonces llegó la hora suprema. En un tiro de esquina en contra saltó a cabecear el macizo Tulio y cuando cayó se dobló el tobillo. Empezó a retorcerse de dolor en el piso al mismo tiempo que el memorioso Euclides se tomaba con las dos manos la cabeza. Se lesionó el chocador de trueno, no hay más en el banco y tengo que entrar. Primera vez que voy a una cancha.
Quedan tres minutos y la cuenta añadida del juez. Mascullando improperios se acerca Rolando y ordena que no suelte al 7. El memorioso Euclides me abraza, recuerda que soy atleta y me dice que no pare de correr y no permita que nadie patee al arco de Ovidio. Entro, la primera pelota la tiro a cualquier lado y Jacinto me putea desde el banco como si él no hubiera provocado el desastre. El memorioso me hace señas de calma y el mago Roberto, como el día a día del trajín, me habla al oído para reiterarme que no pierda de vista al 7.
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Era picante ese 7, moreno, zurdo, escurridizo, el único que tocaba la bola en ese equipo de huesos, revitalizado por los gritos del bigotón. Cuando tenía a salvo la misión del memorioso, sin intervenir con el balón, pero corriendo, estorbando, atento a cualquier movimiento del señalado 7, llegó el momento de cargar el mundo. La pelota me cayó a los pies casi al borde del área, pero en vez de entregarla o botarla a cualquier parte, avancé un metro con ella, de atrás llegó el 7, perdí la redonda y el zurdo fusiló al buen Ovidio.
El juez llevaba añadidos seis minutos y era el villano de la película. Todos se olvidaron de ese mal nacido y se me fueron encima. Jacinto desde afuera quería matarme con su aviesa mirada. Miguel se bajó del carro donde se había refugiado después de ser expulsado a hacerle la segunda. El memorioso se sentó en el banco de madera a digerir sin decirme nada el trago amargo. El Mago respetó mi desasosiego y se fue a sacar el balón del fondo de la red. Quique comentó en voz alta: “vas a soñar con el moreno”.
Pelota al centro, el juez reanudó las acciones y a los quince segundos pitó el final. Yo jugaba en el barrio con los amigos en una plazoleta, lo hacía con el 8 por gusto sin saber lo que significaba portarlo, y cuando hicieron la convocatoria para el torneo lo elegí y lo aceptaron a ciegas. Con empate a dos goles, el tiquete a la final debía resolverse en penales, pero a pesar del enojo, de cargar el canasto de la culpa que lamentaban todos, sentí alivio porque todo para mi había terminado.
La ronda empezó con el maldito 7 que venció de nuevo a Ovidio. Le tocó el turno a El Mago y anotó con clase. En adelante fue la feria del desperdicio. Dos goles más y dos ejecuciones fallidas por bando. Nadie esperaba que después de cinco penales el asunto no estuviera resuelto. Ahora debían patear los que faltaban, en el equipo éramos cuatro y Rolando incisivo le insistió al memorioso: “al gordo póngalo de último, cuidado”. Quique anotó con sorna: “No lo azare que él está pensando en su bizcocho”.
Entendí que hablaba de mi novia, a quién no había vuelto a mirar desde que entré a la cancha en el fatídico minuto 87. Ahora menos que creía resuelta la odisea por mis compañeros de viaje y fue también un sueño desvanecido. Hizo gol el picapiedra que entró en el segundo tiempo a provocar a Jacinto hasta que lo sacó del juego. Anotó también Ovidio que arriesgó su prestigio de arquero, pero le marcó a su colega. Y después celebró sin tocar el balón porque el nuevo ejecutante la mandó al cielo.
Era el momento nuestro, pero erró Gabriel, que sufría conmigo el matoneo destinado a los troncos. Pateó otro de los azules y rojos y la echó también afuera con el balón rozando el palo derecho. Era el turno de Pepe, otro de los que nunca eran titulares, pero el guardameta rival, con cara de azadón y manos de matarife, volvió a lucirse. Era su momento cuanto le tocó el turno de acribillar a Ovidio, pero le entró por abajo al balón y la envió a las nubes mientras se oyó una exclamación colectiva de desconcierto.
No hubo manera de evitarlo. Todos voltearon a mirarme. Solo yo quedaba por patear. El memorioso fue a buscarme y me dijo: “No mire a nadie, no tome mucho impulso y péguele lo más duro que pueda a cualquier lado”. No le di la mirada a Jacinto, pero si busqué la de Magdalena que a la distancia se mordió los labios y me abrió los ojos. El grandote me señaló su palo derecho y allá se fue el balón con mi zapatazo rastrero. El arquero palmoteó el balón, pero en una fracción de aliento la esférica siguió su curso, besó el palo y entró con suavidad, como en cámara lenta.
Lo demás es el recuerdo para el resto de mi vida. Me cayeron encima con abrazos, besos, gritos de felicitación. Ese penal obró como una ración de amor y vida desde que el memorioso dijo: “usted es el aficionado al fútbol a quien mejor la vida ha premiado su devoción”. La copa la obtuvo el y todos decidieron que debía guardarla. No tuve más porque ese fue mi debut y despedida del paso por las canchas. Al final me casé con la hermana de Jacinto y hoy que recibo la noticia de su muerte rememoro lo que dijo después del cobro: “Lo iba a cascar si fallaba”. Luego me besó la cabeza.