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Lo bonito es estar vivo

Con “Ríos y silencios”, Juan Manuel Echavarría ha recorrido desde hace 12 años más de 200 escuelas abandonadas, principalmente en los Montes de María, en donde sus acompañantes son excombatientes de la guerrilla o paramilitares desmovilizados.

01 de mayo de 2019 - 09:00 p. m.
Las fotografías presentan una técnica impecable y novedosa a partir de imágenes digitales que se imprimen con procesos análogos. / Juan Manuel Echavarría
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Ríos y silencios, del artista Juan Manuel Echavarría, es la exposición más ambiciosa de toda su carrera, en donde reúne obras de más de veinte años de trabajo. Esta antología incluye dos décadas en las que ha investigado a fondo la guerra en nuestro país, los trabajos icónicos del artista y el proyecto más reciente que ha realizado junto a Fernando Grisales. ¿De qué sirve una taza? En este último, Echavarría y Grisales buscan la humanidad de los participantes de la guerra mediante los objetos que encuentran donde se instalaron los campamentos.

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La muestra se puede ver hasta mayo en el sur del país, en la Universidad de Nariño. Cada pieza de esta exposición potencia y conforma la memoria colombiana y abre la posibilidad de reflexionar en torno a la guerra. Ríos y silencios ofrece una respuesta para los que niegan el conflicto, ya que no solo se visibiliza el peso de las estadísticas que registra el Centro de Memoria Histórica de las 4.210 masacres realizadas entre 1958 y el 2018 en Colombia, que han dejado 24.447 víctimas mortales y más de siete millones de personas desplazadas durante el conflicto interno, sino que también hace evidente el dolor de quienes han sufrido las consecuencias del conflicto armado.

A Echavarría le encanta darles crédito a las personas que trabajan con él, en un acto de humildad y conciencia de que la guerra es la miseria de Colombia. El artista insiste en que solo entendiendo a los actores y reconciliándonos con ellos podremos cambiar la mentalidad de la guerra. Las fotografías presentan una técnica impecable y novedosa a partir de imágenes digitales que se imprimen con procesos análogos. Son huellas, rastros, memoria de la humedad, de los niños y profesores que las habitaron. A través de ellas solo se siente la guerra. La selección de fotografías presenta la elipsis de los cientos de escuelas del país abandonadas por medio de las cuales se percibe la gravedad de la situación que atraviesa la educación en el ámbito nacional.

Unas de estas escuelas se convirtieron en centros de tortura, como algunas del sur en el país. Cada fotografía narra una historia. Detrás del tablero está la masacre, lo que sucedió. Los habitantes han ido regresando. Primero los hombres, quienes se refugian en las escuelas, donde la vegetación se come las ruinas, ya que en los pueblos no hay nada. Las escuelas han sido abandonadas por diferentes razones: incursiones de paramilitares, guerrilla o Ejército. Ríos y silencios nos permite visibilizar no solo el conflicto, sino una de las razones más fuertes por las que se da la guerra: la falta de oportunidades para estudiar en las zonas apartadas del país.

Esta serie empezó con una invitación al corregimiento de Mampuján, ubicado en Montes de María, Bolívar. Este lugar fue abandonado por la incursión del bloque Los Héroes en el año 2000. Un grupo de sesenta paramilitares al mando de Rodrigo Mercado Pelufo llegó al municipio de María la Baja, Bolívar, y les ordenó a sus habitantes desplazarse a más tardar en la madrugada. Entre las amenazas, les decían que si no se iban les “pasaría lo mismo que a los pobladores del Salado”, refiriéndose a la masacre ocurrida un mes antes. Según el testimonio de los pobladores, los ‘paras’ violaron a varias mujeres. Estos hechos produjeron el desplazamiento de más de 300 personas. Años después, Echavarría fue invitado a la celebración del retorno de la población a un pueblo, cerca a María la Baja. Cuando estuvo allí todo se lo había comido la naturaleza, era un pueblo fantasma. Sin embargo, en el recorrido que hizo encontró un aula sin techo, en cuyo tablero se podía leer: “Lo bonito es estar vivo”. El artista se conmovió con la profesora de la escuela y recuerda esta frase como una de las que lo han impulsado a seguir su camino, comprometido a aportar para hacer la diferencia.

