Si fuéramos conscientes de que cada uno de nuestros pasos es un mensaje, de que nuestras palabras dicen mucho más de lo que dicen cuando hablamos, y nuestros actos son un manojo de información que de una u otra manera le va llegando a alguien, y de una manera u otra lo va marcando. Si tratáramos de comprender. Si miráramos que todo lo que hacemos deja una huella y “se hace camino al andar”, como decía Machado, y que incluso lo que no hacemos y lo que callamos también se hace camino en otros. Si nos detuviéramos. Si repasáramos el pasado y nos convenciéramos de que nuestro odio y todo el odio del mundo y de la historia han generado odio, y nuestra bondad, bondad, y que cualquier llamado a la razón, por inaudible que parezca, produce un alto en las guerras, así sea un alto de dos segundos.
Si aprehendiéramos que en dos segundos podemos pronunciar en voz muy alta “La vida es sagrada”, y que algo queda cada vez que repetimos esas cuatro palabras. Si pensáramos en aquella frase de Martha Gómez, “Para la guerra nada”, y la cantáramos y la dijéramos y actuáramos en consecuencia, entendiendo que las grandes guerras se inician con guerras diminutas, con una o dos palabras, con pequeños actos, humillaciones, amenazas, culpas y venganzas. Si intentáramos empezar a asumir la responsabilidad de nuestras vidas, de nuestro destino y hacernos cargo de él, y a ver que nos guste o no, somos un ejemplo, y lo tengamos claro o no, cuando hacemos trampa y pasamos por encima del otro y robamos y nos corrompemos, promovemos y multiplicamos el robo, la corrupción, la muerte y la trampa.
Si escribiéramos del otro, sobre el otro y todos los otros posibles, sabiendo que al escribir del otro también escribimos de nosotros, y de paso vamos dejando nuestra versión de los hechos. Si buscáramos en las razones de los demás, si hurgáramos en sus vidas y tomáramos la decisión de comprender qué los hizo ser quienes son, en lugar de juzgarlos y condenarlos. Si nos paráramos en nuestras culpas y profundizáramos en la culpa, tomando en cuenta que el exceso de culpa puede llevar en algún instante al odio y la violencia. Si nos absolviéramos por lo menos un poco cada día. Si quisiéramos tener la fuerza para leer y analizar unas palabras de Joyce Carol Oates que decían “es imposible no ver que tu adversario eres tú”, y si luego, en un atisbo de luminosidad, concluyéramos que necesitamos tanto de los rivales, que en vez de aniquilarlos deberíamos valorar su existencia.