Elena había estado ahí muchas veces, en ese estado de incomprensión indiferente. No sabía en qué momento había llegado, no sabía en qué momento le fue desconocida la piel de su esposo, oh sí, esa alma gemela con la que Dios la bendijo hasta el día de su muerte. Con la que la bendijo y la condenó. No comprendía, no comprendía, y se destruía con esa incapacidad de comprender por qué no reconocía ese mundo en el que alguna vez decidió entrar con una sonrisa ingenua. Hasta su voluntad era distinta porque ya no era de ella sino de él. Ya no había intimidad ni refugios dentro de su alma. Elena ya no era ella enteramente, sino una parte de él, una costilla más de esas que le gustan a un dios que ya tampoco comprendía. Elena ya no era ella enteramente, ahora era parte de un monstruo siamés que la aterraba. Un monstruo hecho de dos personas que, sin embargo, opinan lo mismo, comen lo mismo y duermen a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Después de años yendo a los mismos lugares, repitiendo las mismas rutinas, teniendo la misma vida sexual, consumiendo los mismos productos, desvelándose con los mismos miedos, ¿qué humanidad les puede quedar? Sí, Elena sabía que ya no eran dos que se amaban, sino uno solo. “Ayer por primera vez supe lo que era la aritmética cuando, sin que nadie se diera cuenta, me besaste en los labios. Ayer por primera vez supe que 1 más 1 son 1″. Elena no había escuchado un poema de terror como aquel.
Si el pasado pudiera protegerla, ya habría dejado a su marido para encontrar de nuevo su individualidad, pero ya no había respuestas en el pasado. Sus padres murieron y su hermano vivía en Canadá y estaba felizmente casado ¿Felizmente? Bueno… Realmente puede que no, porque él creía que ella lo está. No hay nada más devastador que los demonios internos que las personas no se atreven a mencionar, y Elena nunca expresaría los suyos. Así que Elena se sentía encerrada dentro de su marido, porque ya no era mujer sino costilla. Y seguiría encerrada porque era una mujer obediente. Dio su palabra ante el sacerdote y ante la Biblia, ya debía cumplirla, así su futuro la terminara destruyendo.
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Al escuchar la puerta de la casa y los pasos de Alejandro, Elena se dio dos golpecitos suaves sobre las mejillas y salió del baño con el mejor porte que podía aparentar. Ella podía estar mal, pero de eso no podía darse cuenta su esposo. De lo contrario, podría desmoronarse peor que ella. Era su costilla, todo por el bien de su estabilidad.
Cuando Elena llegó a la cocina, Alejandro ya estaba preparándose una limonada fría con jengibre. Ese era su esposo. Cuando no estaba escribiendo estaba leyendo, cuando no estaba leyendo estaba trotando, cuando no estaba trotando estaba meditando, cuando no estaba meditando estaba cocinando. Cuando se le acababa la energía cinética que lo mantenía a flote, Alejandro se sentía perdido. En esas ocasiones, Elena prefería alejarse de él, ser un fantasma que pasaba a su lado apenas saludándolo. Alejandro nunca le había insinuado nada al respecto, pero ella estaba segura de que era su manera de olvidarse de ella, de su matrimonio y de su vida. ¿Por qué otra razón procuraba mantener la mente en piloto automático?
—Amor… —le dijo Elena a su esposo casi con timidez.
Alejandro le regaló una sonrisa despreocupada.
—¿Cómo te fue mientras estuve afuera?
—No hice mucho. Preparé clase y descansé un rato.
—Deberías acompañarme a trotar un día de estos. Podría ayudar a despejarte.
—¿Despejarme de qué? Tengo demasiadas cosas en la cabeza que no puedo olvidar.
—Precisamente. Te puede ayudar a verlas desde otro ángulo.
—Otro ángulo…
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Elena quiso contradecirlo, pero las gotas de sudor que caían del cabello de Alejandro la desconcentraron ¿Cuánto tiempo tendría que tomarse para eliminar el rastro y el olor? Un tiempo precioso que bien podría invertir en leer un ensayo, escribir una página más de esa novela que no salía, reflexionar sobre ese otro ángulo que le recomendaba su esposo, a ver si por fin podía lidiar con los bloqueos mentales que le impedían expresar sus ideas. Pero no, Alejandro salía a olvidarse de la vida, mientras ella recogía su esfuerzo a punta de trapero y alcohol. Elena restregaba las memorias de Alejandro, las limpiaba, las suprimía de todo pasado, presente y futuro, mientras ella se obligaba a recordar todo por los dos… ¿Para qué es que recuerda la gente? Elena no podía comprenderlo y se destruía con esa incapacidad de comprender.