Los que conocemos a Echavarría nos damos cuenta de que, por medio de la Fundación Puntos de Encuentro, él ayuda a los excombatientes a regresar a una sociedad tan esquiva a la paz y a los procesos de reconciliación. Él, con la ayuda de un equipo de artistas y otras personas, realizó la reconstrucción de la escuela en Mapiraján, Sucre, para que los niños puedan estudiar. De este proyecto me enteré a finales del 2018, sin espectáculos mediáticos.Echavarría es un artista que transita de manera real las huellas del conflicto; lo hace a pie, en jeep por trochas, en canoa, en burro. Cuando llega a una población, piensa que a muchos de los niños les toca realizar estos mismos recorridos para poder llegar a su escuela. Habla con la gente, escucha a los pobladores que relatan de manera sensible y humana la historia de más de cincuenta años de conflicto. Su obra se centra en las poblaciones que han sido afectadas por la guerra. Echavarría conoce y recorre la geografía recóndita del territorio y sus habitantes, posee el aliento de la utopía de poner un grano de arena para restablecer el país, cree en la paz, pues ha observado las barbaries de la guerra. Su obra interfiere lo cotidiano, nos mueve del lugar seguro, cuestiona qué le están haciendo a nuestro país y al mismo tiempo nos proporciona esperanza.

El artista piensa que en nuestro territorio existe un conflicto que en el imaginario colombiano se presenta ajeno a la ciudad. Existe una separación abismal entre lo urbano y lo rural. Echavarría transita y ausculta los lugares donde se han producido los enfrentamientos entre la guerrilla, los paramilitares y militares. El primer suceso y punto de inflexión en su obra que lo llevó a examinar la guerra fue el de la masacre en el municipio de Saboyá, en el departamento del Chocó, en el 2004. Allí en mitad del dolor, el estupor y la pobreza supo que estaba ligado al país y de este viaje concibió uno de los videos más potentes de la historia del arte colombiano, mediante el cual nos quedan grabados las canciones y los rostros de algunos sobrevivientes de la tragedia.

En Bocas de Ceniza los protagonistas cantan una tragedia, donde la ceniza de los muertos, de las casas, de la iglesia, se las lleva el viento o tal vez desembocaron en las bocas del río. Estas plegarias conmovedoras se reflejan en los rostros, el agotamiento, la incertidumbre y el dolor de seres humanos que han sucumbido al terror. Uno de ellos es Noel Palacios, hoy el “Negrito del Swing”, cuya carrera musical ha sido apoyada por Echavarría. Él es uno de los cantantes del conmovedor video realizado entre el 2003 y 2004 y uno de los sobrevivientes de una masacre que dejó 119 muertos y 6.000 desplazados. Noel, con los ojos aguados y la voz entrecortada, canta: “Eran las seis de la mañana compadre, cuando sucedió un caso muy grave, sonó un fusil, sonó una AK, sonó una metralla, respondieron los paras, se pasaron a Bojayá y allá fue cosa seria, se fueron tejiendo un plomeo y la gente asustada, pensaron en una idea de irse para la iglesia y estaban seguros que allá nada les pasaba…”.

