La imagen como diagnóstico, vehículo para sopesar qué ha pasado con nosotros. ¿Qué nos ha pasado?
Distante de la disección en datos y cifras, el diseño de las políticas públicas, la revisión de la estrategia de guerra y la repartición de responsabilidades, la imagen entrega el testimonio de un instante: el documento que puede revertir el curso del horror y a su vez influir en el proceso de sanación.
Si ha de pensarse como una herramienta con una utilidad determinada, el servicio que la fotografía entrega es la consciencia, la posibilidad de otorgarle un rostro a aquello que se antoja complejo, abstracto o convenientemente difuso.
El periodismo gráfico tiene el enorme poder de hacer énfasis (enfocar, según palabras de James Nachtwey) en los costos y beneficios del país que se diseña en las oficinas de los ministerios o en las mesas de los comandantes, sean del bando que sean. En ese sentido, una fotografía cuenta la historia del sujeto retratado, pero también puede hacer preguntas acerca del comportamiento de toda una sociedad.
Su discurso puede ser incómodo, pero también necesario. Vital en términos de memoria, pero también en lo que se refiere a la verdad.
Ante la posibilidad de que la imagen sea cada vez más la encargada de definir los acontecimientos, el poder (el que se ejerce con una corbata o un fusil) puede utilizar la fotografía como un método de propaganda, el vehículo para contar su lado de la historia. Suele suceder que la versión de un funcionario no concuerda con lo registrado por el fotógrafo. Menos mal.
Y la verdad llega en forma de golpe, de imponente composición en la que el dolor del otro grita y pide ayuda para toda la eternidad. A veces explícitamente gráfica, la violencia de estas fotografías se presenta abrumadora en todo sentido; el número de víctimas, claro, pero también el alcance de sus penas: la abismal profundidad del sufrimiento de tantos.
En otras ocasiones hay una cuidada sutileza para contar la tragedia nacional, un equilibrio estético que convierte la imagen en un elocuente relato que busca interpelar al lector para buscar algo de reflexión, ideas en oposición a las balas.
Este libro resulta implacable, un documento en el que la guerra queda retratada bajo una óptica íntima. Las historias de los colombianos que salen en estas fotografías cuentan también una buena parte del relato nacional, ese que tantas veces se apoya en la alegría fácil de los triunfos de unos pocos para intentar olvidar la desgracia de muchos. Un objeto de gran factura con una historia indispensable para pasar la página.
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@troskiller