El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Lo que los achaques se llevaron (Cuentos de sábado en la tarde)

En el patio caribe una gallina sin malestares se deleita con el arroz a sus anchas.

16 de octubre de 2021 - 02:30 p. m.
En el patio caribe una gallina sin malestares se deleita con el arroz a sus anchas.
Foto: Linda Esperanza Aragón
PUBLICIDAD

Me siento egoísta cada vez que voy a un restaurante con mis papás. Tengo la libertad de pedir lo que se me antoje, pero ellos no: el médico les ha entregado una lista extensa que indica los alimentos que no pueden consumir. Parece el diploma de los achaques exhibido en la nevera.

La osteopenia, la hipertensión, el colesterol, el asma y el colon irritable ponen a sufrir al paladar de mis padres. Y me siento egoísta porque sé que no es para nada plácido que yo pueda pedirle al mesero pescado frito con arroz de coco, patacones y jugo de mango, y que ellos pidan solo ensalada con pechuga de pollo asada y limonada. De vez en cuando mi papá no se contiene al ver mi plato y me roba comida; mi mamá se da cuenta y lo reprende, entonces mi papá le dice:

—Déjame comer un poquito, no ves que ya ni me alegra abrir la nevera para tomar agua porque veo la lista esa donde la sopa de mondongo, el chicharrón y el pescado frito están de primeros.

Le puede interesar: Murió Alfredo López Austin, historiador de la mitología mesoamericana

La suma de las edades de mis padres supera los 120 años, pero se les ve llenos de vida. Cuando bailan en la terraza de la casa el cuerpo se porta bien, no se aparecen los dolores. Al menos las enfermedades no los han despojado de la danza ni del buen sentido del humor.

Un día una vecina nos regaló un plato de bollo de yuca con suero, era el cumpleaños de uno de sus hijos. Mi papá dio el primer paso para devorarlo, sin embargo, no se atrevió a probar y dijo:

—¡No joda!, lo mejor es que no me lo coma porque yo quiero seguir viviendo pa’ escuchar mis vallenatos.

—Ojalá los vallenatos quitaran el hambre —le contestó mi mamá.

No ad for you

—Pero hablan de la comida que me gusta a mí.

—Ajá, ¿y qué canción habla de eso?

—Todo aquel que quiera bollo, pues que coja el cuchillo y parta su pedazo, así dice una canción de Los Zuleta —manifestó mi padre.

Le puede interesar: Nietzsche: el asesino de Dios

En las casas se suele tener una vajilla especial para las visitas. Esta es una manera de querer prolongar nuestra existencia, asumimos que en el futuro recibiremos gente para compartir. En mi casa yo creo que seremos eternos; eso lo pensé el día en que mi mamá volvió a leer la lista luciferina pegada en la nevera y expresó:

No ad for you

—Lo que hay es plato llano pa’ las visitas, si lo que aquí usamos son los hondos para comer pura ensalada.

—Me hace falta esa comida que tiene crocancia y sabrosura —comentó mi papá.

No ad for you

Para no sentirse afligidos por las indicaciones del doctor en cuanto a la alimentación, mis papás suelen recordar un cuento de la tradición oral guajira, uno que narraba con maestría César Henríquez. Voy a referirlo aquí: un hombre acudió al médico para que le interpretara unos resultados de exámenes de laboratorio. El doctor se alarmó al leerlos y le dijo al paciente que estaba vivo de milagro y que para que se mejorara le recetaría una dieta saludable: en la mañana nada más podía comer huevos cocidos con un jugo sin azúcar; al mediodía, carne magra con ensalada y leche descremada; y en la tarde, un sándwich con jamón de pollo o ensalada de frutas. Le recomendó que mantuviera esa dieta durante seis meses y que regresara para hacerle nuevamente los debidos exámenes. El paciente —que se abanicaba con su sombrero, aunque el consultorio estuviese gélido— le agradeció al doctor y se fue. Al cabo de un rato, leyó con atención la receta, se devolvió al consultorio y preguntó: “Doctor, acláreme una cosa: ¿todo eso se come antes o después de las comidas?”.

Le sugerimos leer: Lido Pimienta, el sol en ‘Sky to hold’

Nunca faltaban las carcajadas al final del relato. Tampoco faltaba la frase nostálgica que le brotaba con naturalidad a mi mamá al recordar que los achaques se han llevado la comida que le encanta.

No ad for you

—Tanta comida sabrosa que hay en esta vida, ¡carajo!

Un domingo cualquiera mis papás estaban desayunando arepas asadas, claras de huevo cocidas y avena sin azúcar. Había un silencio espantoso, era evidente que extrañaban el bocachico frito, la yuca harinosa y el café con leche. Para levantarles el ánimo, les comenté:

—Me imagino que se sienten mejor ahora que están siguiendo al pie de la letra las recomendaciones del médico.

No ad for you

Mi papá no dudó en aferrarse a la jerga costeña para expresar con precisión el coraje que le daba estar distante de los platillos que le fascinan. Me respondió lo mismo que Fermina Daza en la novela de Gabo, El amor en los tiempos del cólera, cuando le preguntaron cómo le habían parecido las maravillas de Europa:

—Más es la bulla.

Más adelante mis padres tal vez consideren la frase de Julio Cortázar: “Hay ausencias que representan un verdadero triunfo”. Tal vez.

No ad for you

Podría interesarle: Obra casi destruida de Banksy se vendió por más de 25 millones de dólares

Para el aniversario más reciente decidieron hacer una pequeña celebración e invitaron a algunos familiares. A mi papá le correspondía el turno de dedicarle a mi mamá unas palabras de agradecimiento, pero lo abrazó la timidez, no le fluían. De repente, mi abuela materna carraspeó para aclarar su voz y le vociferó con toda la confianza del mundo a mi papá:

No ad for you

—Los achaques ya te quitaron las comidas más sabrosas, ahora tú vas a dejar que los nervios te arrebaten las palabras. ¡Hombe!, cómo va a ser.

Conoce más
Ver todas las noticias