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Tengo una gran admiración por el trabajo de Juan Manuel Echavarría. Su obra es la de un ser humano que le entrega su vida al país. Recuerdo un sábado en que nos reunimos a realizar el montaje de la exposición de La guerra que no vemos visto, donde él actúa como un artista-productor. Sin olvidar nunca los créditos de los protagonistas de la muestra, en esa oportunidad cada uno de los participantes tuvo la oportunidad de narrar su historia y ser guía de esta exposición. En el almuerzo quedé sentada en mitad de dos hombres. El primero era un joven de 22 años, quien me contó que a los 15 años ingresó a las autodefensas (Auc) por cuenta propia, motivado por el dinero fácil, la estética de los narcos: camionetas, motos, licor, mujeres con implantes de silicona, pero con el tiempo se desmovilizó, pues estuvo involucrado en el asesinato de un personaje con grandes influencias en el Gobierno. El segundo era Caliche, quien perteneció a las Farc. Me expresó la añoranza por sus amigos, la vegetación, el cielo azul y las montañas y enfatizó que no hallaba razón de la guerra. Ese día tuve la convicción de que los actores son seres humanos, que la tierra y la vida son sagradas y que el país podría tener algún día paz, como en ese momento, sin importar quién fuese.

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Esta exposición me abrió también la visión al arduo y casi secreto trabajo de Echavarría con su Fundación Puntos de Encuentro, en donde se encuentra una selección de pinturas realizadas por excombatientes, que fueron uno de los resultados de los talleres de pintura realizados a desmovilizados de los frentes paramilitares de las Auc, exmilitantes de las Farc y muchachos de algunos batallones del Ejército que han enfrentado la guerra y han salido malheridos. La muestra nos emplaza en la geografía rural del país, en campos, selvas, valles y vastos territorios, sitios aislados e impenetrables, alejados de los centros urbanos. Nos lleva a un paisaje plenamente verde, atravesado por ríos, que conforma un país excesivamente rico en recursos naturales, el cual es un territorio codiciado por la guerrilla o los paramilitares y que es disputado a causa de un negocio altamente rentable: el narcotráfico. Echavarría da cuenta de la guerra que se enmarca en 131 municipios cercados por el conflicto y encerrados por su topografía, que ocultan grandes extensiones de cultivo de coca.

Las narrativas de las pinturas revelan testimonios en primera persona, “trans-historias” sin edición de ningún tipo, que se mueven entre polaridades de lo conmovedor a lo atroz. Nos muestran la humanidad y toda la perversidad del ser humano. Al mismo tiempo, ponen de manifiesto la redención de estos excombatientes y personas que han vivido directamente el conflicto.

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Réquiem NN es otra de las obras que podemos observar en el recorrido de su trabajo, un montaje en el que se ve un cementerio; es un ruego por las almas de los difuntos en Puerto Berrío. Allí, el artista se encuentra con una serie de tumbas particulares en el camposanto, en los que se hallan cuerpos o fragmentos de personas muertas que los pescadores han recogido en el río Magdalena. Por medio de un acuerdo, la Fiscalía permitió que los campesinos pudieran rescatar los restos de los N.N. y que se pudieran enterrar en un cementerio y no en una fosa común. Estas son adoptadas en un acto surreal con la “psicomagia”, realizada por personas del pueblo, que las apadrinan y les piden favores a las almas del Purgatorio. Les rezan para que encuentren el descanso eterno y las almas errantes que han perdido su nombre realizan el milagro. De esta manera reciben un nombre y el apellido de la familia a veces con las mismas iniciales por N.N. “Norbey Nemeses”. El artista fotografía cómo se transforma el cementerio y visibiliza lo invisible.

Echavarría siempre tiene clara la travesía, todo queda registrado en sus innumerables diarios de campo, al fin y al cabo la escritura lo acompaña siempre. Lo invitan a las universidades, conversa con los estudiantes de la guerra, de su obra, de sus viajes. Su obra puede estar en el Congreso apoyando la iniciativa de “Al colegio no falto”, de la representante a la Cámara Juanita Goebertus, quien propone transporte gratuito para que todos los niños del país puedan asistir a sus escuelas, o en el Museo del río Magdalena, en Honda, cerca del río que ha sido protagonista de tantos asesinatos. Su obra es esteticista por naturaleza, entre el dolor se filtran la belleza y la exuberancia de la naturaleza que se niega a perecer y de la humanidad de un país que no quiere que se repita la historia.

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