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Los olvidados de los campos soviéticos en Alemania

Cuando los campos de concentración nazis fueron liberados hace 75 años, al final de la Segunda Guerra Mundial, muchos fueron inmediatamente reutilizados por un nuevo opresor: los soviéticos. Una historia poco conocida que sigue atormentando a Alemania.

EFE
20 de abril de 2020 - 10:32 a. m.
Archivo particular
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Durante mucho tiempo fueron un «tabú o ignorados», cuenta Alexander Latotzky, nacido – hace casi 72 años – en uno de estos gulags en territorio alemán.

El objetivo declarado de los campos de la zona de ocupación soviética -diez en total, incluidos los antiguos campos de concentración y de trabajo nazis de Sachsenhausen, Buchenwald o Bautzen- era «desnazificar» a los funcionarios del régimen y a los adolescentes de las juventudes hitlerianas.

En la práctica los prisioneros vivían en estos «campos de silencio», aislados del mundo exterior, con una higiene precaria y completamente desocupados. Las raciones de comida eran escasas.

Entre 1945 y 1950, más de 43.000 de entre 122.000 detenidos murieron de frío o de enfermedad, según cifras oficiales.

«Cuando era joven, pronto dejé de hablar» de este pasado, cuenta a la AFP Alexander Latotzky, en el campo de Sachsenhausen, en Oranienburg, al norte de Berlín, donde vivió los primeros dos años de su vida.

De la serie «Relatos y Reflexiones», lo invitamos a leer: Nicolás Montero: “Solo si cargas con la muerte en el hombro, podrás significar la angustia de vivir”

En parte para no escuchar decir: «si estaba internada es que tu madre era probablemente una gran nazi». «Es completamente falso».

Los soviéticos también enviaron a sus campos a muchos opositores políticos. O a personas consideradas molestas, como su madre, Ursula, asegura.

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En la primavera de 1946, Ursula tenía 20 años. Un día, de regreso a casa, se encontró a su madre muerta en su apartamento de Berlín, violada y estrangulada por «dos hombres con uniforme ruso». Estos últimos, ebrios, dormían en una habitación de al lado.

Presentó una demanda. Pero semanas más tarde la administración militar soviética la acusó de espionaje. Fue condenada a 15 años de prisión e internada en un campamento en Torgau (Sajonia).

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Allí se enamoró de un soldado ucraniano. Su romance prohibido se acabó cuando descubrieron que ella estaba embarazada. «Mi madre fue enviada al campo de Bautzen para el parto. Y mi padre a Rusia, al gulag, un día antes de que yo naciera».

Después la trasladaron con el bebé a Sachsenhausen, donde había muchas mujeres y niños. «La solidaridad era inmensa (…) Se apoyaron mutuamente para sobrevivir».

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En 1950, los campos fueron disueltos, la RDA se hizo cargo de los prisioneros. Muchos, como Ursula, fueron enviados a prisión y separados por la fuerza de sus hijos.

Comenzó entonces para él una vida errante, de un hogar para otro. Tenía 9 años cuando su madre, liberada después de fingir que aceptaba trabajar para la policía política de Alemania del Este con la esperanza de recuperarlo, logró llevarlo a Berlín Occidental.

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«No tenía ningún recuerdo de mi madre. Cuando bajé del tren, vi a una mujer correr hacia mí; no paraba de llorar, decía que era mi madre», recuerda emocionado.

Vivieron juntos pocos años. Debilitada por el tiempo en prisión, ella murió a los 41 años.

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Alexander estudió deporte y arte. Destacó en el rugby y llegó a entrenar al primer equipo de rugby femenino de Alemania.

Después de la caída del muro visitó el campo de Sachsenhausen con su familia. «Todos mis recuerdos de niño afloraron de repente y no pude contener las lágrimas», declara. «Mi madre y yo habíamos hablado muy poco de nuestro pasado, quería saber qué me había pasado».

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Los campos soviéticos -sobre los que estaba prohibido hablar en la antigua RDA bajo pena de represalias- llenaron las portadas de los periódicos tras el hallazgo de fosas comunes. Antiguas víctimas declararon y se pudo acceder a los archivos.

Gracias a la Cruz Roja, él descubrió que su padre, a quien creía muerto, vivía en Rusia. Estaba casado y tenía dos hijos.

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Lo visitó en 2000. «Fue tan emocionante que me desmayé. Sólo sé que nos abrazamos». Cuatro años más tarde su padre falleció, con 74 años.

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También encontró los nombres de un centenar de niños nacidos como él en un campo soviético.

Decidió contar su historia. Juntos reclamararon una rehabilitación del Estado alemán.

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No fueron los únicos: muchos exprisioneros -condenados con razón o sin ella- exigen que se reconozca su calvario, lo que ha desatado polémica.

«Cómo honrar en un mismo lugar a víctimas y criminales y cómo tratar el tema de los crímenes nazis frente a los crímenes estalinistas eran temas candentes», afirma a la AFP la historiadora Eva Ochs.

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Y «la importancia que debe darse a la memoria del antiguo régimen opresivo de la RDA frente a los crímenes del nacionalsocialismo también suscita debate constantemente, aunque nadie es partidario de ponerlos al mismo nivel», precisa. Aparte de algunos miembros de la extrema derecha de la AfD, conocida por relativizar los crímenes nazis.

Hoy en día Buchenwald o Sachsenhausen informan a los visitantes sobre su doble historia.

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Y el Estado alemán paga una pensión a las víctimas reconocidas, pero no puede rehabilitarlas si fueron condenadas por un tribunal soviético «por motivos de derecho internacional», informa un funcionario del ministerio de Justicia.

Una posición decepcionante para Alexandre Latotzky que también responsabiliza a Alemania de la vida destrozada de su madre y del drama de su infancia.

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Rusia los ha rehabilitado. «No aporta ningún beneficio financiero», subraya. «Sólo quería que este gran país reconociera las injusticias cometidas, nada más»

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