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Los mil y un rostros de Piedad Bonnet

Guardar en su casa fotografías de los escritores más famosos del siglo XX le sirve para inmiscuirse en las vidas de quienes pueblan su biblioteca. Libretas de apuntes, animales alados y objetos populares también la acompañan en sus horas de escritura.

24 de octubre de 2008 - 10:17 p. m.
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Le tomo fotografías a lo que no puedo poseer”, dice el epígrafe de un artista que leyó alguna vez y que le sirve para explicar su deseo de guardar retratos de escritores célebres. Fue esa misma inquietud la que la llevó, casi sin darse cuenta, a completar una colección digna de mostrar. Sabe que compró las primeras postales estando en Nueva York hace muchos años: “Me fui aficionando y apenas en este momento descubro que ya tengo todo esto”.

Sus manos repasan los rostros de Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Olga Orozco, Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Bioy Casares, André Breton, Truman Capote y Doris Lessing en un intento por acercarse a ellos, por capturar su espíritu. “Yo creo que todos tenemos fascinación por la vida y la imagen de los artistas. Pero cuando uno ama la literatura y los textos de estos seres humanos, uno a veces dice: ¡cómo me hubiera gustado conocerlos!”.

Siempre disfrutó con los retratos pictóricos y los autorretratos de Rembrandt pero con la fotografía tiene una especie de encantamiento: “Soy una gran aficionada y respeto mucho esa expresión del arte”. Está convencida de que el retratista tiene la capacidad de penetrar el alma de la persona y así, entre foto y foto, imagina cómo fueron esas vidas: “Mira a este anciano. Observándolo, sabes cuántas veces se baña, te das cuenta de que vive solo por la manera como lleva la ropa. Por ejemplo, mira la vanidad de Neruda tan impresionante, o éste que se siente un super-escritor, o éste que se cree lo máximo”.

Admira a los fotógrafos que se dedicaron a inmortalizar a los escritores más grandes del siglo XX: Henri Cartier Bresson, Sara Facio, Man Ray, por ejemplo, quienes captaron fielmente esas caras adustas, tristes, vanidosas, egocéntricas, bondadosas, sabias… Pero también los entornos que los rodearon, los objetos que tuvieron, el mobiliario que los acompañó y que sirven también como referentes históricos de los tiempos en que vivieron. “Mira la foto de Breton, los objetos tribales que enamoraron a Picasso, su biblioteca”. Cuando va a museos, busca las series de retratos. Observa detenidamente las fisonomías, las facciones: “Siempre con la curiosidad de saber qué podían transmitir esas caras, qué secretos revelaban”. Y también con la intención de acercar a su vida a esos seres a los que nunca podrá conocer.

En sus motivaciones de coleccionista caben también las libretas de apuntes, los diablos, los animales, las muñecas rústicas: “Todo eso proviene de cierta actitud fetichista. Tengo objetos que me remiten a la infancia, hay quienes dicen que los poetas somos muy infantiles y yo de verdad creo que tengo ese costado infantil”.

Junto a sus libretas llenas de apuntes, a medio empezar y sin estrenar, Piedad repara nuevamente en las fotografías. Virginia Woolf, Samuel Beckett, Arthur Conan Doyle, María Elena Walsh, Julio Cortázar, Vargas Llosa, Alejandra Pizarnik, Marguerite Yourcenar, Isak Dinesen, Carson McCullers (“yo creo que tengo una aire a ella”). Y quién sabe si imagina que algún día su vida y sus fotos pueden generar en tantos la inquietud que esos maestros despertaron en ella.

“Siempre tuve la curiosidad de saber qué podían transmitir esas caras, qué secretos revelaban”.

“Yo creo que todos tenemos fascinación por la vida de los artistas. Pero cuando uno ama la literatura, uno a veces dice: ¡cómo me hubiera gustado conocerlos!”.

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 “Mi gusto por los animales alados y los muñecos tiene que ver con una cuestión juguetona”.

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