“La historia del arte colombiano no es proporcional a la historia social”, sentencia el artista Rosemberg Sandoval, el mismo que escupió burbujas de sangre a la estatua de la Plaza de Bolívar para ver su bronce teñirse de verde. “El artista debería producir contrarrespuestas, pero los artistas en Colombia son muy dóciles, muy obedientes”, añade el artista. Sandoval hizo del arte un escudo para salir ileso de la realidad apabullante que vivió de niño con una madre enferma y unos hermanos de manicomio. “Y yo estaba ahí, con aspecto de loco y de marica produciendo arte”, dice con ironía y dejando un eco en la inmensa sala blanca de la galería Casas Riegner, que recoge por estos días algunas de sus obras inscritas entre 1981 y 2012.
Excavando realidad es una recopilación de trabajos de los últimos 30 años de un artista que ha logrado colar sus obras en las colecciones Daros de Zúrich y Prometeo de Italia. La muestra se articula en tres niveles. En la primera sala hay una selección de mapas de los años ochenta y algunas geografías actuales talladas con un puñal. “Estos mapas de mis comienzos tienen una particularidad, pues están hechos con materiales recogidos que están gastados de antemano. Yo no compro nada nuevo; uso una sábana desgastada, un delantal, la colcha de un bebé. Encuentro placer en trabajar con estos materiales con pasado”, explica Sandoval, quien desde sus primeras obras hizo evidente su intención de “lumpenizar el arte”. “El contexto del que provienes te determina, pero no te puedes quedar en el lamento. La gente se queda en el lamento y yo creo que uno desde la pobreza puede producir muy buenas cosas, porque el pensamiento no conoce de clase social”.
Rosemberg Sandoval, lo muestra la exposición, ha vuelto a retar a sus fantasmas de reproducir mapas en su más reciente obra. “Agarré un puñal y rasguñé el papel, que fue cediendo, se fue hiriendo y se volvió una cicatriz. El mapa va cayendo, como si la geografía se descascarara, y entonces se sugiere todo el deterioro del imperio americano. Aparece Cuba carcomida. Por supuesto, todo es intencional, en el arte no queda nada al azar”.
El puñal es un elemento fundamental en su trabajo más reciente. Es, dice él, una forma de llevar una acción performativa en privado. Así, en el centro de la galería hay una obra que sirve como ancla de la exposición y que deja ver sólo unos vestigios de lo que en el pasado fuera una imagen del Señor de los Milagros de Buga, propiedad de su padre. El Cristo robado ha perdido su cara, el marco ha perdido su forma, el puñal de Sandoval lo ha dejado en rasguños.
En la última sala se recogen testimonios de sus performances y acciones más importantes. Como ese que en 1999 hizo llevando a un indigente para dejar una estela de mugre grisácea sobre las paredes de un museo, acción que luego repitió sobre dos inmensos lienzos. Están también sus frottages hechos con óxido de hierro sobre telas que, de forma ilegal, recubrieron unas reliquias de San Agustín y registraron sus superficies.
Las obras ahí puestas, testigos de su pasado y evidencias de su presente, oyen las palabras de Sandoval, que las declara políticas: “El arte es siempre una excavación de la realidad. Hago política desde el arte, entendiendo lo social, político y económico desde el arte”. Quizás en silencio, en ausencia de su creador y frente al espectador, se sacudan ese sentido y cobren uno insospechado.