Con la decisión de la familia Lorca de permitir que se abra la fosa común en la que sus asesinos enterraron al poeta no acaba la controversia en torno a lo que ha de pasar con los restos más tristemente célebres de la represión fascista durante la guerra civil española.
Francisco Ayala, granadino como Lorca, y casi contemporáneo suyo, nos decía que él es “partidario de no tocarlo”. El autor de Diálogo de los muertos, una espeluznante crónica teatral en la que cadáveres de uno y otro bando hablan sobre las consecuencias morales y políticas de la contienda, cree que “no hay que trapichear con los cadáveres”. Sencillamente, “no hay que hacerlo”. Él es contrario de que se esté “jugando con los restos; lo creo en general, no hay que jugar con los restos, y muy señaladamente lo creo en el caso de Lorca. Nada, no hay que hacer nada”.
Pero la familia ha hecho bien, dicen otros: ha permitido que los otros familiares puedan desenterrar a sus muertos. Ahora resurge, en ese presunto desenterramiento, un problema que, según el también granadino Luis García Montero, poeta, La familia ha hecho bien, tenía que permitir que la fosa se abriera, los demás familiares están en su derecho de rescatar los restos de sus muertos. Pero ahora viene, nos decían ayer algunas de las personas que consultamos al respeto, el principal problema, el que, como nos decía el poeta granadino Luis García Montero, “había mantenido a los Lorca reticentes a permitir esa apertura de la fosa”.
Ahora, nos decía García Montero, persiste el peligro de convertir el desentierro en “un circo mediático”. Si se mantiene la discreción, y ese lugar no es motivo de otro peregrinaje que el ya se hacía, “a un sitio que fue para muchos granadinos progresistas un espacio de revindicación de la memoria de las víctimas de la represión fascista”, Laura García Lorca yhacerlo; pero ahora viene, según algunas de las personas con las que hablamos ayer del asunto, dicen algunos de los que sobre la tumba marca el final de una incertidumbre pero abre una nueva controversia(¿habría consenso para buscar los restos de todos los asesinados enterrados en ese lugar de Granada donde yacen el poeta y sus compañerospolémica sobre si ese permiso familiar se iba a otorgar, pero abre otra controversia: ¿qué pasará cuando y contribuye a cerrar las heridas que aquella guerra abrió en España.
Pero no todo el mundo piensa lo mismo, claro. Despejadas las dudas que tenía la propia familia Lorca sobre si esa fosa
debería abrirse, hay quienes siguen temiendo que la revelación del lugar de la tumba común, que Lorca comparte con otros perseguidos asesinados por los fascistas en Granada, puede convertir el sitio en un lugar en el que el morbo sustituya la reivindicación histórica.
Ese es un temor. Lo explica Javier Marías, que estudió con Laura García Lorca, sobrina de Federico y presidenta de la fundación del poeta. “Lo que ha dicho Lauri es bastante claro y sensato. No se oponen a que otros familiares hagan lo que quieran con sus muertos, pero ellos desearían que a Lorca se le deje donde está. Eso es respetable, sensato y acertado”.
Cualquier traslado, además, considera Marías, “atraería a políticos a una romería que convertiría aquello en una industria turística político-cultural”. “Que no se toquen ni se examinen los restos. Si la familia no quiere, que no se toquen. Siempre me ha parecido una faklta de respeto, una manipulación, que toquen los muertos, sobre todo si son muertos antiguos”.
Es una grave controversia. Antonio Muñoz Molina, granadino también, nos decía que él considera “legítimo” el deseo de las personas “de recuperar los retsops de sus mayores”. Esas personas fueron fusiladas, “y fueron enterradas fuera de la ley”. A esas alturas del tiempo, añade el escritor, “¿hasta qué punto la autoridad máxima es la familia, con todos mis respetos? Pues los restos de Lorca no son los de un hombre en su ñámbito privado, aquí se mezcla lo privado con lo público, y García Lorca es lo más universal que tenemos. Eso es algo que no puede eludir ni la familia ni el público”.
Francisco Rico nos decía lo contrario. “No apruebo la idea de ehumar los restos de Lorca. Me parece mejor que sigan donde están, en el mismo lugar que los otros asesinados. Lorca es todos los muertos y todos los muertos son Lorca. Levantar el barranco de Víznar, limpiar y clasificvar los huesos, tomar muestras de los análisis de ADN… todo eso es un espectáculo que me desagrada. Respeto los sentimientos de algunos familiares, pero no entiendo demasiado ese afán por recuperar esqueletos. Y, además, ¿luego qué? ¿Lorca a un mausoleo y los demás a nichos? Prefiero un parque donde “no haya cosa en que posar los ojos / que no sea imagen de la muerte”. Pero con piedad y serena distancia”.
El historiador Santos Juliá respira la misma convicción que Rico, y la subraya con una frase de Manuel Azaña sobre la controversia creada en España sobre el traslado desde Finlandia, donde se suicidó, de Ángel Ganivet, granadino también. Decía Azaña: “Lo primero que se hace con los hombres ilustres es desenterrarlos. En España la manía de la exhumación sopla por ráfagas”. Y ahora estamos en una ráfaga, “y no la comprendo”. “Quién gana con eso, y cuánto se pierd3e. Se ha conservado en Vñiznar un lugar de la memoria, allí está el lugar del crimen, es un cementerio que nunca nadie tocará nunca. Me da tristeza que eso pueda destruirse. ¿Qué va a pasar cuando se exhumen los restos? ¿Qué va a suceder con el lugar? Que se haga lo que en Derecho corresponda, pero me produce tristeza.