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Lo bueno, lo malo y lo feo

Después de revisar los acontecimientos más relevantes del año, nuestro columnista asegura que, aunque la cultura no retrocedió, tampoco mostró avances representativos. La noticia central, sin duda, fue la muerte de Fanny Mikey.

28 de diciembre de 2008 - 04:30 p. m.
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Éste que acaba fue uno de esos años que, desde el punto de vista cultural, pasó sin pena ni gloria. No hubo acontecimientos excepcionales ni nada que permitiera pensar que hay avances en nuestra vida cultural. El que no haya habido retrocesos mayores es un consuelo necio y uno quisiera volver a esos tiempos donde cada año había una nueva etapa cultural que permitiera decir que hubo progresos. Pero no sigamos con esa retahíla de los ancianos, de que todo tiempo pasado fue mejor, y recordemos algunos de los hitos, para bien y para mal, de lo que fue la cultura en 2008.

Desde luego, la noticia central fue la desaparición de Fanny Mikey, una generosa empresaria de la cultura (además de excelente artista) que creó monumentos como los teatros nacionales y los festivales de teatro, con la característica de que, al revés de otras empresarias, lo que hacía era en provecho de la cultura y no para crearse pedestales y que hablaran de ella. Aparentemente, su sucesor nombrado, Ramiro Orozco, decidió no aceptar el cargo y Marta de Pizarro, quien estuvo tanto tiempo al lado de Fanny, y que era una candidata lógica, se retiró de la organización, la cual permanece acéfala y uno comienza a sentir temor por el futuro. Tampoco se dio el paso lógico de bautizar alguna de las salas con el nombre de Fanny, y este homenaje también se echa de menos.

Por el contrario, una buena noticia en el campo cultural fue que, por fin, el premio Simón Bolívar a la vida y obra de un periodista se saltó a columnistas y comentaristas políticos y se dio a un hombre de cultura, Bernardo Hoyos, quien se ha destacado en forma notable en esta ingrata tarea. Que es ingrata porque cada día se ve menos interés en los periódicos por la cultura, que invariablemente se está relegando a la categoría de relleno. Desde luego, los periódicos no son los únicos culpables: quienes organizan espectáculos culturales, obras de teatro, conciertos y conferencias, pareciera que estuvieran interesados en que nadie supiera lo que están haciendo, pues nunca llega una noticia a los diarios. Lo mismo que pasa con el famoso canal cultural de la televisión, que tiene muchos buenos programas pero que es el único canal de TV que no publica en parte alguna su programación y por eso ella se pierde.

Desde el punto de vista musical, es bueno decir que tanto la Sinfónica como la Filarmónica ya tienen directores permanentes, que ojalá duren ya que los misteriosos problemas laborales de esas entidades no son campo fértil para hacer buena música. La Filarmónica ganó un Grammy Latino con una recopilación de sus grabaciones de arreglos de música popular colombiana y, aunque esa es noticia para congratularse, uno hubiera pensado lo bueno que sería si, en lugar de ese tipo de arreglos (que para muchos tergiversan el carácter de las obras originales), se hubieran hecho discos con obras sinfónicas de músicos clásicos colombianos, que además son rigurosamente ignorados en las programaciones de nuestras orquestas.

Nuestra principal proveedora de recitales sigue siendo la Luis Ángel Arango, que ha disminuido en forma notoria en los últimos años los artistas internacionales que presenta, pero que, en cambio, tiene una serie laudable con músicos colombianos jóvenes en donde se da oportunidad a nuevos artistas.

En Cartagena se están tratando de revivir los festivales de música que hace medio siglo hizo Guillermo Espinosa y, aunque las programaciones son algo elementales, han tenido el acierto de hacer conciertos populares para el gran público que, sospecho, están oyendo a Beethoven y Mozart por primera vez. Hubo nuevamente lo que llaman en forma pomposa “temporada de ópera”, si temporada se puede llamar la presentación de dos títulos archi-conocidos y, aunque me cuentan que este año fue menos mediocre que otras veces, se siguen gastando en esas temporadas sumas astronómicas sin que quede detrás nada que apunte para el futuro: lo único que les importa es hacer un espectáculo y no crear una institución permanente.

Siguen los movimientos teatrales y, aunque no se crea, en Bogotá hay una veintena de salas que presentan obras en forma casi continua, pero —como ya se dijo— pareciera que no les importa que la gente conozca su labor ya que jamás hacen el más mínimo comunicado de prensa. Y como tienen miedo a la crítica, se abstienen de invitar a comentaristas, quienes, en el peor de los casos, alguna guía pueden proporcionar y, en el mejor de ellos, ayudar a que lo que se hace se conozca.

Lo anterior resume algunas de las principales facetas de lo que hubo este año en la cultura, pero es de esperar que los años siguientes tengan mejor calidad para mostrar. En últimas, la cultura es demasiado importante en la vida como para que no se desarrolle.

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El mundo editorial “tuvo una labor meritoria”

Según el experto en cultura Manuel Drezner, el gremio que se mantuvo incólume durante este año fue el editorial: “Se editan nuevos libros de autores colombianos, las ferias del libro tienen asistencia masiva del público y las editoriales hacen una labor que es meritoria”.  En lo único en lo que no se ha trabajado es en rebajar los precios de los libros que, entre nosotros, con todo y el progreso de la industria editorial, siguen siendo más caros que en Argentina, México y la misma España.

Vale destacar el libro que anualmente dedica Seguros Bolívar a un artista nacional, este año editado  con el cuidado y el buen gusto de Villegas Editores y dedicado a la obra de  Manuel Hernández. Además el libro cuenta con los textos de Juan Gustavo Cobo Borda.

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