—Sí, otro ángulo —dijo Alejandro mientras tomaba un sorbo de limonada—. Otra perspectiva, otra manera de ver las cosas. Te puede servir para lo que estás escribiendo.
Alejandro no sabía exactamente qué estaba escribiendo Elena. Lo único que le había dicho era que estaba preparando algo para publicarlo en la revista de la facultad. No era del todo cierto. Era profesora de literatura. Se pasaba horas y horas discutiendo con sus alumnos sobre una obra y otra, pero su sueño era estar del otro lado. Del lado de Víctor Hugo, de Bukowski, de Ajmatova. Cada vez que leía algo nuevo, sentía que no era más que la misma historia contada de distinta manera. El mismo camino del héroe, la misma historia de amor, el mismo asesinato sin resolver, el mismo viaje al espacio. Sin embargo, cuando se sentaba a escribir, sencillamente no le salían las palabras. No comprendía cómo era posible que no pudiera emular a los que tanto había estudiado, y se destruía con esa incapacidad de comprender. No tenía tiempo para salir a trotar y ver las cosas desde otro ángulo porque ni siquiera sabía dónde encontrar algún ángulo, cualquiera que fuera.
—Lo pensaré, cariño. Ta vez me sirva —le contestó para dar por terminada la conversación—. Te espero en la habitación.
Elena sufría uno de sus “días azules”, como ella misma los había llamado. Los días en los que pensaba demasiado, se distraía demasiado, se rendía demasiado. A veces le gustaría ser como Alejandro y olvidarse de todo. Pero ella no podía permitirse eso. No podía permitirse olvidar el tedio en que se había transformado su matrimonio, olvidar el sueño que tenía, olvidar que tenía que buscar la forma de escapar. Tenía que recordar por los dos, y por eso se acostó en la cama pensando, pensando, pensando. Si su mente no descansaba, algún día lo lograría. Pero se quedó en blanco cuando sintió el brazo de su marido abrazando su cuerpo por detrás.
—Elena…—dijo esa vez él de forma tímida.
Elena cerró sus ojos.
—Elena…
Elena no se movió.
—Elena… por favor, dime qué te pasa.
Elena esperó unos segundos.
—Elena, qué pasa.
—Nada, cariño. Solo estoy cansada —respondió finalmente.
—¿De qué?
—De nada en especial. No me rindió mucho hoy.
Parece que no lo convenció, porque Alejandro suspiró y le apretó con dulzura el hombro.
—¿Sabes que estoy aquí para ti, cierto? Dos son mejores que uno.
Y luego de voltearla suavemente, la besó en los labios.
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“Ayer por primera vez supe lo que era la aritmética”, pensó de inmediato Elena, “cuando, sin que nadie se diera cuenta, me besaste en los labios”. Elena le correspondió, primero reaciamente, luego con impasibilidad. Cuando Alejandro le acarició la nuca e imprimió sus labios con mayor fuerza, Elena le devolvió el abrazo. Escondió sus manos bajo el cabello azabache de su esposo y se permitió olvidar. “Ayer por primera vez supe que 1 más 1 son 1″. “Ayer por primera vez supe que 1 más 1 son 1″. “Ayer por primera vez supe que 1 más 1 son 1″. Esa noche, fue uno con Alejandro, se fundió en él o, mejor dicho, se destruyó en él porque era una mujer obediente. Dio su palabra ante el sacerdote y la Biblia, esa misma que decía que dos son mejores que uno. Si uno se cae, el otro le puede ayudar. Si dos se acuestan juntos, se mantendrán calientes bajo el invierno, pero ¿cómo se calentará uno solo en el frío?
“¿Es eso lo que pretendes, Alejandro? ¿Protegerme del frío?”, pensó Elena cuando Alejandro terminó de hacerle el amor, otra vez con sudor en la espalda. “No sé si puedas, porque el frío lo llevo dentro”. Y Elena se volteó para dormir, pensando en qué también tendría que limpiar las sábanas del sudor y las memorias de Alejandro.