Entre estas dos mujeres de origen europeo hay más que un libro en común.
“Institutrices, campanadas, abluciones matutinas, rezos, la voz de los sueños, la ilusión, las buenas conciencias, los actos fortuitos, la domesticación, los bailes en la corte, los sistemas de poder y autosuficiencia, la prestidigitación, lo insólito, el jabalí, el diálogo con los animales y con los objetos, todo eso me une a Leonora y es también parte de mi infancia”. Así describió Elena Poniatowska en el texto “La flor de fuego”, publicado en ‘Jornada’, cuando la pintora inglesa cumplió 90 años, todos aquellos aspectos que la unen con ella. De esto hace cuatro años. Carrington, representante del surrealismo nació en 1917, en un hogar noble de un inglés y una irlandesa.
Quince años después de Carrington, en 1932 nació Elena como princesa Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, hija del heredero de la corona polaca, Jean Joseph Evremond Sperry Poniatowski (descendiente directo del rey Estanislao II de Polonia) y de la mexicana María de los Dolores Amor Escandón.
El origen noble de ambas mujeres, su crianza férreamente católica y una infancia de ensueño en la Europa de príncipes y princesas, truncada por una guerra que cambiaría la vida de ambas, sumada al encuentro de un país como México, convulsionado y de contrastes, pero al mismo tiempo acogedor para exiliados de todos los mundos, de todos los regímenes, hacen parte de todos los elementos que las unen.
Cuando tenía 9 años de edad, Elena tuvo que huir junto con su hermana de París, de la mano de su madre, primero hacia el sur de Francia y luego hasta México. Esto mientras su padre luchaba con el Ejército francés y participó en el desembarco de Normandía. En el año 49 fue enviada a los Estados Unidos a estudiar interna en un colegio del Sagrado Corazón. Luego volvería a México a trabajar como reportera en Excélsior. Algunos años más tarde, publicó su primer libro y desde entonces Poniatowska ha escrito literatura de ficción y reportajes que retratan el México que ella, junto a otros grandes de su generación, han desentrañado para lectores de todo el mundo.
Por su parte, la joven británica llegó al París de los surrealistas después de haber estudiado pintura en Florencia. Muy a pesar de su crianza católica y del rechazo de su padre que quería un futuro más tranquilo para su hija mayor, Carrington descubrió en Max Ernst no sólo el arte sino el fuego de un amor loco y desprovisto de todas las formalidades que habría exigido su origen católico irlandés. Leonora fue desheredada y como si la vida le hubiera cobrado dos veces su irreverencia, la invasión Nazi a París la desheredó de su amado que fue llevado a un campo de concentración.
Leonora huyó varias veces, primero a Santander (España); luego huyó de la realidad y terminó internada en un hospital psiquiátrico. Después, cuando salió de allí se casó con Renato Leduc quien le ayudaría a escapar primero a Nueva York y luego a México, en donde rehízo una vida. Y así se convirtió en una artista anglo-mexicana como la describe, por ejemplo, Wikipedia. Una artista de que Poniatowska diría que “México puede ostentar la joya más preciada en la corona del surrealismo, o mejor dicho, la estrella más alta en el alto árbol de quienes quisieron transformar al mundo: los surrealistas”. Una artista alejada de los movimientos del arte político como el muralismo, pero universal en su manera de retratar su mundo onírico.
Tan relevante ha sido Carrington para el arte y la cultura en México como su narradora, Elena Poniatowska: una rubia polaca que en lugar de quedarse viviendo de sus abolengos, fue capaz de subvertir todo el orden que las mujeres de su tiempo hubieran tenido que respetar para convertirse en una de las intelectuales más amadas y respetadas de habla hispana.
Eso también, lo de la revolución contra sí misma, hace parte de los puntos en común que tiene con la artista. Y es probablemente eso, el espejo que las refleja, lo que le permitió escribir a Poniatowska un libro que el jurado del premio Seix Barral resaltó pues “en un escenario cosmopolita y con recursos verbales magistrales, Elena Poniatowska construye una figura femenina turbadora en la que se encarnan los sueños y las pesadillas del siglo XX”.