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Las revanchasde un goleador

Radamel Falcao García, el mejor deportista colombiano en el exterior, un hombre que habla con goles.

10 de diciembre de 2011 - 09:00 p. m.
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A Silvano Francisco Espíndola alguien, alguna vez, primeros años 80, lo comparó con Diego Maradona, tal vez porque jugaba en Argentinos Juniors con la franela número 10. Él, tiempo después, ya retirado del fútbol como jugador, se reía del desatino y a la vez afirmaba que el Maradona del nuevo milenio iba a ser un muchacho con nombre de crack, Radamel Falcao García. Espíndola había llegado a Millonarios como gran solución para un equipo que no encontraba el rumbo, pero apenas mostró un par de destellos de su talento y, así como llegó, desapareció. Tiempo después se entregó a la fe y a Dios y creó una escuela de fútbol a la que llamó Fair Play. Allí vio a Falcao y allí apostó por aquel niño medio desgarbado que no daba una pelota por perdida y que, fuera como fuera, siempre terminaba por hacer goles.

Radamel Falcao García aprehendió de Espíndola su devoción por Jesucristo y aprendió de su padre, Radamel García, los secretos más íntimos del fútbol. La Biblia y el balón. La oración y el desmarque. Si el ex10 de Argentinos lo purificaba, el exdefensa central de Santa Fe y Unión M agdalena le transmitía los trucos para llegar a la pelota en el momento y el lugar precisos. Sus dos referentes lo vieron crecer, lo tonificaron en cuerpo y alma, aunque más tarde entrara en conflictos con Espíndola.

En 1999, Falcao viajó a Argentina para probarse en Vélez Sarsfield. Sin embargo, recaló en River Plate y allí, en la pensión del club de Núñez, compartió entrenamientos, furores, victorias y derrotas con muchachos que, como él, soñaban y luchaban para llegar a la primera división. Estaban Juan Pablo Carrizo, Javier Mascherano, Lucas Mareque, Patricio Toranzo y Gonzalo Ludueña, quien comenzó a llamarlo ‘Tigre’, así porque sí. Todos fueron llegando al primer equipo. Él también.

Debutó con Leonardo Astrada como técnico, en una opaca derrota 2-1 ante Gimnasia y Esgrima de La Plata, y se afianzó bajo las órdenes de Reinaldo Carlos Merlo, un viejo volante central del cuadro de la banda. Era el año 2005. Falcao García jugaba, se mataba y anotaba. En su primera temporada hizo siete goles en 11 partidos. No obstante, luego se lesionó. Entraba y salía. Alternaba buenas con malas, hasta el primer semestre de 2008, cuando Diego Pablo Simeone se hizo cargo del equipo y le encomendó, le ordenó, la misión de llevar al conjunto al título. Con Ariel Arnaldo Ortega y Diego Buonanotte a sus lados, Falcao sólo necesitaba finura en el momento de definir. River Plate fue campeón. Él, el goleador que aparecía en los momentos decisivos.

Después del título bajó al infierno. Por primera vez en su historia, River quedó en el último lugar de la tabla en un campeonato argentino. Comenzaba a escribir la historia negra que lo dejó en la segunda división tres años más tarde. Falcao García era ya insostenible. Diversos clubes de Europa ofrecían millones de dólares por su pase. Él mismo ya no se sentía como antes. En el verano de 2009 emigró hacia el Porto, que lo fichó para que reemplazara a Lisandro López, ídolo de la hinchada del “dragón”, quien había sido adquirido por el Olimpique de Lyon en 24 millones de dólares. Partido tras partido, y gol tras gol, Falcao García cambió escepticismo por ovaciones. Hizo 25 goles en 22 encuentros de liga y en la Champions anotó cuatro veces en ocho cotejos. Se veía flaco, un poco encorvado, no muy alto, no muy dúctil, pero aquella virtud de la que había hablado Espíndola era su gran virtud: no dar un balón por perdido.

Un año más tarde, el colombiano, nacido en Santa Marta el 10 de febrero de 1986, era campeón de la Europa League y marcaba un récord histórico: 17 goles en 18 partidos. “Ha mejorado en muchos aspectos. Es más tranquilo en la finalización. Lo hace con naturalidad y además le gusta ayudar al equipo”, decía de él el técnico portugués José Mota, del Belenenses. Pasada la euforia de la celebración, Falcao firmó un nuevo contrato, con el Atlético de Madrid.

Sin embargo, penaba porque en la selección de Colombia no había podido desequilibrar. Los especialistas afirmaban que lo dejaban muy solo. Y sus críticos, que era “jugador de club”. Con el primer juego de las eliminatorias, el “nueve” empezó a contradecir a sus detractores. El pasado 11 de octubre, en los 3.600 metros de altura sobre el nivel del mar de La Paz, anotó el gol que le dio a Colombia su primera victoria allí, en eliminatorias, sobre Bolivia. Falcao definió con tranquilidad, como sostenía José Mota que había aprendido a hacerlo, a la salida del portero rival. Esa tarde apenas jugó unos cuantos minutos, los necesarios para definir el marcador. Fue el paso inicial de un camino que, sueña, anhela, debería llevarlo a la Copa del Mundo de Brasil, en 2014.

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