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¿Quién? (En primera persona)

Así eran las cosas, nunca se sabía con exactitud en qué estaría pensando cada transeúnte, habitando terrenos donde ya no podía estar. Todo lo que debía hacerse era esperar.

05 de abril de 2020 - 06:54 p. m.
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Y sin embargo, pretendíamos darle cabida a un juez que pudiese creer en la igualdad de un cincuenta por ciento de conocimiento legal; «¿Quién lo hizo?» «¿quién es el culpable?», «¿quién propagó todo esto?» y también queríamos otro cincuenta por ciento que nos hablase de moralidad, serenidad, confianza en nosotros mismos o en Dios. Y por supuesto la ciencia nos seguía acompañando, día y noche, permitiéndonos descansar y despertar.

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Los supermercados estaban llenos de vegetales y frutas, mas no de animales muertos. ¿De los animales? Algunos humanos los seguían consumiendo y sin embargo, ellos agradecieron estar vivos con una especie tan enferma como la nuestra, pues al estar encerrados se mostraban por las calles de Australia, Francia, Italia, incluso Colombia, parte de Latinoamérica, uno que otro ser sintiente se asomada entre la urbanidad. El virus no les tocó porque nunca fue con ellos, siempre fue con nosotros.

No podíamos aparentar descansar y despertar sin abrumarnos un poco, la inquietud se reposaba en cada espacio habitado de las casas. No nos preocupábamos igual en cambiar nuestras vestiduras, porque nadie nos observaba, salvo nosotros mismos. Pasaban los días y se decían que por ahora había diez muertos ya, e insistíamos en seguir queriendo oír la televisión, contándonos como “nueva cifra record” de muertos en la pandemia que vivía mi país. Era la televisión nuestra ceguera, el ruido que se encontraba en la mesa de la sala, al lado izquierdo de un gran ventanal. Con un tono angustiante, el ruido (o la voz) llegaba; era la voz de los frívolos, de quienes la muerte los atrapó antes de que el virus llegara y aún no nos habíamos dado cuenta, es lo que la pandemia esperaba de nosotros.

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De vez en cuando nos deteníamos a oír una voz cálida, de la que tanto habíamos querido escapar en medio del descanso y del silencio. Nos habían roto tanto que aún pudimos recoger los pedazos que tomamos con aliento, justo en esta habitación donde ya no habitamos. El humano buscó una ventana en su interior y entonces nació, sin premeditar, un afectuoso regocijo que se alimentó con una respiración consciente y un cerrar y abrir de ojos. Se llamó entonces a los visitantes que no estaban presentes antes de la pandemia, les dijeron no comer carne, mas bien hablar, escuchar, no matar, no más habladurías de afuera, no más máscaras y al fin llegar a desnudarnos por completo, porque estuvimos desnudos por un buen tiempo en cada uno de nuestros hogares, nadie nos juzgó, nadie nos miró, nadie nos lastimó, salvo algunas personas que no pudieron estar encerradas, la brecha social y económica los tildó de tercos, injustos, egoístas por estar en la calle y sin embargo, se unirían nuestras lágrimas con las de cada ser sintiente, consuelo entre la vigilia y el sueño que tanto se había anhelado, pues la saturación urbana nos había hecho desear ser ansiosos a costa de vivir por la muerte y no morir por la vida.

Las muertes no fueron por la guerra que se postró como un demonio intimidante, fue algo mayor que ya veníamos alimentando en tiempos pasados y se encontraba en cada especie humana, lleno de odio, frustración, dolor, egoísmo y ego. Se pudo ver, al transcurrir los años, cómo aparecerían esas pequeñas muertes mentales que nos pesaban aún más cuando estábamos frente a frente con nosotros mismos. Adentro de cada especie, se intentó dejar entrar la luz, porque adentro de nosotros todo es oscuro, nuestros órganos nos hablan y muchos dijeron haberse cuidado en la alimentación, en la escucha y la visión, ese ventanal donde entra luz, motor para el amor, para la vida, para la persona que se encontraba en el cuarto de al lado, quienes fueron los seres que nos acompañaron en este encierro. Y entre tanto, allá afuera, pudimos ver cómo caía el capital, caía la avaricia, caían, súbitamente, los placeres, la calle no gritaba derechos, la calle era el derecho.

Bien es sabido que afuera yacen los huesos de quienes «conozco» por un simple titular noticioso. El encierro les tocó a muchos, presos inocentes, vigilados y castigados, como bien lo plantea Foucault, pero también historias inconmensurables de campesinos, recicladores, de pestes y de guerras, físicas y mentales aún en el desorden y extravagancia de nuestros días, otros seguían encerrados, muertos de hambre y de sed. El encierro evidentemente fue mental también. La tierra donde yacen esos huesos merece ser tratada bien, nos dijimos unos a otros, después de entender el abuso entre nosotros y los animales.

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Esto fue un sueño, el sueño aquel de los amantes inmortales; la vejez tomó posición entre la muerte y la sed de vida. Somos ahora quienes despedimos a la madre o al padre con un beso en la frente antes de irnos a morir en el sueño. Rodolfo Llinás dice que uno muere un poco cuando sueña, y bien, ¡sí que valga la pena morir así!, soñando, soñemos. Muchos no alcanzaron a soñar, la muerte les llegó primero, aún estando encerrados siguieron contemplando los acontecimientos de afuera logrando ser espectadores de sus propias vidas.

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