Varios autores se han preguntado: ¿Qué hay detrás de un nombre?
Como puede verse, el fonema che aparece en la palabra cheque y en el segundo apellido de Timochenko que es Echeverri; equivale y se pronuncia como una sola letra, la ch que precisamente es la cuarta del antiguo abecedario castellano.
Cierto día a comienzos de enero de mil novecientos noventa y nueve, con la mira de tener un pretexto para hablar de un bien supremo y contribuir en algo a su pedagogía e historia, hicieron un concurso promocional para premiar a las personas que identificaran a seis o más entre millones de colombianos o extranjeros que pública o privadamente estuvieran trabajando por la paz en la medida de sus posibilidades, cuyos nombres de pila o de combate, sumaran solamente veinte letras, y que fueran comandantes o líderes de fuerzas armadas o desarmadas. Como es obvio, en esos momentos del concurso, nadie podía imaginar siquiera el hecho de que el actual Papa Francisco y el Presidente norteamericano Barack Obama, las dos personalidades más influyentes y avasallantes del orbe contemporáneo, además de coincidir en ser cada uno un gran humanista, es decir, hombres que saben mucho de lo humano y por tanto actúan ante el mundo basados en ese saber que se vuelve una filosofía, un modo de pensar como hombres superiores; también coinciden en algo que en principio parece más elemental: Tener nombres y apellidos de solo veinte letras.
Dado que su señor padre se llamó Mario José Bergoglio y su señora madre Regina María Sivori, el nombre de pila del actual Papa Francisco tiene veinte letras: Jorge Mario Bergoglio S.
De otra parte, el nombre de pila del Presidente Obama, según lo registran sus biógrafos es Barack Hussein Obama II, veinte letras.
El inmenso reto de la paz en Colombia, comprendía la eliminación de ignominiosos secuestros y de todos los horrores de la guerra que se manifestaban y en parte se manifiestan todavía, aunque mínimamente, en el enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas de Colombia y los movimientos subversivos autodenominados Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y Ejército de Liberación Nacional (ELN).
Resultó ganador el concursante que propuso los siguientes nombres, considerados imprescindibles:
Andrés Pastrana Arango
Manuel Marulanda Vélez
Víctor Ricardo Piñeros
Gabriel García Márquez
Gabriel Uribe Vegalara
Roso José Serrano Cadena
Gonzalo Gallo González
Meses después, varias personas dijeron que el hecho evidente de que casi todos los principales ciudadanos protagonistas o negociadores del tercer proceso de paz iniciado con las Farc, tuvieran nombres de sólo veinte letras, era producto de la casualidad. Otras pensaron que, dadas las calidades y las jerarquías de los protagonistas principales, eso no podía ser obra de la simple casualidad, sino más bien de los astros que determinan algunos aconteceres del planeta Tierra. Pero muchos otros, la mayoría de los que tenían fe, creyeron que esas podían ser cosas razonablemente providenciales.
En fin, que lo único cierto en ese entonces, como ahora y siempre, es que todos podemos elevar o degradar los nombres, los hechos y las cosas, según el cristal o la mezquindad que usemos para mirarlas. Pero también podemos rechazar el pensamiento de los mezquinos y volvernos solidarios en la creación de un hecho objetivo y sublime que –en toda la historia del hombre– ha sido anterior y posterior y siempre superior a las ideologías de izquierda, derecha o centro y a todas las guerras justas o injustas: la paz.
Ahora, a comienzos del corriente año dos mil dieciséis, cuando estamos ante un nuevo y avanzado proceso de paz que ha contado con el beneplácito de las mayorías civilizadas del mundo y la generosa ayuda de Estados como Noruega, Cuba, Vaticano, Estados Unidos, Chile y Venezuela, entre muchos otros; con solo algunas licencias literarias como la de quitarle el Juan al nombre del Presidente de la República, Juan Manuel Santos, y quitar también dos sílabas al nombre del jefe de los negociadores oficiales, Humberto de la Calle Lombana, encontramos que nueve de los principales negociadores y por tanto protagonistas del actual, que todo indica será el último proceso con las mismas FARC, también tienen nombres de solamente veinte letras, como puede verse a continuación :
Manuel Santos Calderón
Rodrigo Londoño Echeverri (Timochenko)
Humberto Calle Lombana
Rodrigo Granda Escobar (Canciller Farc)
Lucia Jaramillo Ayerbe
Emiro del Carmen Ropero (Rubén Zamora)
Óscar Naranjo Trujillo
Antonio Muñoz Lazcarro (Pastor Alape)
Juan Carlos Henao Pérez
Sí, contra la costumbre y teniendo en cuenta aquello de que los nombres propios no tienen ortografía, escribimos con K el nombre de Enrike Santos Calderón, destacado columnista, defensor de diferentes procesos de paz en nuestro país y promotor del que está en curso, vemos que también tiene veinte letras.
