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Los años del libertinaje

La guerra verbal entre católicos y protestantes, que alcanzó niveles de vulgaridad en el siglo XVI, abrió el camino a una tercera vía que consistía en no creer en nada.

05 de noviembre de 2015 - 10:47 p. m.
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Su máxima suprema rezaba que no hay más divinidad en el mundo que la naturaleza.

Ese período de fuego religioso y humano fue recuperado por Alexandrian, un historiador del arte que desentrañó el tercer camino, el del libertinaje, seguido por gente tan culta como aquella que libró desde la religión una batalla de palabras de grueso calibre.

Un profesor universitario de nombre Simon Lemnius escribió Las bodas de Lutero para lanzar ofensas, como aquella en la que afirma que la mujer del reformador pagaba por sexo a los jóvenes y a uno de ellos le decía: “que el golpe de tu nervio resuene en mi séptima costilla”. Del otro lado, el humanista Henri Estienne escribió textos sobre lo que él llamaba lubricidad y lujuria de la gente de la Iglesia.

Por fuera de esa guerra, los libertinos de la tercera vía dieron rienda suelta al sexo explícito en verso y prosa, lo que desencadenó la persecución contra estos escritos y, a la vez, multiplicó el anonimato y la crudeza de las narraciones. Esta era fue llamada por Alexandrian la edad de oro del libertinaje.

Hasta los cuentos de hadas, tan afines a los niños, se transformaron en canciones obscenas o monstruosos textos como el del francés Claude-Henri Fusée de Voisenon, un hombre que se ordenó sacerdote pero no pudo escapar de lo mundano.

Su obra El sultán Misapouf y la princesa Grisemine, escrita en 1746, es considerada la ópera prima de los cuentos de hadas eróticos. Acogiendo el estilo, había una vez un sultán que le cuenta a Grisemine la manera como su madre quiso prepararlo para la vida y a los 15 años lo puso en manos de la hada tenebrosa que hizo que su alma pasara por el cuerpo de muchos animales, pero antes de ese suplicio lo convirtió en bañera. El sultán relata que el agua caliente que le echaron lo quemaba y, lo peor, que el hada se desnudó y se metió a la bañera. “Mis ojos, cuyo uso me había dejado el hada por maldad, me permitieron conocer que aquel peso era un gordo trasero negro y aceitoso perteneciente al hada”.

El género estaba tan de moda que hasta Denis Diderot, uno de los padres de la Enciclopedia, cayó en sus redes con Las joyas indiscretas, una historia de la que siempre se arrepintió y donde el sexo de la mujer es fuente de placer, pero también de riesgos, porque tiene el don del habla, es decir, el poder de revelar secretos.

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