“Hay arte en todos los lugares, incluso en esos en donde a los humanos se les empieza a olvidar lo que son por la escoria en la que viven. Donde hay seres humanos hay arte”, sentencia Paulo Lins, el autor de la novela Ciudad de Dios (1997), que dio origen a la celebrada película dirigida por Fernando Meirelles y Katia Lund del mismo título, en 2003. “Soy negro, pobre y provengo de una favela”, agrega Lins, quien vivió desde los 8 hasta los 32 años en Cidade de Deus, uno de esos enormes barrios de invasión a las afueras de Río de Janeiro. Gracias a la poesía pudo despistar ese destino imperdonable al que estaban sentenciados todos los chicos como él: empuñar armas a los 8 años para luego jugar con fusiles rusos a ser los dueños del lugar y a los 20 años morir. Por eso, si Lins dice que el arte lo puede todo, es porque lo puede.
El escritor brasileño, que por estos días y por primera vez visita tierra colombiana, como invitado a la Fiesta del Libro y la cultura de Medellín, es el menor de cuatro hermanos. Por un pacto familiar, se convirtió en el elegido para ir al colegio y luego a la universidad. Sus hermanos, mientras tanto, trabajarían para sostener los gastos de la casa y su educación con la esperanza de que cuando Lins fuera grande y graduado se convirtiera en alguien exitoso y pudiera sacarlos a todos de la miseria. El pacto se cumplió.
Tenía menos de 30 años cuando una antropóloga le pidió que la ayudara en un trabajo de investigación en su favela. Lins pasaba las tardes hablando con sus amigos, esos jóvenes que sin saber muy bien cómo, se habían enlistado en la delincuencia. “Los conocía casi a todos y ninguno estaba feliz de estar ahí. Había mucha rabia y tristeza”, recuerda el escritor, y añade: “en las favela de Ciudad de Dios (con algo más de 65.000 habitantes) o la de Rocinha (de 500 mil habitantes), la mayoría de las personas son trabajadores, gente buena, los criminales son los más pobres entre los pobres”.
Sin saberlo, Paulo Lins, el juicioso estudiante de literatura, cocinaba una novela que iba a gozar, por primera vez, de testimonios reales de los protagonistas de esas realidades incomprendidas por las clases medias brasileñas, que habían oído de las favelas por las ocasionales informaciones de los diarios.
Su novela fue catalogada como una patada en el estómago para la clase dirigente del Brasil, ausente de las realidades de más del 40% de la población que vive bajo los índices de miseria. “Mi novela, más que una denuncia, es una realidad cruda, porque estoy convencido de que la literatura no puede hacer lo que les corresponde a los políticos”.
La venta disparada de más de 20.000 ejemplares en un tiempo récord y la cesión de los derechos de traducción para editoriales de EE.UU., Francia, Italia y el Reino Unido hicieron que el éxito de la atrevida novela de Lins llegara a los oídos del director Fernando Meirelles, que sin haber jamás puesto un pie en una favela como la que narraba Lins, quiso aventurarse a retratarla.
La película hizo que los alcances del libro se multiplicaran: “con la película, más políticos empezaron a hablar de solucionar el problema, incluso Luiz Inácio Lula da Silva decidió poner en marcha un programa de recuperación. Pero fueron más las palabras que las acciones”, se lamenta Lins con ironía.
Aunque el carioca, que le regaló letras a esa favela en la que Dios parecía estar sólo en su nombre, se muestra tan incrédulo sobre los alcances de su obra en la política de sus país, y como si su propia historia conjurara el destino de su novela, los diarios titulan “Ciudad de Dios, por fin en paz. El Gobierno del Estado de Río de Janeiro consigue extirpar la violencia y el narcotráfico que asolaba la favela carioca más conflictiva” (El País de España, 17 de septiembre). Quizás sea como él lo dijo, quizás el arte lo pueda todo.