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Los buitres de la moral

Dieciocho años después de que Kevin Carter tomara la foto, los padres de Kong Nyong, el niño que aparecía junto a un buitre, contaron la historia de su pequeño, quien murió hace cuatro años de fiebres, según publica 'El Mundo'.

21 de febrero de 2011 - 06:06 p. m.
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En un comienzo todo fue tergiversado. La foto de una niña acechada por un buitre en la aldea de Ayod, Sudán, estudiada y analizada miles de veces bajo microscópicas técnicas, pudo haber sido tomada con un teleobjetivo y desde una distancia superior a los 20 metros. “Si tú tomas un teleobjetivo, aplastas la perspectiva con el niño en primer plano y de fondo los buitres, y parece que se lo van a comer, pero eso es una absoluta patraña, quizá el animal esté a 20 metros”. José María Arenzena y Luis Davilla estuvieron en la misma zona donde Kervin Carter tomó su fotografía, y en la misma época. Vieron centenas de buitres y los registraron también. Para ellos, la fotografía, que sería primera plana de The New York Times en marzo del 93, y premio Pullitzer en 1994, tenía dos grandes méritos: la composición y el manejo técnico de Carter. No obstante, era una escena común en la Sudán acosada por la hambruna de aquellos tiempos, una escena que varios fotógrafos captaron. No entrañaba el riesgo que sugería.


Cuando la imagen comenzó a recorrer el mundo, Carter relató la historia. Dijo que en la aldea de Ayod se había encontrado con una niña de cuatro o cinco años que iba hacia un centro de refugiados. Hizo varios retratos, se sentó a descansar y vio al buitre. Obturó una, cinco, diez veces y aguardó. Esperó a que el buitre desplegara sus alas para que el dramatismo de la imagen fuera mayor. Sin embargo, el ave continuó en su lugar. Carter lo ahuyentó, según su propio relato y el del fotógrafo Joao Silva; la niña continuó su camino y él el suyo. Minutos más tarde se sentó a la sombra de un árbol y se largó a llorar. El 23 de marzo se inició una infinita serie de rumores, críticas, debates, acusaciones, preguntas y respuestas, posiciones y conflictos éticos que terminaron de explotar en julio de 1994.


Ya Carter había recibido el Pullitzer. Ya había suscrito un trascendental contrato con la agencia Sygma. Por un lado, era una vedette. Por el otro, poco menos que un asesino. Los “salvadores del mundo” lo juzgaron y condenaron sin haberlo escuchado siquiera. Dijeron que él había dicho: “Es la foto más importante de mi carrera, pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”.


Dijeron que había preferido una imagen a una vida, sin que en el juicio se tuviera en consideración que Carter había pasado gran parte de su vida haciendo fotografías de ejecuciones públicas, linchamientos, incendios provocados y tiroteos entre bandas o guerrillas que mostraban el mundo de barbarie del apartheid sudafricano.


Dijeron, sentenciaron. Carter, Silva y Ken Ooesterbroek hacían parte The Big Band Club, un grupo de reporteros gráficos que se dedicó a mostrar y enfrentar la crueldad en África. Se infiltraron entre los guerrilleros, fueron perros callejeros y seres de los bajos fondos. Bebían y comían lo que fuera y hablaban sólo lo necesario. El destino los masacró. Oesterbtroek pereció en medio de una trifulca de balas y sangre en un barrio periférico de Johannesburgo. Carter parqueó su camioneta a la orilla de un río en el que solía jugar cuando era niño. Enchufó una manguera al escape de gas y murió. Tenía 33 años. Silva los sobrevivió, tal vez para contar sus historias. Fue él quien aclaró que por los alrededores de Ayod había infinidad de buitres. Fue él quien explicó que la niña de la foto, que en realidad fue niño y falleció hace cuatro años por altas fiebres, llevaba por nombre Kong Nyong, y que en el momento de los sucesos estaba utilizando el terreno aledaño a un campamento de refugiados como baño.


Los buitres, añadió Silva, merodeaban la zona precisamente por las heces de los refugiados que había dejado la reciente guerra civil en Sudán. Silva, por último, aclaró que Kevin Carter sufría de reiterados cambios de humor, y que incluso ya antes había intentado suicidarse. La historia, sin embargo, se encargó de decir otras cosas, quizá porque esas otras cosas vendían más. Carter fue la víctima de las primicias. En su nombre, las tergiversaciones se volvieron verdad.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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