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La última entrevista de Ana Mercedes Hoyos

El Espectador reproduce el texto fruto de un largo encuentro con la artista para el especial publicado el 20 de julio “Celebra ser colombiano”, donde anunció que iba a donar su archivo Palenque Files a la Universidad de la ONU en Japón y parte de sus obras al Instituto Smithsonian en Estados Unidos.

05 de septiembre de 2014 - 08:17 a. m.
Ana Mercedes Hoyos parada en el mapa que reconstruye “la esclavitud aberrante” que marcó al mundo y especialmente a Colombia y a los palenqueros. / Fotos: Liz Durán – El Espectador
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Ana Mercedes Hoyos anda metida de cabeza en montones de álbumes de fotos. No son de recuerdos de los 50 años de carrera artística que cumple. “Es lo que menos me interesa”, dice. Sus emociones están concentradas en terminar de catalogar Palenque Files, el archivo que resume sus viajes de inspiración y su profunda relación con la comunidad bolivarense de San Basilio de Palenque.

Este año durante la ampliación de su estudio en el Bosque Izquierdo, centro de Bogotá, hizo balances y se sorprendió de tener entre manos más que una amplia producción pictórica para exaltar a esa cultura afrocolombiana: también un archivo único compuesto por al menos diez mil fotos, muchas horas de música y voces de raizales reconstruyendo su historia.

“¿Qué hago con todo esto?”, se preguntó. Y la respuesta la encontró con ayuda de su amigo, el documentalista y periodista colombiano Gonzalo Robledo, radicado hace tres décadas en Japón y curador de este proyecto. La memoria sobre el primer pueblo libre de América debía tener un destino humanitario y académico, razón por la cual lo ofrecieron a la Universidad de las Naciones Unidas en Tokio, que tiene sedes alternas en Nueva York y París.

La capital japonesa y la cultura oriental no son ajenas a la artista porque expuso en el Museo Yokohama en 1995 y fue una de las primeras colombianas en ser valoradas allí junto al nobel de literatura Gabriel García Márquez. Pero ya no le preocupan tanto sus exposiciones. Al su lado, por ejemplo, están unas cabezas nigerianas de la cultura bantú, parte de las esculturas Tres-D que mostró hace poco en la galería Nueveochenta. “A estas alturas de mi vida (71 años) me preocupa hacer algo significativo por los palenqueros, más que la próxima exposición o si una obra mía se subasta en Christie’s”. Se queda mirando una serie de postales del arroyo ancestral de esas negritudes y dice: “Mire esta belleza”.

¿Quién hizo esas fotos? Muestra las tapas blancas de las carpetas clasificadas por lugares, tradiciones y fiestas y se lee: Danilo Casseres. ¿Quién es? “Los ojos y los oídos de Ana Mercedes en Palenque”, responde Robledo. Ella sonríe y recuerda que lo conoció cuando tenía ocho años de edad y alquilaba piraguas a los turistas frente al Hotel Caribe, en Cartagena. Es el hijo de Zenaida, la palenquera que mientras caminaba por la playa le dio una nueva forma de mirar el arte y buscar el equilibrio profesional y espiritual en su vida: el color y la alegría representados por el carisma de la vendedora y el platón cargado de frutas que cargaba sobre la cabeza. Esa mujer partió en dos la obra de Ana Mercedes Hoyos y a través de la pintura se convirtió en una de las imágenes emblemáticas para celebrar en 1992 el quinto centenario del Descubrimiento de América. “Cuando encontré la historia de Palenque a través de sus mujeres fue como cuando Picasso encontró las máscaras africanas en el Museo del Hombre. El platón me lleva a conocer la población y sus orígenes ligados a la historia de América, la esclavitud aberrante”. Una búsqueda entre el cubismo y el constructivismo a partir de los bodegones.