Está tan avanzado el actual proceso iniciado por un segundo grupo de imprescindibles, que un grandioso éxito final fue garantizado ante las cámaras del mundo, con un histórico estrechón de manos impulsado por Raúl Castro en la capital de Cuba. Lo anterior, si el asunto pudiera medirse así, significa que Colombia ha logrado muchos más de la mitad de una paz que puede llamarse política y que pronto podrá dedicarse a buscar la totalidad de su paz social.
¡La historia lo dirá todo! Especialmente dirá esa historia, con absoluta verdad, que un Manuel, con primitivas y discutibles razones, inició el conflicto, y que cincuenta años después, otro Manuel, con el respaldo mayoritario del pueblo, es decir, en democracia y con diálogo, logró finalizarlo. De no ocurrir así, seguramente estaríamos abocados a otros cincuenta años de una guerra estúpida entre hermanos de una misma patria. Habrían triunfado los mezquinos.
Ojalá los negociadores de paz de La Habana lleguen al convencimiento de que una constituyente no es mecanismo idóneo para refrendar un proceso de paz y de que, al contrario, por las condiciones políticas de determinado momento, ese mecanismo podría convertirse en un paso en el vacío; así lo insinuó desde el comienzo de las negociaciones el propio Presidente Juan Manuel Santos. Tampoco un referendo constitucional serviría para esa refrendación por ser un mecanismo complejo que tendría que pasar previamente por el Congreso de la República y por la Corte Constitucional. Varios juristas eminentes han expresado que están dispuestos a demostrar en diversas formas que el mejor y prácticamente único mecanismo de refrendación de un proceso de paz en Colombia, es el de la consulta popular consagrada en los artículos 104 y 379 de la Constitución Nacional .
Algunos responsables ya hablan de un plebiscito como mecanismo refrendador del proceso en marcha. Dicha figura podría servir pero debe tenerse en cuenta que en la sentencia C-180 del 14 de abril de 1994 la Corte Constitucional declaro exequible dicho plebiscito, siempre y cuando la convocatoria que a él haga el Presidente de la República, satisfaga los requisitos previstos en el Art. 104 de la Constitución: La Consulta Popular.
Paladinamente puede afirmarse que si se propusiera la ratificación del acuerdo final del proceso de paz por medio de una Consulta Popular, ese hecho no estaría sujeto a ninguna Ley habilitante ya que dicha consulta popular está suficientemente regulada en la Constitución y en la Ley. Bastaría que el Presidente de la República dictara un decreto tomando la decisión de aprobar el texto íntegro del acuerdo a que se llegue en la Habana y lo consulte al pueblo en clara aplicación del artículo 104 de nuestra Carta.
Como lo dice el texto del mencionado artículo 104 “La decisión del pueblo será obligatoria”. Y podríamos preguntarnos obligatoria ¿para quién? Para todos. Se trata de una reforma constitucional diferente a las tres reformas que están consagradas en el artículo 374 de la Norma Superior, que son: Reformas hechas por el Congreso mediante acto legislativo, por una asamblea constituyente o por el pueblo mediante referendo.
En nuestro plebiscito de 1957 tenemos un buen modelo de cómo consultar al soberano si aprueba sí o no un texto indivisible.
Salvo mejor opinión, tenemos la fundada convicción de que el plebiscito que hoy en día no existe como tal, o la Consulta Popular que lo reemplaza, no llevan umbral alto o bajo porque ello sería contrario a la Constitución, la razón es que, si la Constitución le da expresamente al Presidente de la República la facultad de consultar al pueblo y la decisión del pueblo es obligatoria, ni el legislador estatutario ni ningún otro legislador pueden condicionar el resultado obligatorio. No lo pueden condicionar. Eso sería la ley estableciendo un requisito para sumar a los que ya ha fijado la Constitución.
La única situación que consideramos debe preverse es la de que el Presidente de la República, en el momento de pedir el visto bueno del Senado de la República, debe invocar la excepción de inconstitucionalidad del artículo 50 de la ley 134/94, el cual, en forma por demás absurda y evidentemente contraria a la Constitución expresa que:
“No se podrán realizar consultas sobre temas que impliquen modificación a la Constitución Política”. ¡Habrase visto! Podrá pensarse alguna vez, que un texto propuesto por el Presidente de la República y aprobado por todos los ministros, por la mayoría del H. Senado de la República, por el pueblo soberano y después por la Corte Constitucional en aspectos puramente formales, y que no pueda modificar la Constitución. Cuando el artículo constitucional 104 dice que la decisión del pueblo es obligatoria.