Por muchos años a Haydn se le consideró como autor de unas cuantas sinfonías y pare de contar. No importaba que Mozart lo hubiera considerado como maestro ejemplar y que Beethoven lo creyera el más grande músico de sus tiempos. La gente obtusa se obstinaba en creer, parafraseando el viejo chiste, que Haydn no había escrito 104 sinfonías sino escrito una sinfonía 104 veces. No lo ayudó mucho el que no se hubiera movido en las grandes cortes de Viena y París, sino que pasó buena parte de su vida al servicio de un noble provinciano, para quien tenía que escribir desde la música para los grandes banquetes hasta el acompañamiento del galope de sus caballos.
Pero hace alguno años investigadores que sí sabían dónde ponían las garzas, en especial el insigne Robbins Landon, comenzaron no a redescubrir (como sí pasó con Vivaldi) sino a mostrar los increíbles filones de oro que existían en la música Haydn. Primero fueron los cuartetos, el género que Haydn casi que creó, y ellos mostraron maravillas de invención y de melodías. Luego las sonatas para piano que mostraron que Beethoven no nació de la nada sino que existía un ilustre predecesor.
A continuación nos mostraron las Misas (Misa para tiempo de guerra, Misa Nelson y la Misa de la armonía o Misa de los vientos de 1802), un terreno que nadie había explorado, y ellas resultaron ser obras profundas y brillantes. Y después de todo lo demás, sus ingeniosas óperas —La canterina (1766), Lo speziale (1768), L’infedeltà delusa (1773), L’incontro improvviso (1775), Il mondo della luna, La vera costanza (1779), L’isola disabitata (1779), la fedeltà premiata (1780), Orlando paladino (1782) y Armida (1783)—, sus excelentes conciertos y todas esas sinfonías adicionales donde se encontraba un genio de la melodía y de la orquestación. En resumidas cuentas, Haydn pasó a ocupar el lugar que merecía al lado de los otros dos maestros del Clasicismo, Mozart y Beethoven, y mostró que estaba lejos de ser inferior a esas grandes figuras.
Haydn murió en Viena hace 200 años, en medio del fragor de los cañones napoleónicos, y da cuenta de su prestigio que los generales franceses disminuyeron su bombardeo nocturno en apreciación de Haydn. El gran músico ocupa ahora su lugar en la historia y la admiración hacia su obra crece cada día.
Pilar del clasicismo
El día de la muerte de Joseph Haydn, el 31 de mayo de 1809, Viena lloró, no sólo su muerte, sino la llegada de las tropas francesas a esta ciudad. Con la conquista napoleónica, algo terminaba en Austria, con la desaparición de este maestro del clasicismo también un gran genio se apagó, pues su arte fue despreciado, hasta que principios de este siglo recuperó su lugar en la historia.
Nacido el 31 de marzo de 1732, en un hogar ajeno a la música pues su padre era el reparador de carros del conde de Harrach, fue la escuela coral de la iglesia lo que lo acercó de niño a la música. Ahí encontró su lugar hasta cuando su voz dejó de producir esos tonos altos que se buscaba, en los niños y tuvo que dedicarse a trabajar como músico independiente. Se formó junto al maestro Nicola Porpora y luego empezó a trabajar como director musical del conde Fernando Maximilian von Morzin, en una época en la que los músicos eran miembros indispensables de las aristocracias y de las cortes.
No obstante, el verdadero desarrollo de su extensa producción musical, en la que primaron las sinfonías —género que se le atribuye—, pero que también tiene música sacra y algunas óperas menores, tuvo lugar durante los años que trabajó para la corte del príncipe Pál Antal Esterházy, donde además de componer dictaba clases de música, se ocupaba de los instrumentos, de la biblioteca musical y de los músicos que tenía a su cargo.
Considerado uno de los tres pilares del clasicismo junto a Mozart y a Beethoven, Haydn compuso durante el final de su vida importantes misas y oratorios. También compuso ‘El himno del emperador’ (1797), convertido en el himno de Alemania.
Así se conmemora el bicentenario
A pesar de que es este domingo cuando se conmemoran los 200 años de la muerte de Joseph Haydn, Austria celebra desde el 30 de marzo con más de 1.500 conciertos, exposiciones y muestras artísticas que se realizan en los principales museos y escenarios del país.
Su natal Rohrau ha sido el lugar de diversos actos, incluido el ya tradicional festival ‘Días de Haydn’ en el Palacio del Conde Harrach, mientras que la población húngara de Ödenburse se encarga de homenajear al músico con una serie de recitales.
Durante 2009 varias ciudades de Europa se han sumado a la conmemoración y en muchas de ellas el protagonista ha sido el maestro argentino-israelí Daniel Barenboim.
Crítico musical y columnista de El Espectador.