Vuelve a Danilo, el adulto que empezó haciendo el trabajo de campo que le pedía la pintora, como fotografiar celebraciones populares, procesiones y funerales. “Le gustó la apoteosis que descubría, a mí también, y lo que hice fue orientarlo para que fuera más allá de documentar inconscientemente”. Se refiere a que no sólo le mandó una cámara fotográfica y una grabadora, sino investigaciones de Jaime Arocha para entender la dimensión histórica del 30% de la Colombia negra, resúmenes de los trabajos antropológicos sobre afrocolombianidad que hacía la bogotana Nina S. de Friedmann, una de las grandes influencias en la obra de Ana Mercedes.

Y si se habla de arte con ella también se aprende de sus mayores: Grau, Obregón, “aquellos que construyeron una primera imagen artística de Colombia, muy festiva”. Entonces “la madrina de los palenqueros” y su “socio” empezaron a hablar del lenguaje estético. “Y como él es de una inteligencia…”, luego pasaron a procesar grabaciones de audio, entre testimonios de viejos y jóvenes, junto con sus manifestaciones musicales.

Los últimos cinco años han sido de construcción de un punto de vista que va hasta el alma de los primeros esclavos que llegaron en galeones negreros desde África hasta Cartagena, fruto de la naturalidad, no de un proceso invasivo de algún desconocido. “Gracias a esto, Danilo concientizó a su gente de un problema de autoestima que les impide el progreso. Su lente y la mía es una mirada pequeña y humana a través de la que se pude ver un universo”. Muestra larguísimas transcripciones de charlas con nativos y Ana Mercedes se enorgullece de haberse convertido en “traductora del idioma palenquero”.

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Registrando carencias, vieron la necesidad de recrear, para citar la principal, la tradicional fiesta patronal del 9 de junio. Mandaron hacer atuendos para niños y adultos con base en registros de modelos que Ana Mercedes encontró hace 30 años. Uno de esos vestidos decora la casa estudio junto a uno de los cuadros de Zenaida. ¿Qué rigor científico tiene esto? “Todo es empírico porque no somos antropólogos ni periodistas”.

¿Qué busca haciendo esto? “No buscaba nada distinto a ser consecuente con mi filosofía: construir evitando la violencia, hacer una cosa positiva y ser abanderada de esa maravilla de Colombia”. Condena que no se pueda hablar de cultura sin que esté de por medio el ánimo de lucro. “El arte se ha aprovechado de la miseria colombiana en el exterior. En los grandes círculos me exigían que me metiera en la violencia y el narcotráfico y no comulgo con la violencia como entretenimiento”.

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Al revisar con cuidado Palenque Files, colección que sólo ha sido consultada con expertos de la Universidad de Antioquia, de donde la artista es doctora Honoris Casa, se encuentran piezas sonoras como el impresionante testimonio de la cantaora de Las Alegres Ambulancias, Graciela Salgado, planeando su sepelio seis meses antes de su muerte en 2013 con bailes y cantos del ritual lumbalú. La voz del anciano Rafael Cassiani, del sexteto Tabalá, explicando el origen ancestral de sus composiciones. Testimonios de lavanderas, yerbateros, leyendas, juegos. El acervo que ratifica por qué la Unesco declaró a esta cultura patrimonio inmaterial de la humanidad en 2005.

Ana Mercedes Hoyos había empezado a documentarlo antes de esa exaltación. Decenas de álbumes de fotos y documentos, más los audios, fueron digitalizados y llevados a Tokio por Gonzalo Robledo para que la Universidad de la ONU decida cómo lo integrará a sus archivos de consulta mundial.

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Parte de su obra palenquera –seguramente 25 piezas- será recibida en calidad de donación por el Instituto Smithsonian en Estados Unidos y por ese intermedio en 2015 entrará a formar parte del Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana. Una fuente de la embajada de Colombia en Washington confirmó a El Espectador la noticia, pero dijo que no se hará oficial todavía.

Este doble aporte a la identidad de Colombia es lo que realmente le importa a la artista. Se queda con cara de satisfacción ojeando un libro de arquitectura Tudor que le recuerda a su padre, el urbanista Manuel José Hoyos Toro, y la devuelve a su infancia en el barrio Teusaquillo, a los primeros trazos. Enseguida vuelve a los torrentes de aguas grises que pinta por estos días.

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